Sábado, 24 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

Antes de la aparición del grupo de escritores que hoy día se asocian alrededor de la revista Mito (que ya es en sí misma un mito, un hito histórico y de alguna manera fundacional a los casi  sesenta años de la aparición de su primer número, entre abril y mayo de 1955), la poesía colombiana poco o nada tenía que ver con la historia social concreta en la cual se desarrollaban o de la cual eran producto sus autores, a excepción de Obeso, Silva, Barba, López y Zalamea.

Sin detenernos en la poesía de la conquista, la colonia y la independencia (que poco o nada tienen de colombianas a excepción de la de Juan de Castellanos, quien empieza a abrir surcos identitarios americanos en la impuesta lengua española), desde el Romanticismo hasta Piedra y Cielo, pasando por el Modernismo y Los Nuevos, las preocupaciones de los pontífices de la lengua se suscribían a las de un proyecto de nación que no era más que un remedo o una caricatura extensiva de la colonia y definía una identidad en base a moldes europeizantes anquilosados y elitistas que excluían cualquier manifestación que no se ajustara a su canon centralista que poco o ningún espacio dio -y da- a las provincias con toda su heterogeneidad.

En estos moldes, lo común era el preciosismo del lenguaje y la retórica pomposa, que no permitían recrear la vida, las pasiones y conflictos fuera de sus normas de “buen gusto” en las cuales el pulimiento y la rectitud eran dictados por la métrica hispánica retorcida obsesivamente en la lengua oficial nacional y segregacionista.

Obeso, no Silva, es el punto inicial de la línea disruptiva que conduciría al grupo de Mito en su búsqueda de modernizar al país literario con 25 años de retraso frente a la aparición de las vanguardias en América latina. Es el primero en apartarse de la tradición poética colombiana al reivindicar literariamente la lengua vernácula, lo mestizo y sincrético de las voces de sus coetáneos en sus Cantos populares de mi tierra, poco leídos y reconocidos desde su aparición en 1877 hasta ahora.

La ruptura de Silva es distinta, tanto en elementos del lenguaje como en actitud del hablante lírico: su intimismo, su simbolismo, su delicadeza, frecuente desolación y sus penumbras nada tienen que ver con la extrema  esbeltez del cisne valenciano de arquitecturas rígidas, deslumbrantes y frecuentemente vacías, extraviadas en el exotismo y la artificialidad preciosista. A partir de ellos se va tejiendo la madeja que desacraliza las normas literarias y el quehacer poético colombianos, desembocando en un grupo de escritores que orbitaron en torno a la revista Mito y su fundador Jorge Gaitán Durán, ambos de corta pero significativa existencia.

En la dirección de Mito estuvo el cuentista, novelista, diplomático y demonólogo (oficios muy parecidos estos últimos) Pedro Gómez Valderrama, creador del extrañísimo y casi gótico libro Muestras del diablo (1958) y una de las mejores novelas históricas colombianas La otra raya del tigre (1977) donde nos presenta la historia de las penas y el dolor humanos en la aparentemente lejana época en que las guerras civiles amenazaron con la atomización definitiva de Colombia y en que el emancipado y efímero Estado Soberano de Santander depositó todas sus esperanzas de desarrollo en un alcohólico, fugitivo y pianista metrosexual alemán exportador de quina llamado Geo von Lengerke.

El Bumangués Hernando Valencia Goelkel acompañó a Gaitán Duran en la fundación de la revista. Fue un ensayista prolífico y agudo, sutil, profundo, lúcido y discreto, con una gran economía del lenguaje -diría mejor-, que en sus disertaciones nos conduce con una levedad aparente -y a veces engañosa- entre sus múltiples lecturas o percepción de las artes plásticas o el cine y el teatro.

Reclamado a Piedra y Cielo, donde se le ha pretendido ubicar, de quienes ciertamente se aleja con su ruptura frente a la continuidad de estos del quehacer modernista y parnasiano y aclamado como su maestro por los integrantes de Mito está Aurelio Arturo, un poeta de singulares melodías y evocaciones de las que antes no había conocido la poesía en Colombia hasta los catorce poemas de su Morada al Sur (Tan impopulares en su tiempo como ahora), en los cuales el pasado siempre es visto como paraíso.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,

entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde-es de todos los colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia.

(Morada al Sur II, fragmento)

De Los Cuadernícolas pasan a Mito Fernando Charry Lara, Álvaro Mutis y el mismo Gaitán Duran. En Los elementos del desastre (1953) y Reseña de los hospitales de ultramar (1955) Mutis nos presenta con un ritmo y unas formas más afines con la prosa el destino trágico, la derrota, el deterioro, el desarraigo y la predestinación funesta de la condición humana ante el azar e incertidumbre de la existencia como, muy probablemente, no se había podido hacer antes en la poesía colombiana. 

El nombre de los navíos, la humedad de las minas, el viento de los páramos, la sequedad de la madera, la sombra gris en la piedra de afilar, la tortura de los insectos aprisionados en los vagones por reparar, el hastío de las horas anteriores al mediodía cuando aún no se sabe qué sabor intenso prepara la tarde, en fin, todas las materias que lo llevaron a olvidar a los hombres, a desconfiar de las bestias y a entregarse por entero a mujeres de ademanes amorosos y piernas de anamita; todos estos elementos lo vencieron definitivamente, lo sepultaron en la gruesa marea de poderes ajenos a su estirpe maravillosa y enérgica.

(El húsar V, fragmento, De Los elementos del desastre)

En el libro Los adioses (1963) de Charry encontramos por primera vez en la poesía colombiana una postura poética frente a la violencia, no ante la muerte violenta, ante la violencia desmadrada que ya en los años cincuenta del siglo veinte tantas vidas nos había costado y aún nos sigue constando tristemente. Llanura de Tuluá es el poema que Charry convierte en una larga, bella y trágica pregunta en medio de la descripción, plagada de silencios, del encuentro de dos cuerpos sin vida abandonados a  la vera de un camino. 

Al borde del camino, los dos cuerpos
uno junto del otro,
desde lejos parecen amarse.
Un hombre y una muchacha, delgadas
formas cálidas
tendidas en la hierba, devorándose.
Estrechamente enlazando sus cinturas
aquellos brazos jóvenes,
se piensa:
soñarán entregadas sus dos bocas,
sus silencios, sus manos, sus miradas.
Mas no hay beso, sino el viento
sino el aire
seco del verano sin movimiento.
Uno junto del otro están caídos,
muertos,
al borde del camino, los dos cuerpos.
Debieron ser esbeltas sus dos sombras
de languidez
adorándose en la tarde.
Y debieron ser terribles sus dos rostros
frente a las
amenazas y relámpagos.
Son cuerpos que son piedra, que son nada,
son cuerpos de mentira, mutilados,
de su suerte ignorantes, de su muerte,
y ahora, ya de cerca contemplados,
ocasión de voraces negras aves.

 En la obra del cucuteño Eduardo Cote Lamus encontramos dos momentos y dos obras  La vida cotidiana (1959) y Los estoraques (1963) que si bien presentan diferencias formales y - en apariencia - temáticas, constituyen en realidad una revisión de la vida, muerte y el tiempo desde dos posiciones o visiones distintas: desde la experiencia de lo cotidiano en la cual revisa el instante en sí mismo y en suma el curso de la vida misma, que frecuentemente realiza en elegías que distan del tono lamentatorio que frecuentemente se les asocia, para concentrarse en el elogio de la vida y el agradecimiento por esta misma. Y, por otro lado, desde una metaforización del paso del tiempo y la angustia existencial del hombre (constructor del tiempo y la memoria) durante ese transcurrir que forja la historia particular de cada individuo y de la especie en un espacio y tiempo determinados. 

El tiempo nada más en la piel del estoraque,

el tiempo como un perro que nunca llega al hueso,

el tiempo ladrando como perro, como un perro

derrotado por los sueños.

En la superficie el tiempo: Heráclito el Oscuro

hubiera aquí encontrado que su río es la sed,

hubiese aquí encontrado que es mejor

el limo que los días, el cristal que las imágenes,

la rueda del molino igual al agua.

 

Aquí las ruinas no están quietas:

el viento las modela. Por ejemplo

lo que antes era escombro de palacio

lo convirtió en estatua la erosión

y lo que fue la sombra de la torre

es ahora la sombra del chalán.

(Estoraques, III)

En la obra de Gaitán Durán “El amor y la muerte” -fundidos a veces en un particular erotismo, frecuentemente atacado por la pacata sociedad colombiana de su tiempo, plagada de cargas morales y dogmáticas- constituyen una presencia simultánea y explícita  que se aprecia con mayor brillantez y precisión en Amantes (1958) y Si mañana despierto (1961) libro este último que concluye su obra a pocos meses antes de su trágica muerte en un accidente aéreo en la isla de Guadalupe.

Sé que estoy vivo en este bello día

acostado contigo. Es el verano.
Acaloradas frutas en tu mano
vierten su espeso olor al mediodía.

 

Antes de aquí tendernos, no existía
este mundo radiante. ¡Nunca en vano
al deseo arrancamos el humano
amor que a las estrellas desafía!

Hacia el azul del mar corro desnudo.
Vuelvo a ti como al sol y en ti me anudo,
nazco en el esplendor de conocerte.

Siento el sudor ligero de la siesta.

Bebemos vino rojo. Esta es la fiesta
en que más recordamos a la muerte.

(Sé que estoy vivo, de Si mañana despierto)

La poesía de Rogelio Echavarría, escrita con un lenguaje muy cercano al coloquial, que le aporta un tono sencillo a sus aproximaciones poéticas a la vida cotidiana y a un cierto erotismo, en palabras de Gaitán Durán, su primer impulsador, está “llena a la vez de una ingenua frescura y de profundidad humana”.

Es el primero de los poetas colombianos que se aproxima a lo cotidiano–urbano, convirtiéndose en el precursor de una corriente de la poesía colombiana que incorporó en sus obras, sin ningún pudor, el mundo circundante y la autobiografía, que luego continuaría (y de qué forma) Mario Rivero. Es autor de un único libro de poemas El transeúnte que se ha visto ampliado a lo largo de los años, a partir de su aparición en 1964 hasta 2004, su más reciente reedición, al estilo de las Hojas de hierba de Whitman y el Cántico de Guillen. 

Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos que me miran hostiles
–como si yo fuera enemigo de todos –
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.

(El transeúnte) 

Carlos Obregón, poeta existencial, existencialista las más de las veces, místico, es otra de esas ínsulas solitarias de nuestra poesía, esta vez a causa de su angustia metafísica, sus inquietudes filosóficas  y sus conjeturas respecto a lo sagrado y la divinidad. Otro de esos a los cuales no se le ha dado su verdadera valoración como poeta, con una obra muy particular y breve como su vida (se suicidó a los 36 años) donde poetiza pensando o piensa poetizando en su Distancia destruida (1956) y su Estuario (1961). 

Yo soy el poeta que mira la nada,
    yo miro la gente -vaga y soñolienta-
      y al mirar a la gente, yo miro la nada.


 

Veo una flor de fuego que danza

y un pájaro que canta,

que cantan y danzan 

al abúlico ritmo, al acrónico ritmo de la nada
              y siento en mi ser esa angustia, ese ritmo, esa nada.

(de, Distancia destruida)

 El tolúeño Héctor Rojas Herazo es, incluso por encima de Gaitán, el hombre orquesta de los que orbitaron alrededor de Mito: poeta, pintor, novelista, conversador y periodista. Es un poeta del misterio, salvaje. Del Caribe. Un poeta que, como el mar, oscila, péndula entre dos extremos que no necesariamente se contraponen, sino que se complementan en su necesidad afanosa de comunicación: Tormentoso y apacible, cálido y sombrío. Violento, exuberante, autentico y luminoso, como el caribe y la sabana a los cuales pertenecen su infancia y su casa. El patio de su casa más concretamente, que es de donde nunca ha salido, de acuerdo a sus libros. 

Lydia era la dueña de los cocuyos.

Ella los llevaba al mar en las noches oscuras.

Los soltaba cuando los jazmines dormían entre la sal.

Lydia tenía una frente de pájaro.

La recuerdo entre las tablas rotas

y los cordajes de humo.

Su voz era un crustáceo herido.

Toda ella como un barco,

como un nocturno barco por siempre abandonado.

(La reina)   

Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez estuvieron, también, entre ese grupo de escritores que orbitaron alrededor de Mito. Al primero le fue publicado el primer capítulo “Los soldados” de su novela La casa grande (1964) y al segundo el Monólogo de Isabel viendo llover en macondo (1955), En este pueblo no hay ladrones (1962) y El coronel no tiene quien le escriba (1961).

Suele verse a Cepeda solo como un antecedente, como punto de partida del llamado Boom latinoamericano, sin embargo, su obra tiene la calidad y la autonomía suficientes para mantenerse sola por encima de esa mera (y cierta) apertura que propició pues, antes de la aparición de sus primeros cuentos (Todos estábamos a la espera, 1954) nuestra literatura no podría menos que llamarse parroquial, tanto en su forma como en su contenido.

García Márquez ya ha sido suficientemente referenciado, sin embargo, en mi visión particular, lo que más me ha impactado de su obra ha sido la capacidad de asimilación de las tradiciones orales de su tierra, su arraigo, su identificación plena y orgullosa y su capacidad de resignificarlas, en la tónica y la técnica de la mejor narrativa de su época (como lo hacía Cepeda), para darles el valor que les corresponde, rompiendo de una vez por todas con el extendido remoquete del costumbrismo con el cual eran descalificadas las creaciones referentes a los temas locales, sobre todo de las regiones o provincias. ¿Costumbristas los escritores de las provincias colombianas? ¿Tomaba, acaso, Hamlet aguardiente antioqueño o ron viejo de caldas? ¿Montaban Don Quijote y Sancho en las llanuras del Orinoco o el desierto de La Guajira? ¿Servían a Pantagruel sancocho trifásico, ajiaco, tamal, tajine de garbanzo, mote de queso, marranitas, chigüiro a la brasa o pipitoria? ¿Era Ulises soberano de la isla de Mompox? No. Todos y cada uno de estos escritores hablaron de su tiempo, de su región y de sus costumbres; sin embargo nosotros no podíamos y, aún hoy, no podemos del todo hablar de lo nuestro sin que se sigan viendo nuestras creaciones de la misma forma discriminatoria.

Mito, la revista mítica y el grupo homónimo de intelectuales que la hizo posible, con su actitud crítica frente a los límites, arbitrarios y estrechos, que reinaban en el campo intelectual colombiano de la década de los 50 abrió una brecha, un nuevo camino que es necesario conocer, reconocer y volver a recorrer a través de las obras, no sólo del periodo de existencia de la revista, sino en las que siguieron desarrollando sus miembros que lograron sobrevivir como Mutis, Echavarría, Herazo y García Márquez e incluso en las de los poetas de posterior aparición que, de alguna u otra manera, se vieron influenciados y beneficiados por la aparición e imborrable presencia de Mito en la historia de la literatura colombiana.

Leyendo, releyendo, es la forma como debemos festejar estos sesenta años de la aparición del primer número de la revista literaria Mito.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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