Martes, 24 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Biblioteca departamental del Cesar / Foto: Archivo PanoramaCultural.com.co Las bibliotecas son la presa predilecta del tirano y del invasor. Esta institución que atesora el saber de la humanidad y que permite al individuo liberarse y ser autónomo al adquirir la luz del conocimiento, a través de la historia es incinerada, destruida y saqueada. El tirano, el invasor y, ahora, el político local entronizado en el poder, sabe que ésta es un arma en su contra, pues, cuando el pueblo se ilustra, se vuelve más libre y es difícil de convencer con patrañas y mentiras

Dicen los historiadores que la biblioteca de Alejandría fue fundada por Ptolomeo I a comienzos del siglo III y ampliada por su heredero Ptolomeo II. Fue en su época el centro del saber más grande del mundo llegando a administrar hasta 900.000 manuscritos. Esta maravilla del saber que ha inquietado a los historiadores fue destruida por el fuego provocado por las tropas de Julio Cesar en el año 48 antes de JC.

En la Edad Media, el fuego “purificador” de la religión y la política se ensañaron con los libros. En ésta época, la Santa Inquisición acompaña su oscurantismo con el impulso pirómano y decide incinerar libros, y con ellos alimentar el fuego con que quemaban a sus propios autores.  El index librorum prohibitorum et expurgatorum, índice de libros prohibidos por la iglesia católica, hizo estragos en el saber de la humanidad, extinguiendo obras y autores famosos en su época, este índice estuvo vigente hasta 1948.

En Constantinopla, el emperador Juliano había hecho construir una gran biblioteca la cual fue pasto de las llamas en el incendio que sufrió la ciudad cuando Flavio Basilisco oficiaba como emperador, este crimen contra el saber no le fue adjudicado a nadie en particular.

Antes de la llegada del español al nuevo continente, los pueblos indígenas de Mesoamérica tenían un sistema de escritura y preservaban su saber en documentos llamados códices. El conquistador en su ansia de dominio total sobre los pueblos indígenas, incineró y destruyó estos valiosos documentos arguyendo que eran textos donde se exaltaba la idolatría. La historia registra el auto de Mani en Yucatán, México, donde Diego de Landa ordenó la incineración de los códices de los Mayas.

Estados Unidos invade a Irak y dentro de la estrategia invasora se da el incendio de la Biblioteca Nacional de ese país donde se guardaban los libros considerados más raros del mundo. Igual suerte corrió la vecina Biblioteca Islámica donde se custodiaban miles de Coranes antiguos incluyendo el Corán más viejo que se conocía. En esta invasión, también se dio el saqueo del Museo Nacional de ese país, dicho museo albergaba alrededor de 170.000 objetos de museo entre ellos antigüedades de Sumeria, Babilonia y Asiria. Aquí fueron saqueadas y destruidas piezas antiguas y tablillas cuneiformes de más de 5.000 años de antigüedad que databan de la época del rey Nabucodonosor, consideradas la primera forma de escritura de la humanidad.

En nuestros pueblos ocurre algo similar. Ahora no incendian las bibliotecas, ahora los alcaldes, esos políticos entronizados en el poder local, la emprenden contra las bibliotecas y los bibliotecarios cada uno a su manera. En las bibliotecas municipales adscritas a Red Departamental de bibliotecas, sus bibliotecarias y asistentes son pagados con recursos municipales y cada año, los dos o tres primeros meses deben trabajar gratis porque, presupuestalmente, no fue prioridad el funcionamiento de la biblioteca.

En algunos municipios las bibliotecarias mantienen las llaves y el cuidado de los libros y asisten puntualmente a sus sitios de trabajo, así no le paguen su salario. Es tal el grado de identidad que tienen con su oficio y el cariño por los niños y jóvenes lectores que ellas se sacrifican, por eso la biblioteca permanece abierta al público. En mi pueblo, no. El grado de arrogancia de la mandataria local llega al punto de quitarle las llaves a la bibliotecaria y darse el lujo de mantener cerrada la biblioteca por lo que va corrido del año, por esto los niños y jóvenes no tienen donde hacer sus consultas y los amantes de la lectura no pueden acceder al préstamo de libros.

Parece que la idea es privar de lectura al pueblo para perpetuar su ignorancia y poder manipularlo y engañarlo más fácilmente, porque saben que al privarlo del saber, no levantarán la voz para reclamar sus derechos y denunciar los atropellos y malversaciones del erario que a diario se dan en estos lares.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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