Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Si paseamos por una ciudad española; si leemos en la prensa de reparto gratuito en establecimientos regentados por emigrantes de origen latinoamericano, desde peluquerías hasta restaurantes, encontraremos un término omnipresente: latino.

Como tales son calificados los hombres y mujeres cuya procedencia se encuentra en cualquier país de continente americano por debajo de Estados Unidos, sin importar demasiado cual. También son calificados así los productos dedicados al consumo de este colectivo, ya sea producidos en la otra orilla del atlántico o en territorio español.

Hoy, el término latino se ha convertido en una seña de identidad común para las personas de la procedencia indicada, pero también en una marca con la que vender un producto. Así, con anterioridad a la crisis económica, podían encontrarse productos financieros específicos para latinos, estando en la mayor parte de las ocasiones detrás de estas iniciativas, no empresarios de origen latinoamericano sino empresas españolas o transnacionales que vieron en este colectivo una oportunidad de negocio.

De esta forma la identidad latina sería una creación del mercado, sería entonces una manifestación de Glocalización. Este término fue acuñado por Roland Robertson (Glocalización: tiempo-espacio y homogeneidad-heterogeneidad) para referirse al afecto asociado de la globalización de los fenómenos pero al mismo tiempo a la localización de relaciones económicas y políticas, mediante el diseño de estrategias para ser aceptados por un cliente local o colectivo específico.

Lo latino como marca

Desde esta perspectiva, el término latino y con ella la identidad latina, se ha quedado reducido a producto o una marca. Habría entonces una identidad latinoamericana vista desde dentro del subcontinente donde las particularidades entre las diversas zonas son tenidas en cuenta aunque todos se identifiquen entre sí en un todo común caracterizado por la hibridez. Por otro lado, tendríamos una identidad -en este caso latina a secas- que se está configurando, no por parte de inmigrantes latinoamericanos y latinoamericanas, sino más bien para ellos y ellas. Es éste un concepto íntimamente ligado con la identidad hispana desarrollada en los años 60-70 en EE-UU y cuya manifestación mercantil más característica puede ser la salsa, y de la que ya hablamos en un artículo anterior, como producto de la conjunción entre música comercial derivada del pop y el rock, y la de yuxtaposición de los ritmos de origen afrocaribeño (merengue, cumbia, guaguancó, son,…)  cuya finalidad es para poder ser vendida en los diversos países de la región.

Una identidad integradora o uniformadora

Desde esta perspectiva y como dice Barbero (Procesos de Globalización e Identidades),  las nociones de tiempo, espacio, historia, comunidad son transformados por la dinámica que a los actores le imprimen a los procesos de globalización y por las nuevas maneras de construir su sociabilidad.

En la construcción y utilización del término latino hay, a la vez,un “descentramiento cultural”  que supondría -en palabras del autor- un desgaste de las representaciones ya que los diferentes colectivos de la región pierden parte de su identidad como colombianos, bolivianos, ecuatorianos, etc… para asumir una identidad nueva;  para formar parte de un nuevo colectivo.

Los medios y los mercados asumen un papel de integrantes de imaginarios urbanos disgregados, mientras que las identidades auténticas pasan a construirse cada vez más en los espacios íntimos.  La mercadotecnia ha creado una identidad latina para exhibir en público, mientras que en privado se es – como decíamos antes- colombiano, boliviano ecuatoriano, etc.

La Utopía de la unidad

En uno de los primeros artículos publicados en esta columna, reflexionábamos sobre el carácter de utopía de la identidad latinoamericana, pues una de sus funciones, como señalábamos, es la de servir de faro en una región marcada por una profunda crisis económica, social y política. En el citado artículo consideramos que los orígenes de la reflexión sobre el concepto identitario se encuentra en el propio discurso de los libertadores como parte del ecumenismo burgués, como tendencia a la unificación y universalidad, que guía el ciclo de las denominadas Revoluciones Atlánticas –término acuñado en los años 50 del siglo pasado por los historiadores Palmer y Godechot para referirse a las revoluciones liberal-burguesas producidas entre  finales del siglo XVIII y mediados del XIX– la  cual pertenecen los procesos de independencia latinoamericanos y partiría de una base de unidad fruto de una comunidad de pueblos que mantienen importantes rasgos comunes: idioma, religión, historia, cultura, y logrando su forma más acabada en La Gran Colombia.

Por su parte, el poeta cubano José Martí, en su obra Nuestra América,  suma a los anteriores el sentido antiimperialista de la unidad, entendida como un proceso de emancipación de la injerencia en los asuntos internos de los distintos países.  Dicho sentimiento de identidad como unidad se ha manifestado en temas musicales como Canción con Todos compuesto en 1969 por los argentinos Armando Tejada Gómez y César Isella, el cual fue propuesto por el Presidente de Ecuador, Rafael Correa, como himno de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Todas las voces, todas

todas las manos, todas

toda la sangre puede

ser canción en el viento.

canta conmigo, canta,

hermano americano,

libera tu esperanza

con un grito en la voz. 

Como puede verse, un sentido identitario muy diferente a los valores homogeneizadores relacionados con la globalización que se esconden detrás del término latino que, en lugar de la heterogeneidad, alude a la monoculturalidad y con ello a la uniformidad.

De esta manera, la utilización de manera omnipresente del término latino es una estrategia, una herramienta, para la imposición de una manera de pensar acorde con los planteamientos de la globalización mercantil:  el llamado pensamiento único.

Por todo ello, comprender cómo se produce esta construcción simbólica de una identidad artificial tiene pleno sentido pues el diseño de alternativas a la misma sólo será posible a través del conocimiento de aquella; alternativa que se construye resaltando, por un lado, los valores de la diferencia y por otro los de la unidad, pero entendida como elemento de resistencia a la uniformidad y aculturalización consecuente.

 

Dr. Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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