Sábado, 18 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Varios registros hablan de esta leyenda, pero poco se ha escrito sobre este pueblo del Magdalena.

La palabra “leyenda” suele aplicarse a hechos anteriores al origen de la historia, casi siempre enriquecidos por generaciones y generaciones de tradición oral. Pero la leyenda del 'Hombre caimán', como insistentemente la llaman en plato, un pueblo de las orillas del río Magdalena, no ha cumplido aún su primer siglo.

Sí, es cierto que el caimán era el animal totémico de los Chimilas, la aguerrida etnia indígena que habitaba el margen derecho del río Magdalena desde la desembocadura del río Cesar, al sur, hasta la ciénaga Grande, al norte.

Pero la historia del joven plateño que se vio convertido en un feroz cocodrilo tiene su primer registro escrito apenas en el año 1945.

En esa ocasión, el diario barranquillero La Prensa publicó una nota de Virgilio Difilipo, un personaje del pueblo de Plato que, además de ser el secretario del juzgado local, era el organista de la parroquia.

Difilipo contaba cómo el joven comerciante Saúl Montenegro había recurrido a las magias de un piache o brujo guajiro para convertirse en caimán, y de esta forma, confundido entre la tarulla de las riberas, espiar a las muchachas que se bañaban en el caño de Plato, que en ese entonces bordeaba el pueblo.

Por aquellos infortunios del destino, un día nuestro consumado voyerista vio frustradas a medias sus intenciones de regresar a su forma humana y quedó convertido en mitad hombre, mitad caimán.

Si Plato, como hecho excepcional en Colombia, no ha tenido aún el historiador que se siente a escribir la historia del pueblo, sí ha tenido media docena que se han dedicado a narrar las distintas versiones de la leyenda del “Hombre Caimán”.

José Annichiárico, de la Corporación Universitaria de la Costa en Barranquilla, es uno de ellos. Según él, una de las versiones del origen de la leyenda fue a partir de unas coplas que el pueblo de Plato le dedicó al gamonal político liberal de los años treinta, el odontólogo Salvador Ospino.

El doctor Ospino, recién graduado de la universidad, llegó a este pueblo conservador con la idea de convertirlo en una gran despensa agrícola y ganadera.

Para ello tenía un ambicioso proyecto que implicaba, entre otras, desviar cursos de agua y desecar pantanos, todo ello amparado por leyes de la república que él impulsaría desde el Congreso.

La idea, claro, nunca se llevó a cabo.

La canción

A alguien se le ocurrió que el aspecto de don Salvador, con su piel áspera y sus rasgos burdos, recordaba la imagen de un caimán.

Sus hábitos de hombre avaro, como han sido siempre los ricos de Plato, que solo comía queso y pan, y uno que otro trago de ron, harían parte de los versos que un día llegaron a oídos del músico barranquillero José María Peñaranda, el autor de la legendaria Ópera del Mondongo.

"Voy a empezar mi relato / con alegría y con afán, / en la población de Plato / se volvió un hombre caimán". (José María Peñaranda, autor de la canción, fallecido en Barranquilla, Febrero de 2006).

La historia de esta quimera entre humano y saurio no habría salido del ámbito local si no es por las notas de esta canción, que Peñaranda bautizó El hombre caimán, pero que al poco tiempo, cuando la grababan todas las grandes orquestas del Caribe, se convirtió en Se va el caimán.

Pocas canciones colombianas han tenido tanto éxito. En España, por ejemplo, su estribillo fue usado por la oposición a la dictadura franquista para referirse una y otra vez a la anhelada caída de Francisco Franco.

En todo caso, si Plato ha sufrido la falta de historiadores no es porque le haya hecho falta historia. Este fue uno de los veintitantos pueblos que fundó entre 1744 y 1770 el gaditano José Fernando de Mier y Guerra en la margen derecha del río de la Magdalena, en tierras que pertenecían a la provincia de Santa Marta. Con ello se pretendía hacerle contrapeso a Mompox, un importante enclave ribereño de la rival provincia de Cartagena.

Mier y Guerra se había distinguido ya en la pacificación de los arhuacos de la Sierra Nevada cuando le encargaron comandar las expediciones punitivas contra los chimilas.

El hombre ensayó de todo, desde estrategias pacíficas como el envío de misioneros y el obsequio de herramientas de labranza, pasando por la quema de los cultivos y de los poblados, y llegando hasta el exterminio sistemático de los indígenas que resistían.

Hacia 1750 fue hecho prisionero cerca de aquí Manuel Francisco de Mesa por un grupo de chimilas que, según un informe que más tarde rindió a las autoridades coloniales, lo obligaron durante un año, con el cuerpo desnudo embadurnado de achiote y armado con arco y flechas, a participar en sus actividades guerreras.

Sus informes de 'inteligencia' serían usados en contra de la etnia que lo retuvo. Hoy, unos cuantos chimilas sobreviven enfermos y en condiciones de miseria en unos pocos resguardos alejados. De aquellos indios chimilas de entonces queda casi solo el recuerdo en una comparsa muy tradicional del Carnaval de Barranquilla.

El himno del Carnaval precisamente, es composición de un plateño, Antonio María Peñaloza. Se trata de la canción de despecho “Te olvidé” o “La danza del garabato”: "Te pedí que volvieras a mi lado / y en vano tantas veces te rogué..."

Y si estamos hablando de música, hay que mencionar a otro ilustre plateño, Wilson Choperena, autor de la letra de La pollera Colorá.

Voy a cerrar mi relato (con alegría y con afán) no con las palabras de un poeta ni de un compositor, sino -quién iba a creerlo- de un geólogo del siglo XIX, Javier Vergara y Velazco. Él se refirió a la región de Plato como "una llanura joven, producto del acarreo secular de múltiples ríos, que reposa sobre capas movedizas de arena y cantos rodados a través de las cuales lleva el gigante río su indeciso curso".

Quién dijo que no puede haber poesía en la jerga de un geólogo.

 

Diego Andrés Rosselli

@Darosselli 

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