Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Al premio Nobel de Literatura de 1995, el poeta y crítico literario irlandés lo conocí en medio de mis búsquedas sobre el tratamiento o el abordaje de la violencia desde la poesía, inquietud reafirmada en las sesiones del taller de creación literaria que anima el poeta Giovanny Gómez en Pereira y que me llevó a revisitar a Jaime Jaramillo Escobar, el gran X-504 y, con él, los distintos aportes que el Nadaísmo y Mito nos dieron en este punto.

Llegué a conocer a la Nobel Polaca Wislawa Szymborska, a recorrer el País secreto de Juan Manuel Roca y entonar–desentonar el terriblemente bello Canto de las moscas de María Mercedes Carranza.

El encuentro que más me marcó con Heaney, fallecido el 30 de Agosto de 2013 en Dublín, fue en la largamente anhelada visita a la Casa de Poesía Silva, en una callejuela quebrada de La Candelaría en Bogotá. Llegué buscando al abuelo de todos nosotros, ese sobrecogedor poeta al que todos debemos tanto, incluso sin saberlo, José Asunción Silva, y me encontré con el par de trabajos sobre Gaitán Durán de Mauricio Ramírez que mi economía no me permitió adquirir, al igual que una antología del monarca del Reino del Caimito Derek Wallcott.

Entre esas frustraciones ya mencionadas me tropecé con la antología bilingüe de la editorial Faber y Faber hecha por el intelectual, también irlandés, Joe Broderick, quien, además de seleccionarnos los textos nos regala un minucioso ensayo sobre la vida y obra de ese gran poeta que tanto tiene que ver con nosotros a pesar de las evidentes diferencias y distancias.

Heaney, como muchos de nosotros, nació y creció en medio de una violencia que ha desgarrado a su país por más de cien años y que en su crueldad y sin razón tiene mucho que ver con la que padecemos en Colombia y que nos lleva en muchas ocasiones a sentir a sus poemas como propios. Era imposible leerla sin comprarla por la envoltura que traía… Al llegar a la caja me encontré con la sorpresa de que ese único ejemplar estaba autografiado por el mismo Broderick, lo que casi impide la compra–venta hasta que el mismo homenajeado con su autógrafo, el director de la Casa de Poesía, autorizó la venta.

El resto de la tarde, hasta que el frío me dejó, lo pasé tratando de descifrar la musicalidad de los versos originales en el inglés chapucero que me gasto y la improbable correspondencia de las musicalidades hispana y sajona de cada verso que se fue abriendo ante mi como un secreto, con la certeza cristalina de que había encontrado uno de esos pocos autores que me hablan al oído aún desde otras latitudes y desde sus tumbas y comprendí, al empezar a contar las pocas estrellas que la lengua de luz de la capital deja ver, que había valido la pena quedar apenas con lo del Transmilenio al haberme encontrado a un maestro y un hermano.

De Heaney, de la antedicha antología, les comparto estos cinco poemas que, para mí, constituyen una muestra suficiente para invitar a visitar su poesía y disfrutar de uno de los más grandes poetas de la lengua inglesa en el siglo XX.

 

Ruptura en mitad del semestre

Me quedé sentado toda la mañana en la enfermería

contando las campanadas que doblaban para fin de clases.

A las dos, los vecinos me condujeron a casa.

 

En el pórtico encontré a mi padre llorando –

siempre había sido tan valiente en los entierros –

y el buen Jim Evans repitiendo: duro golpe, muy duro.

 

El bebé gorjeó alegremente meciendo su coche

al verme entrar, y me ruboricé

cuando los viejos se levantaron a ofrecerme la mano

 

y el pésame, y decir que sentían mucho mi desgracia;

los susurros informaron a los visitantes que yo era el mayor,

estudiando en el internado, mientras mamá tomaba mi mano

 

en la suya, tosiendo suspiros iracundos y sin lágrimas.

A las diez llegó la ambulancia con el cadáver

vendado por las enfermeras, la sangre ya restañada.

 

Al otro día entré a la habitación. Copos de nieve

y velas sosegaban todo al pie del lecho; lo vi

por primera vez en seis semanas. Más pálido ahora

 

luciendo un moretón amapola en la sien izquierda,

tendido, como en su cama, en una caja de apenas cuatro pies.

Sin cicatrices feas; el parachoques lo había tirado lejos.

 

Una caja de cuatro pies, un pie por cada año.

 

 

Ritos fúnebres

I

Echaba a cuestas una especie de hombría

al ponerme a levantar los ataúdes

de parientes muertos.

Los habían embalsamado

 

en habitaciones manchadas,

sus párpados ungidos,

sus manos –blancas como harina–

encadenadas en camándulas.

 

Sus hinchadas articulaciones

se alisaban, sus uñas

se oscurecían, las muñecas

se inclinaban obedientes.

 

La mortaja color tierra,

las mullidas cunas de seda;

cortés me arrodillaba,

admirándolo todo,

 

Mientras se derretía la cera

abriendo venas en los cirios,

la llama cerniéndose

ante las mujeres que se cernían

 

tras de mí.

Y siempre, en un rincón,

la tapa del ataúd,

las cabezas de los clavos vestidas

 

de pequeñas cruces que brillaban.

Queridas máscaras de piedra,

sólo un beso en sus frentes de iglú

fue permitido

 

antes de enterrar los clavos

y ver el glaciar negro

de cada funeral

 

Castigo

Siento el jalón

del dogal en su

nuca, el viento

en su torso desnudo.

 

El soplo vuelve sus pezones

cuentas de ámbar,

sacude el frágil aparejo

de sus costillas.

 

Veo ahogado

su cuerpo en el pantano,

la pesada piedra,

los palos flotando y las ramas.

 

Debajo de ellos primero

fue corteza de árbol

desenterrada,

hueso de roble, cuenco de cerebro:

 

su cabeza al rape

es una tusa chamuscada,

la venda, un trapo sucio,

la soga, un anillo

 

para guardar

recuerdos de amor.

Pequeña adúltera,

antes de tu castigo

 

tenías el pelo rubio,

estabas hambrienta,

y tu rostro negro como la brea era hermoso.

Mi pobre chiva expiatoria,

 

casi te amé,

pero hubiera tirado, lo sé,

las piedras de silencio.

Soy el voyerista artístico

 

de la cresta oscura

y expuesta de tu cerebro,

y la membrana de tus músculos,

y todos tus huesos enumerados:

 

yo, que me quedé callado

cuando tus alevosas hermanas,

embadurnadas de alquitrán,

lloraban junto a las rejas,

 

quien fuera cómplice

de la indignación civilizada,

pero comprendiendo la exacta,

la íntima, tribal venganza.

 

Fruta extraña

Aquí está su cabeza, calabaza exhumada,

Niña de cara oval, piel de ciruela, huesos de ciruela por dientes.

Desmadejaron sus cabellos como helechos mojados,

Exhibieron los bucles a la vista de los curiosos

Y permitieron al aire respirar su belleza de curtiembre.

Bola de grasa, tesoro perecedero:

Su nariz partida, oscura como la turba,

Sus ojos, dos agujeros vacíos como charcos en el baldío.

Diodoro Sículo confesó

Que poco a poco se acostumbraba a escenas como ésta:

Niña asesinada, olvidada y sin nombre,

Decapitada terrible, su mirada fija más allá del hacha

Y de la beatificación, más allá incluso

De lo que comencé a sentir: una cierta reverencia.

 

Vícitma

I

Sólo acostumbraba tomar

Y, levantando un pulgar curtido

Hacia la repisa alta, señalar

Otro ron pedido

Con jugo de zarzamora,

sin alzar la voz,

U ordenar una cerveza de afán

Con un simple gesto de los

Ojos y un discreto accionar

Como de quien le quita la espuma.

A la hora del cierre salía

Con quepis y botas pantaneras

A la oscuridad lluviosa,

Soporte de una familia, dependiente del subsidio

Aunque hecho para trabajar.

Me gustaba su manera de ser,

De paso firme pero astuto en demasía,

De cara sobria, de tino disimulado,

Con su mirada alerta de pescador.

Todo -aún de espaldas-  lo veía.

 

Incomprensible

Para él, mi otra vida.

A veces, en su alta banca,

Fingiendo cortar con su cuchillo

Un taco de tabaco,

Sin mirarme a los ojos

En la pausa que seguía al sorbo,

Diría algo a propósito de la poesía.

Estaríamos a solas

Y yo, diplomático siempre

Temeroso de parecer condescendiente,

Lograría, por algún artificio,

Desviar la charla hacia las anguilas,

O cosas de caballos y carretas,

O del IRA.

 

Pero él, por la espalda, miraba

Mi arte tentativo:

Lo volaron en pedazos

En el bar durante el toque de queda

Que otros acataron, a las tres noches

De aquella masacre

De trece hombres en Derry.

PARAS TRECE, decían los muros,

BOGSIDE CERO. Aquél miércoles

Todo el mundo suspendió

El aliento y tembló.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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