Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Pascual Manuel Castro / Foto: María Ruth Mosquera

A las seis de la mañana, Pascual está en la orilla de la carretera, sacando el ñame y la yuca de sacos y acomodándolos sobre una mesita de palos que él mismo fabricó. Del techo de la carpa de paja y fique y plástico ha colgado las bolsitas con queques y chepacorinas diminutas, y también una mochilita con un sombrero pintado que le sirve para guardar el producto de las ventas.

No tardan en llegar los primeros clientes que poco a poco se van llevando los productos, en medio del ruido ensordecedor de los camiones que pasan transportando Cargas desde Cali, Medellín o Bogotá a Cartagena, Barranquilla o Santa Marta y viceversa. Ahí, a pocos pasos, está su casa, construida con paredes de bahareque, techo de zinc y patio en tierra, con palos de papaya y cultivos de cebollín, tomates y otras hortalizas alrededor por medio de los cuales corren las gallinas cacareando. Ese es su lugar favorito en el mundo: San Jacinto, Bolívar.  

Como integrante y director de Los Auténticos Gaiteros de San Jacinto, Pascual Manuel Castro Fernández ha recorrido los más insospechados lugares del mundo, llevando la tradición folclórica heredada de sus ancestros; ha conocido otras culturas, ha degustado la majestuosidad moderna de las grandes metrópolis, ha ocupado primeras planas en las noticias, ha cosechado numerosos triunfos y galardones como los premios Grammy Latino y ostenta la dignidad de ser Patrimonio Inmaterial de la Nación. “La más reciente gira fue por Corea del Norte y Australia”, dice, mientras se acomoda la gorra azul, que junto con un jean, una camiseta y unas abarcas tres puntá, ha sido su atavío del día.

No obstante todas las ofertas que el mundo le ha puesto en frente, él atiende los compromisos que le impone su arte y regresa a su pueblo, a despertar con la brisa fresca que le envía en las mañanas el Cerro de Maco, donde están las memorias de su infancia. Nació en el barrio Miraflores de San Jacinto y creció en la finca El Naranjal, de propiedad de sus abuelos, José del Carmen Fernández y María Pabla García. Allá se formó como lo que es: Un músico campesino o un campesino músico (el orden no lo inquieta), esencia a la que le es fiel hoy y anuncia que lo será hasta el final de sus días.

Pero, aunque hoy su nombre es sinónimo de gaita, de tradición, de ancestralidad, ese fue un atributo genético del que él vino a apropiarse cuando ya era adulto, se había enamorado del acordeón, había compuesto cantos vallenatos y le había dado rienda suelta a su espíritu enamorador.

“Mi papá era gaitero. Él salía de gira con Toño Fernández, con Andrés Landero… Aquí siempre ha existido la gaita. Antes era sin letra, solo melodía. La letra en la gaita nació con Toño Fernández en los años cincuenta”, explica, al tiempo que menciona temas de Los Gaiteros como ‘La Candelaria’ y ‘La Maestranza’ y sitúa los orígenes de este género musical en su pueblo desde los años treinta.  

Pero a Pascual le gustaba el acordeón. “Mi papá decía que esa era música de vago, por eso yo vine a tener un instrumento fue ya después de hecho hombre y casado”. Corría el año 1975. Para esa ocasión le fue muy bien con una cosecha de tabaco y decidió invertir las ganancias en un acordeón que le compró a Rodrigo Rodríguez en nueve pesos. Con ese acordeón debió darle una serenata de desagravio a su esposa, quien no concebía que él hubiera destinado todos esos recursos para un instrumento musical. Formó una agrupación con Rafael, su hermano gemelo, quien hacía las veces de cantante y se dedicó al vallenato, porque estaba convencido que la gaita era algo local, solo de San Jacinto, y él aspiraba trascender las fronteras de su pueblo.

Fue en el primer festival de gaitas en San Jacinto, en 1995, cuando Pascual dimensionó la trascendencia de esa música de los suyos, que él había mantenido dormida en su ser. “Vinieron 26 grupos de diferentes partes, de todo el Caribe”, recuerda. Ahí se dio el cambio. Vendió el acordeón y conformó un grupo de gaita llamado Los Currarro, con el que viajó a Bogotá y ya en la capital, los miembros se dispersaron. Regresó a San Jacinto e ingresó a Los Auténticos Gaiteros de San Jacinto, una tradición que ya alcanza las seis generaciones.

Desde entonces su vida transcurre entre grandes escenarios nacionales e internacionales, innumerables entrevistas para medios de comunicación, homenajes en reconocimiento a lo que ellos significan para el folclor universal, las clases de gaita que dicta en Arjona y Turbaco, y sus días ahí, a la orilla de la carretera, donde funciona su negocio desde hace un año. “No tengo hora fija de cierre del negocio. Eso depende de cómo estén las ventas, hay días muy buenos y otros no tanto”.

En algún punto de la tarde, Pascual recoge los sacos y bolsas vacíos, descuelga la mochilita con lo producido y desciende una lomita para llegar a su casa; ahí se pone cómodo a ver televisión - “me gustan las novelas”, dice – y a alistarse para cumplir la misma rutina al día siguiente o para empacar maletas y emprender u nuevo viaje de intercambio cultural con su arte. “A mi pueblo no lo cambio ni por todo el oro del mundo. Aquí está todo lo que necesito”.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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