Sábado, 24 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

“Lo que tiene claro es que cada acción de su agotadora vida cotidiana está inspirada en su propia infancia”.

Nosotras que nos queremos tanto.

Marcela Serrano

La otra compañera es Teodora. Ella compaginaba las clases de literatura con su otra pasión, las artes plásticas. Había sido una de las primeras en entender y defender la obra de Débora Arango, a quien Marta Traba condenó al ostracismo. Al igual que Fernanda, Teodora tenía muy claro la condición de la mujer, no en vano lleva el nombre de la emperatriz bizantina. Más que la pintura lo que verdaderamente le  interesa son el montaje, las instalaciones, el performance. La obra de Beatriz Gonzales, significó para ella algo así como la senda a seguir. Nunca la ha abandonado.

Teodora venía de un hogar de clase media alta, conservador, católico hasta la médula, y controlado por un padre para quien tener una hija era una especie de tara familiar. Cuando ella decidió entrar a la universidad se encontró con una negativa visceral. -Las mujeres no necesitan instrucción alguna. Fue la respuesta a su petición. Luego tuvo que asistir a una larga diatriba en contra de la educación de las mujeres. Sus argumentaciones no tomaron por sorpresa. Desde pequeña había sido testigo de la violencia que él ejercía en el hogar. Aún recordaba a su madre, embarazada de cinco meses, rodando por las escaleras por el único delito de no tener lista la camisa que quería su marido. Ese día Teodora conoció la palabra aborto. Ese imagen de su madre, ensangrentada en el piso, nunca la abandonó. Es un ítem reiterativo en su obra.

Al igual que la emperatriz, Teodora posee la fuerza y la inteligencia necesarias para imponerse ante toda una corte controlada por hombres. Dejó la casa, que de paterna no tenía nada, y se consiguió un trabajo de mesera en un restaurante. Trabajaba en horarios extenuantes, de cinco de la tarde a tres de la mañana, y cuando ahorró algún dinero se inscribió en un curso de arte. Trabajaba como una posesa. No tenía amigos y a duras penas malvivía en una habitación que había alquilado en una casa de familia. Los domingos podía vérsela tratando de vender uno que otro cuadro en el mercado de las pulgas. Mientras más difícil era su situación económica, más disciplina de trabajo se imponía. No se amilanó. Pasado el tiempo su propia familia entendió que ella no abandonaría sus proyectos. Entendieron que los sueños son una pequeña flama que rompe la oscuridad. Que pueden haber vientos adversos que luchan por apagarla, pero cuando esa tímida llama es protegida por el biombo de la esperanza, se hace fuerte, crece y deviene imbatible.

Finalmente el alcaide de la casa-prisión, como llamaba a su progenitor, decidió ayudarle y ella pudo ingresar a la universidad para estudiar literatura. Sin embargo, nadie sabía que en las horas de la mañana también asistía a cursos de pintura. Nunca hablaba de su obra, ni siquiera sabíamos que era artista. Lo supimos cuando Eva y Miranda abrieron Virginia, libros y pintura. Tímidamente contó que ella también hacía mamarrachos, o que a veces se inventaba montajes en su propia habitación. Eva se mostró interesada y quiso conocer sus trabajos. Se lo tuvo que pedir durante varias semanas. Teodora era renuente a mostrar lo que hacía, en el fondo no estaba muy segura que sus montajes, como ella los llamaba, tuviesen algún valor estético. En cuanto a las pinturas y dibujos decía que los tenía amontonados detrás de su cama, que algún día los sacaría y escogería lo que fuera medianamente aceptable. Eva no se dio por vencida.

Tiempo después nos confesaría que algo le decía que Teodora era un genio en ciernes. Así que esa convicción se le hizo obsesiva. Un día esperó a Teodora a la salida de la universidad y la siguió sin que ella se diese cuenta. Cuando vio a que casa entraba, y que era allí donde vivía, esperó un buen cuarto de hora y timbró. Cuando Teodora abrió la puerta, Eva, sin decir nada, entró en la casa y le dijo: -Mira, o me muestras todo lo que haces o me instalo aquí, tú decides. Y se sentó en la butaca más confortable, como si conociera la sala desde siempre. Fue así como Eva y Teodora se hicieron amigas. Algunos años después serían amantes. Poco después Teodora hacía su primera exposición en Virginia, libros y café. Fue como una revelación. Su obra rompía con todo lo hecho hasta ese momento. La exposición fue un éxito. Años después Isabel le organizaría una exposición en Florencia. Para ese entonces, Teodora ya era una artista plástica reconocida y admirada en nuestro medio tan reacio a las nuevas corrientes o a la aceptación de la originalidad, no de cualquiera, sino a la que va acompañada de una búsqueda estética.

Conocer la obra de Teodora es enfrentarse a un mundo sensible del cual no se habla, pero que está allí: la casa. Dicho en otras palabras el territorio que cualquier especie animal protege y defiende. En él se abriga, en él ama y en él sufre. La casa puede ser vista o vivida, como un remanso o como una prisión. -Para nadie es un secreto que durante milenios la mujer ha estado aislada de la sociedad, recluida en un gineceo, sin permitírsele espacios para la expresión estética -solía decir-. Esa carencia de espacios la entendió Teodora desde el comienzo de su carrera. Al principio eran unos ejercicios bastante íntimos, pero innovadores dentro de la plástica, como si no hubiesen sido concebidos para ser vistos por persona alguna, mucho menos para ser expuestos en una galería o museo; como la obra de Louise Bourgeois. Para Teodora eran simples ejercicios introspectivos que trataban de dar respuestas a la vida de una mujer enclaustrada entre cuatro paredes, a las cuales se llama hogar. Y desde allí observa como la vida transcurre sin que a ella le ocurra nada extraordinario; y peor aún, sin que ella pueda hacer algo por cambiar el mundo que la rodea. Estos primeros dibujos, que bien podrían clasificarse como surrealistas, desnudan su alma, y nos dan la mirada de una mujer en un mundo de hombres hecho para hombres. Mujeres, que como los caracoles, llevan su casa a cuestas y en ese eterno errar pierden el rostro. Y es que su obra siempre ha estado marcada por una permanente búsqueda de la identidad de la mujer, en el buceo de su propia psiquis.

Uno de esos dibujos mostraba a una mujer en posición fetal, con las piernas ensangrentadas y una mancha oscura hacía las veces de cara. El papel utilizado era una hoja de cuaderno y alrededor había hecho una plana, que dejaba al descubierto un grito más que infantil. La plana repetía hasta el infinito la misma frase: estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí, no me he ido, no me he ido, no me he ido; como si dijera: mírame, mímame, ámame, méceme... Esta plana contrasta con el alarido devastador de Simone de Beauvoir en La Mujer Rota: -estoy harta, estoy harta, estoy harta. Con el paso del tiempo esas primeras huellas se encaminaron hacia la búsqueda de un lenguaje más libre y más contestario. Comenzó a estudiar las corrientes vanguardistas del momento; no para copiarlas, sino para no caer en temas comunes. Fue cuando comenzó a explorar con la escultura. Eran mujeres enigmáticas, sin edades ni rasgos étnicos determinados, que rompían los mitos de la sexualidad mal llamada femenina; sus esculturas representaban más bien la sexualidad de la hembra. Fue cuando comenzó la serie de los sexos abiertos. A través de esas vulvas y vaginas inmensas, se escuchaba el segundo grito de Teodora. Esta vez no era infantil, sino el grito de una mujer que conoce y goza el amor, como si dijera, con una voz que aún retumba en mis oídos, ¡Las mujeres también podemos sentir placer, es un derecho inalienable! Varias veces la había escuchado hablar sobre la ablación que sufrían las Emberá Chamí, pero que las latinoamericanas sufrimos algo parecido. Se refería a la ostentación de poder de la figura paterna sobre las hijas, a los hombres políticos que no han dejado de legislar en su propio beneficio, a los curas que le han negado la posibilidad a la mujer de tener sexo sólo porque así lo desea, al Estado y a la Iglesia, que la condenan si se hace un aborto, al acoso laboral. -Nos han hecho una ablación mental -concluía-. Ese grito siempre ha estado presente en toda la obra de Teodora. En otra ocasión diría: -Mi obra no puede divorciarse de mi infancia, ni de la realidad que me rodea, ni de la violencia física y mental ejercida sobre la mujer. La plástica ha sido la manera de exorcizar las sensaciones y los sentimientos almacenados en la memoria -concluía-. No sólo en la memoria de Teodora, en este caso, sino en una memoria que se remonta a la época patriarcal. La memoria de todas las mujeres. Teodora no ha dejado de señalar que sus motivaciones para trabajar son los conflictos psicológicos originados durante su niñez y adolescencia.

En Virginia, libros y pintura, montó con César un performance. En la sala, desperdigadas en el suelo, había vulvas de todos los tamaños. Algunas mutiladas, otras ensangrentadas, abiertas o cerradas, otras arrugadas, como si alguien las hubiese usado, para después desecharlas en un pote de basura. Y en una esquina se veía a Teodora acurrucada con la vulva más pequeña de todas, como si fuese la de una niña de dos o tres años. La tenía en los cuencos de las manos. Mientras la arrullaba, le cantaba en un susurro una monótona canción de cuna; como si la protegiera de algo. Por su parte, César bailaba en el centro de la sala alrededor de un tótem que representaba un enorme falo. Era una danza de poder y dominio. Una celebración del yugo y del terror que había sembrado a su alrededor. Cuando vi la obra pensé que para concebir algo así Teodora debió librar consigo misma una lucha del tamaño de una catedral gótica.

Otro de los temas que llegarían a ser recurrentes en su obra es la soledad. Primero eran mujeres aisladas las unas de las otras, como si toda posibilidad de comunicación fuese imposible. A veces había puentes entre una figura y otra, pero partidos en dos pedazos; o ponía escaleras, pero truncadas. Como si atravesarlos o subirlas fuese una tarea a todas luces imposible de llevar a cabo. Luego siguió con otra serie donde las mujeres estaban unas al lado de las otras, pero cada una miraba a un lado diferente; en sus rostros se leía el sentimiento de soledad atávica que las poseía. El título de la exposición dejaba ver su otra pasión, la poesía: La mirada de una mujer o los cajones de la memoria.

En los años ‘90 su obra alcanzó dimensiones extraordinarias. Sus temas comenzaron a abarcar el mundo femenino: el embarazo, la lactancia, el cuerpo femenino. Para ese entonces ya manejaba con gran maestría diferentes materiales; desde el bronce y el mármol, pasando por el yeso y la madera, hasta la experimentación de las piedras de los páramos. En el 2000, luego de la exposición que le organizó Isabel en Florencia, su nombre comenzó a ser conocido y respetado en el ámbito internacional.

En los últimos años ha logrado mostrar la enorme complejidad de su rico universo. La habitación de estudiante, donde llevaba a cabo sus montajes, volvió a la escena. Esta vez ya no era una obra escondida detrás de la puerta de su alcoba, sino en espacios tan importantes como el Museo Guggenheim de Bilbao. Comenzó a representar dormitorios con puertas semitapiadas, y dentro de ellos una diminuta vulva tirada en un rincón. Uno podría hacer un paralelo con las Cell de Louise Bourgeois. Es un sitio oculto que custodia un terrible secreto; como tratando de evitar la violación del espacio, de su intimidad. Los orificios de las cerraduras, y unos huecos a manera de ventanucos, invitan al voyeur, que habita en cada uno de nosotros, a fisgonear, a bucear en la intimidad de la alcoba. Como si las obsesiones, los fantasmas y los atropellos que la habían ahogado en su infancia, tomaran forma en tan extraordinarias instalaciones. Después reemplazó la puerta semitapiada por una valla de púas, a las que había enrollado tallos de plantas con espinas, principalmente las especies que producen urticaria. Era otro de sus gritos, como si aullase con una voz quebrada por el pánico: -¡Atrévete, cruza el umbral! Y verás que te pasa.

La obra de Teodora crea una intimidad poco o nada agradable, por no decir inconfesable, aun así es muy difícil sustraerse a ella; el espectador, quiéralo o no, se siente interpelado. Teodora, al actualizar los dolores de su infancia y al recrear el sentimiento visceral de exilio que la acosa, asegura su supervivencia. Gracias a esos recuerdos que la habitan le permite a cada espectador la posibilidad de crecer, aunque esos recuerdos la atormenten y aunque el espectador se sienta sacudido. Cuando la llamé para recordarle nuestra cita le dije que viniera con Eva; al fin y al cabo ella terminó por ganarse un lugar dentro de nuestro grupo. Acabo de ver que el carro de Eva y Teodora está llegando al portal, voy a abrirlo, supongo que los otros carros deben de venir un poco más atrás.

 

Berta Lucía Estrada

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Acerca de esta publicación:El relato “Teodora” representa el noveno capítulo de la obra “Féminas o el dulce aroma de las feromonas” de la escritora y columnista Berta Lucía Estrada.

Fractales
Berta Lucía Estrada

Berta Lucía Estrada Estrada (Manizales). Estudios: Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, una Maestría y un Diploma de Estudios Profundos (DEA) en literatura, en la Universidad de la Sorbona (París- Francia), una Especialización en Docencia Universitaria en la Universidad de Caldas, un Diplomado en Historia y Crítica del arte del Siglo XX y un Diplomado en Cultura Latinoamericana. Soy librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. He publicado nueve libros, entre ellos La ruta del espejo, poesía, Editions du Cygne (Francia-2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético, Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2012, ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., ensayo literario sobre la mal llamada literatura de género; y el ensayo sobre literatura infantil y juvenil ... de ninfas, hadas, gnomos y otros seres fantásticos. Docente universitaria en las áreas de lengua francesa, literatura hispanoamericana y francófona en la Universidad de Caldas; conferencista internacional y profesora invitada en universidades de Brasil y Panamá. He dado recitales de poesía en Colombia, Brasil, Francia, Panamá, Polonia y Alemania. Soy integrante de Ia Asociación Canadiense de Hispanistas y del Registro Creativo, éste último fundado por la poeta argentino-canadiense Nela Río.

Premios literarios:

Primer Premio Nacional de Poesía 2011 Meira del Mar, realizado por el Encuentro de Mujeres Poetas de Antioquia, con el libro "Endechas del Último Funámbulo", basado en la vida y obra de Malcolm Lowry.
Premio Especial, fuera de concurso, Ediciones Embalaje del Museo Rayo-2010, con el ensayo poético "Náufraga Perpetua".
2o puesto en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes-2011.
4o lugar en el XXVII Concurso Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo 2011.

Blog El Hilo de Ariadna, en www.elespectador.com
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/
Blog personal: Voces del Silencio:
http://beluesfeminas.blogspot.com
*Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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