Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Aún cuando el tema, por su interés, corresponde a toda “la depresión momposina”, quiero dar mi visión del departamento del Cesar, por ser este donde nací y por tener unas condiciones sui generis marcadas por la música vallenata.

No obstante, planteo la discusión en forma abierta para que a través de la controversia y el aporte construyamos entre todos el marco teórico que permita iniciar el estudio e investigación del fenómeno que expongo, pues sé que en otros departamentos sucede algo similar..

El Cesar es un departamento que goza del privilegio de ser “pluriétnico” y  “pluricultural”  y en esa diversidad de etnias y cultura se amalgama sincréticamente una riqueza inexplotada y a punto de extinguir.

En esta nota tomaré “La tambora” por considerarlo el canto primigenio, para generar la discusión que permita con el aporte de todos los lectores, clarificar los orígenes verdaderos de la cultura del Cesar y posiblemente el origen mismo del “canto vallenato”.

Sea esta la oportunidad que brinda las redes sociales para escudriñar estas expresiones culturales extinguidas o a punto de desaparecer y lograr con el estudio y la discusión iniciar el proceso de documentación y rescate para reincorporarlas a nuestro acervo cultural cesarense.

Desde años inmemoriales hasta la década de los 60s, años más, años menos, en los pueblos, y caseríos de los departamentos de Magdalena, sur de Bolívar, Cesar y Guajira, (aunque parezca una herejía, aquí está incluido el valle de Upar), se tenía como manifestación cultural el “baile cantao” denominado “La Tambora”, (No había nacido el marinero que cruzó los mares para traer a la Guajira ese instrumento fuelle llamado acordeón).

Nuestros abuelos amenizaban sus ratos de solaz y esparcimiento con el toque de tamboras y la cantarina voz de las “cantadoras” desgajaban versos elementales con que festejaban la cotidianidad de sus vidas. El “currulao”, “la tambora” y el compás marcado por las palmas acompañaban “el canto”, el cual era reforzado por el coro de voces responsoriales en que repetían rítmicamente el estribillo.

Con este “baile cantao” amenizaban sus jolgorios y celebraban las fiestas conmemorativas en honor a sus santos patronos. Haciendo especial énfasis en  las realizadas  desde la Navidad hasta el 6 de enero, teniendo su esplendor en la noche del 31 de diciembre a amanecer primero de enero.

Donde sacaban una tambora de calle llamada “El pajarito”. Claro está que cualquier noche, algún paisano se le antojaba hacer fiesta, entonces se constituía en “cabeza de guacherna”, buscaba los tamboreros, los apostaba en cualquier esquina o patio y comenzaban el toque.

El “dum-dum” de las tamboras, avisaba a los pobladores que había “noche de guacherna”, y entusiasmados asistían al convite, danzando y cantando sus cantos tradicionales hasta el amanecer.

Los tamboreros se sentaban juntos, uno al lado del otro. A su lado, la o el cantador, seguido por las personas que veían el baile y que al mismo tiempo hacían el coro. Cerraba el círculo, los curiosos y los jóvenes y niños.

Tamboreros y Cantadoras en plena interpretaciónAl centro de ese círculo, que tocaba palmas, iban las parejas de bailadores, y  al compás de los golpes hipnóticos de la tambora y el currulao practicaban el “rascapie” del baile, donde parecía que levitaran del suelo. Vale la pena anotar que las parejas y parejos se relevaban en el baile.

Cuando se le agotaban las provisiones de licor al “cabeza de guacherna,” avisaba al tocador del currulao o “currulaero” como lo llamaban y este en cualquier momento de la pieza que tocaban, se levantaba bruscamente y exclamaba: La culebra. Arrojando suavemente su instrumento cerca los pies del parejo o curioso que tuviera capacidad económica o crédito en una cantina, para una nueva provisión.

La Tambora tiene cuatro aires: La tambora-tambora, el chandé, la guacherna y el berroche, cada uno de ellos con su rítmica, y sonoridad definidas, lo mismo que con su cadencia y pasos de baile muy singulares. Probablemente en este “baile cantao” se encuentre el génesis del canto vallenato.

Andando el tiempo, estas pequeñas comunidades fueron penetradas por culturas foráneas que permearon sus costumbres. Los nativos comenzaron a reacomodar su visión del mundo, sus tradiciones y saberes ancestrales, remplazándolos por otros que venían de fuera.

Comenzó así “la amnesia estructural” del conocimiento de lo nuestro y comenzaron a perder significado algunos actos, costumbres y tradiciones. En ese proceso de reacomodo gran parte de nuestra riqueza cultural fue empujada fuera y salieron de la conciencia colectiva, dejando de hacer parte de la herencia cultural que nos legaron los abuelos.

En este proceso de expulsión del inventario cultural, jugaron un papel importante, algunas personas, que por su ascendiente ante la comunidad (dinero, posición social, estudios, política, medios de comunicación, amistades con personajes del alto gobierno, padrinazgos, etc.) se creyeron, con razón o sin ella, con derecho a rescribir la historia de sus comunidades, y en ese propósito, rescribieron a su acomodo todo el entorno histórico y cultural de nuestros pueblos.

Y, como en ese Macondo inicial y bíblico de Gabo, comenzaron a rebautizar las cosas, a crear próceres y héroes acomodando sus ancestros al grupo de los vencedores, de los fuertes y de los poderosos en una irrisoria búsqueda de abolengos que aún persiste.

Asimismo, creyendo “vulgar” lo terrígena, lo ancestral, lo remplazaron por culturas advenedizas, con la pretensión de darle “clase” a sus orígenes, en una lapidación de lo propio. Llevándolo, en algunos pueblos, hasta su extinción. Solo quedando menciones aisladas de esa cultura en algunos ancianos, que fieles a sus ancestros, se han negado a olvidarla.

En otros casos, son mencionadas tangencialmente, siempre con un sesgo de clase social como en el caso de “La colita” en Valledupar, que no era otra cosa que “Noche de guacherna” con que se regocijaban las clases populares, ya que no podían asistir a los ”bailes de gala” donde los adinerados festejaban con sus pares.

Afortunadamente este proceder no fue generalizado, ya que en los pueblos del sur de Bolívar, sur del Magdalena y sur del Cesar se mantiene el acervo cultural legado de nuestras generaciones pasadas y aún persiste “el baile cantao” como máxima expresión cultural, convirtiéndose esta expresión folclórica en la reina de nuestra cultura.

En otros pueblos, no se corrió la misma suerte, en ellos festejan con bombos y platillos “Festivales” inventados, en un desconocimiento pleno de sus orígenes, peor aún, la juventud de esos pueblos cree a pie juntillas que “eso” es su cultura y tradición.

Esta situación hace necesario ahondar en el estudio de las raíces culturales  y desde la escuela y la academia generar el proceso que le devuelva la memoria a nuestros pueblos, ahora que es posible, ya que todavía quedan pueblos que celosamente conservan sus costumbres y tradiciones como en el caso del departamento del Cesar en los municipios de Gamarra, Tamalameque, Chiriguaná (en La Sierrita), El Paso (grupo Paleolo), todo el sur de Bolívar y algunos municipios del Magdalena.

DIÓGENES ARMANDO PINO ÁVILA

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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