Sábado, 19 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Giovanni Quessep

En el coro colombiano “Que eleva en la espesura/ desdeñosa cantiga solitaria” (Dionisio Aymará, Venezuela, 1928), canta en soledad el poeta  Giovanni Quessep.

Su voz, a veces desvaída, se resiste al análisis usual, porque su nervadura (¿la tiene?) es construcción (para decirlo de alguna manera), inclasificable para el único olfato que manejamos: el rastreo  basado en esos elementos inmediatistas que llamamos crítica literaria.

A Quessep le fue concedida la facultad de abrir la puerta. Accede así a una dimensión donde todo es posible. Extensión sin horizonte limitado, hasta el agua da sombra con fantasmas como manchas de ágata y la “música de hoja desprendida” que reta hasta el oído de las bestias nocturnas. Allí vaga hechizado, aprehendiendo la única historia que lo acompaña desde un   borrado rincón del universo. Ahí el ramo “de flores amarillas” con su oráculo en llamas, las polillas ¿azules? “de la perdida infancia”, el  rumor que ni el oído escucha ni la palabra expresa a plenitud.

Pero sucede que caballero también está constreñido al marco que le impone su carnadura. Como toda concreción de piel y huesos, solo le es permitido relampaguear. Quizá el viaje de regreso le sea doloroso o simplemente melancólico. De  su  incursión en los predios donde nace el asombro, trae  la bruma de ese “tiempo que huye de sí y a sí mismo se alcanza” en una persecución interminable. Por eso cada uno de sus poemas es exclusiva pieza de orfebrería y el lenguaje con que intenta desdoblarse, a pesar de recurrente, siempre renovado en un cauce onírico o surreal.

La imperceptible música “de hoja desprendida”, lo adelgaza hasta casi disolverlo. A diferencia de “las grandes hojas” de Aurelio Arturo, de donde “salía lento el mundo” en un parto iluminado, la hoja desprendida de Quessep, una sola, hace danzar el mundo con la desmesurada música del silencio escuchado.

El poeta es un contador de historias, dijo Borges, y la que cuenta este hombre solo a él pertenece. La fuga le es necesaria porque requiere la irrealidad de sus visiones. Quizá de esas estepas a medias padecidas se trajo las “princesas que no son de la tierra”, los ciervos voladores, los valles que reconoce imaginarios, el ovillo de una canción donde nace y naufraga la melodía.

La poesía es inefable por desconocida. Lo que escribe Quessep nace, no de la magia,  ésta es una palabra acuñada por la  esencia terrena; viene de minaretes dorados por soles sin poniente, de alondras coloreadas por vinos largamente añejados, de  concupiscencias  cribadas muchas veces, de  melancolías nunca reconocidas como cepas de la triste alegría.

Nadie escribe como él porque nadie posee sus experiencias que trascienden los fueros de la imaginación. Extraña presencia poética la de este beduino tostado bajo el sol de  desiertos sucesivos.

El imán que posee “Canto del extranjero”, uno de sus poemas más celebrados, no reside solo en la palabra. Esta  sutileza a medias rimada, asoma en la ingravidez del discurso. “Canto del extranjero” es un experimento sintáctico que ata con lazos indestructibles,  palabras a las que en otras circunstancias no les sería posible cohabitar en paz.

Muchos más podríamos decir de este discurso más cercano que el de ninguno a su madre, la poesía, fuerza telúrica que hace crujir hasta el delicado cráter de la rosa.

Lo que escribo son especulaciones nacidas del agotamiento de los caminos. Por ahora sigue ahí, a la sombra de los almendros familiares, mientras “Cae el otoño al patio de nuestra casa”.  

 

Gloria Cepeda Vargas

Reflexiones y poesías
Gloria Cepeda Vargas

Gloria María Cepeda Vargas es una poeta colombiana de reconocida trayectoria. Oriunda de Cali, ha vivido sus primeras -pero también sus últimas décadas- en Popayán, por lo que se le reconoce como una autora caucana. Es hermana del político Manuel Cepeda Vargas, líder de izquierda asesinado, padre del representante a la Cámara Iván Cepeda Castro. Ha recibido, entre otros, el Primer Premio y Medalla de Oro, Concurso Internacional de Poesía, Bruselas (Bélgica) 1993; Premio de Poesía "Jorge Isaacs", Cali, Colombia, 1995; y la mención Casa de las Américas, La Habana, Cuba (2000). Algunas de sus publicaciones: "Bajo la estrella" (Popayán, 1960), "Cantos de Agua y Viento" (Premio Jorge Isaacs, 1995); "Carta a Manuel" (Popayàn, 1995); "De la vida y el sueño" (Popayán, 2009); "Canta la noche" (Neiva, 2010).

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