Martes, 22 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Beto Jamaica

Las ofertas para perder el rumbo han llegado en diversas presentaciones a la vida de Beto Jamaica, pero él ha mantenido la mirada puesta en el norte que se trazó desde el día que decidió que su destino estaba enredado en el fuelle de un acordeón y que a ello dedicaría sus fuerzas.

“Quiero seguir tocando música vallenata. Me siento orgulloso de mi música vallenata. No puedo imaginar mi vida sin mi acordeón”, dijo hace poco, una tarde en la que se le preguntó ¿qué sueño le falta por cumplir? y, con sentimientos de nostalgia, alegría, esperanza y agradecimiento, narró uno a uno los capítulos de la historia de un niño bogotano, con muchas carencias económicas que un día soñó aparecer en la carátula de un disco con un acordeón en el pecho, llevando mensajes de amor y paz a través de la música: Su propia historia.

Alberto Jamaica Larrota evidencia la sentencia que alguna vez pronunció Gabriel García Márquez, cuando dijo “No sé qué tiene el acordeón  de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”. No es que él haya encontrado la respuesta para explicar la magia del acordeón; es más bien que ya no la necesita, hace rato dejó de preguntarse por qué esta música le atrapa el alma de esa manera, desde que tiene memoria.

Tendría cuatro años cuando escuchó por primera vez esa triada de instrumentos, acompañados de otros y de versos y voces que armaban esa amalgama de sonidos de la que nunca más pudo alejarse.

“Vivíamos en un ranchito muy pobre en Bogotá, un rancho de tablas y tejas, donde hacía mucho frío. Yo cogía un tarro de aceite de esos que eran metálicos y lo ponía en mis piernitas y con dos palitos simulaba llevar un ritmo y cantaba. Me ganaba mis coscorrones de mi mamá porque manchaba la ropa con aceite. La música ya me estaba llamando y no sabía por qué, si no teníamos televisor en ese tiempo. Éramos muy pobres. Había un radiecito de transistor donde todos mis hermanos escuchaban su música cada uno”.  

Eran ocho hermanos con gustos musicales diversos, así que en el radiecito se escuchaban -por ratos- salsas, bambucos, boleros, baladas, rock, así como joropos rancheras y torbellinos cuando les correspondía el turno a los padres.  Fue en ese transistor donde un día Pedro Jamaica (tío) sintonizó un programa radial y el niño se sintió atrapado por esa música que después supo que se llamaba vallenato. “Quise saber quién cantaba, quién tocaba, quién había compuesto esa canción, de dónde venía la musiva vallenata, el acordeón, la caja, la guacharaca, y empecé a tomar nota, siendo muy niño, de todo. Me fui grabando en qué emisora ponían música, porque los programas eran muy poquitos y muy corticos; memorizando los horarios y sintonizando todos los días para aprender del folclor”.

Y llegó el anhelado momento de presenciar una agrupación en vivo. Ya Beto había cumplido quince años y sus hermanos mayores lo llevaron a una fiesta en Fontibón; en un abrir y cerrar de ojos el adolescente desapareció y los mayores entraron en pánico, temiendo algún mal, pero lo encontraron después, extasiado al pie de la tarima donde un grupo interpretaba vallenato. Era su primera experiencia. “Estaba tocando el maestro Luis Enrique Martínez”, recuerda y justifica su desaparición porque su mesa estaba lejos de la tarima. “Y yo enamorado de la forma de tocar ellos, admirado de ver al cantante, al cajero, al guacharaquero, al maestro… Me regañaron y yo les dije que me dejaran que era que estaba muy enamorado del vallenato y quería mucho esa música y que me dejaran ver el grupo”.

Su siguiente travesura fue mayor. Había armado un grupo con su amigo Wilson Ibarra, quien tocaba el acordeón; Beto tocaba guacharaca y cantaba. “Sentíamos que nos faltaba mucho para aprender y alguien nos dijo que la única parte que lo tocaban y cantaban bien era en La Guajira”, y sin dudarlo un instante, vendieron sus pertenencias y muertos de ansiedad y miedo compraron un boleto que los llevaría a sus sueños. Pero ahí no estaba aún su sueño. “El papá de él (Wilson) se enteró que nos habíamos volado para La Guajira a aprender a tocar vallenato; nos denunció y en Bucaramanga la Policía paró la flota y nos detuvo. Nos devolvieron, el papá de mi amigo llego por él yo quede en Bucaramanga, sin para dónde coger”. Una llamada de rescate a un teléfono fijo y un regaño no lograron hacerlo desistir de su decisión de aceptar el llamado del acordeón, el llamado de su vida.

Las páginas que siguen de la historia hablan de una caída desde un tercer piso que lo puso frente a frente con Dios a suplicar por una segunda oportunidad de vida, cuando recién estaba aprendiendo a tocar el acordeón; oportunidad que Dios le concedió (La voz se le quiebra al evocar este momento, así como el de la muerte de su madre). Trabajó en tiendas, como vendedor de frutas en la plaza, fue conductor de un carro recolector de chatarra, trabajó en construcción, en talleres de latonería y pintura y como ayudante de bus. Todo, como ruta que lo llevara a progresar para ayudar a sus padres y para cumplir su anhelo musical.

“Cuando los papás de mi amigo Wilson, con el que nos volamos aquella vez y teníamos tantos sueños trazados, se separaron y a él se lo llevaron para Venezuela, yo me quedé sin mi compañero, sin mi amigo, sin mi partner, como se dice por aquí. Él me había enseñado unos pedazos de canciones en el acordeón y un día un amigo me vio tocándolos y me dijo: Eso es lo tuyo, el acordeón, tienes que tocar acordeón, tú no tienes futuro como cantante”. Me convenció y empecé a ahorrar para comprar mi primer acordeón”.

¿Cómo logra un joven de escasos recursos conseguir un instrumento costoso, cuando su padre no le patrocina su sueño porque teme que lo llevará a la perdición y, por si fuera poco, acaba de embarazar a su novia?

“Mi papa estaba muy bravo conmigo, decía que yo en la música me iba a degenerar, que eso era muy peligroso, que los artistas se volvía perniciosos y tomatrago; entonces ni modo de pedirle el acordeón a él”. Y de nuevo vendió sus pertenencias: su colección de casetes originales de los Hermanos Zuleta, el Binomio de Oro, Diomedes Díaz… su patineta y hasta parte de su ropa. “Yo pasaba por las discotiendas y veía las caratulas con los artistas y sus acordeones y me volvía loco. Recorría compraventas buscando un instrumento de segunda, pero no encontraba y los nuevos costaban 386 mil pesos, imagínate, y yo me ganaba dos mil pesos semanales”. Pero todo tiene su tiempo y un día un buen amigo acordeonero (José Pedraza) le ofreció venderle su instrumento en 75 mil pesos; a Beto los ahorros le alcanzaron para abonar 30 mil pesos, de modo que adquirió la deuda y el resto lo fue pagando ‘en especie’, con trabajos en la casa de su amigo, haciendo arreglos de plomería, pintando donde hubiera que pintar, hasta cancelar la totalidad de la deuda.

“A veces siento ganas de llorar de ver por todo lo que he tenido que pasar, pero lo más importante es que nunca hice nada malo, no conozco los vicios porque nunca los probé, no consumo alcohol en exceso, me todo uno o dos tragos de vez en cuando; he sido juicioso, muchas personas me han querido corromper, pero no lo han logrado porque mis padres me criaron con unos grandes principios y aparte de eso he visto espejos en la vida en personas que el vicio los acaba y los termina, entonces nunca ni un cigarrillo me he fumado”.

Hoy Alberto Jamaica tiene 50 años, ha cumplido sus sueños de niño: 56 producciones discográficas, conciertos en más de 20 países, entre los que se cuentan Estados Unidos, Ecuador, Venezuela, Panamá, Londres, Chile, Paraguay, Nuevo México, Corea del Sur, Singapur, Isla Borneo en Malasia; condecoraciones del Congreso de la República en 2007, dos condecoraciones del Concejo de Bogotá, como artista del año y como persona grata de la ciudad; también por la Alcaldía de Zipaquirá y Apulo, Cundinamarca; más de 400 jingles para radio y televisión; todos los festivales del interior del país ganados y rey del festival de la Leyenda Vallenata en 2006. “Los logros han sido muy importantes y muy bonitos porque pienso que Dios ha puesto ángeles en mi camino, personas que me han apoyado, que creen en mí”, enfatiza.

“Estoy ahora en una situación mejor, más tranquilo, me tienen en cuenta para eventos, el reconocimiento de la gente. Estar en ese pedestal de reyes vallenatos para mí ha sido el logro más importante de mi vida. Lo soñé, se lo pedí a Dios mucho, lo luche lo batalle y lo conseguí con mucho esfuerzo y cariño. He viajado mucho, dolido por la fuerza de mi madre se llevó mi alegría pero ya estoy superando eso, la adore y me adoro”.

El rey Beto Jamaica acaba de hacer la música para la novela ‘Diomedes Díaz El Cacique de la Junta’ y por estos días promociona dos canciones que grabó especialmente para le ápoca navideña. Las hizo como un aporte a la variedad musical decembrina, “viendo que los villancicos que suenan todos los años son los mismos”; entonces grabó un mosaico, pensando traducir los villancicos que suenan a la música vallenata, con mensajes de paz, alegría, hermandad, unión de las familias, futuro, niños… y una canción de la autoría de Romualdo Brito, titulada Campanitas de Navidad. “Relacionamos la Navidad con las campanitas y eso nos da paz, nos habla de a Dios, de unión de la las familias, de tradiciones”.

Son muchos sueños cumplidos, pero a medida que se van cumpliendo, van reproduciéndose. Ha empezado a componer y quiere hacer muchas canciones, sonar en su país y en el extranjero, ver a sus hijos (cinco) felices y realizados, como él mismo se siente “Le doy las gracias a Dios, a los amigos que de una u otra manera me han impulsado, me han dado la mano, han creído en mí y a los que me han criticado también les agradezco porque gracias a las críticas uno corrige y aprende”.

El en año 2017, el rey Beto Jamaica regresará a Valledupar para participar en la versión rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata. “Mi gran meta es volver a competir para retirarme de los festivales, en ese glorioso rey de reyes. Me meta es desempeñar un muy buen papel, mostrar que Beto Jamaica ha evolucionado, que ha crecido musicalmente, que le sigue aportando al folclor, que está tocando bien, que ama esta música vallenata y como la ama así mismo la respeta y valora y que no se conformó nunca con lo que sabe porque siempre quiere estar explorando, creando, aprendiendo; todos los maestros de la música vallenata, reyes y no reyes, famosos y no famosos, de ellos vivo aprendiendo”.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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