Sábado, 20 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Teresa quiso llorar cuando se acabó la batería del celular. No sólo por el estrés de ir tarde a la cita, sino porque no encontró una cabina de teléfono, ni siquiera halló una tienda de verduras. En las casas no le abrieron gracias a la desconfianza que cabalga en la sangre de los bogotanos.

La cita continuaba alejándose, perdiéndose entre la bruma de las tres de la tarde. Y con ella, empezaba a naufragar la comisión. Justo cuando las ventas iban en picada y su esposo llegaba de los viajes con menos dinero.

En una cuadra encerrada por rejas blancas, como si se tratara de una gigantesca jaula, encontró a una mujer arrodillada sobre un rectángulo de tierra. Tenía una pañoleta en la cabeza, jean viejo, camiseta raída y delantal.

—Buenas tardes, señora —dijo Teresa.

La mujer levantó la mirada y luego puso la mano en la frente para eludir el golpe del sol.

—Tengo una cita para mostrar una casa y el celular se murió —dijo sacudiendo el teléfono—. Quisiera que, por favor, me prestara su teléfono para llamar a mi oficina.

—Claro.

Se limpió las manos en el delantal. Se levantó. Eran de la misma estatura y parecería que también compartían la edad. Sin embargo, la mujer tenía la piel más arrugada que la de Teresa.

Teresa buscó sus ojos, pero la mujer bajó la frente.

Caminaron hacia la casa. Bajo el marco de la puerta la mujer señaló el teléfono. Después vio caminar a Teresa mientras apretaba el delantal con las dos manos.

Regresó al jardín inquieta, como si quisiera llorar.

Teresa llamó a su oficina, pero el teléfono estaba ocupado. Intentó tres veces más. Después, desesperada, salió de la casa para hablar con la mujer.

—No me he podido comunicar con mi secretaria. Sé que le sonará abusivo, pero necesito llamar a celular… yo le pago— dijo al tiempo que abría la billetera.

—No se preocupe. Llame y después arreglamos —dijo la mujer sin levantar la cabeza.

Teresa se sintió mal: tomó las palabras de la mujer como un reproche. Quería irse, pero sabía que debía cerrar el trato.

—De verdad que le pagaré las llamadas.

—En serio, no se preocupe por la plata. Sólo llame.

La contempló desde la altura: arrodillada, con la cabeza debajo de la rama de un arbusto de hojas anchas, clavando una pala que tenía las mismas dimensiones de una pala de juguete.

Entró nuevamente a la casa.

—Vuelva a llamar en diez minutos porque no sé dónde anoté el teléfono de don Guillermo —dijo la secretaria con altanería.

Teresa tiró el teléfono malhumorada. Quería ahorcar la secretaria. Contempló la puerta; no quería salir a enfrentar la hostilidad que la mujer escondía bajo el caparazón de la gentileza.

Resopló. Miró el techo. Bajó la mirada. Contempló la sala. Las mismas sillas de cuero que su esposo quiso comprar, pero que ella no permitió porque le parecieron lo más lobo del mundo. En la mesa de la esquina, junto a la ventana, vio un grupo de retratos que le llamaron la atención.

Fue hasta ellos.

En la primera foto estaba la mujer con un bebé en brazos. Tenía ojeras, estaba despeinada, parecía que no hubiera dormido en semanas. En otra estaba con la bebe en un parque. A pesar que la foto parecía reciente, daba la impresión que la mujer tenía veinte años menos.

«Ahora parece su propia mamá», pensó.

En el retrato que estaba detrás de todos, la mujer estaba con su hija y un hombre. Teresa movió la cabeza ligeramente a la derecha, al tiempo que entrecerró los ojos, como si no enfocara bien. Contempló nuevamente la fotografía. Tomó el portarretrato con la mano temblorosa. Lo levantó a la altura de sus ojos. La mujer estaba en la parte izquierda de la cama. En la mitad estaba la niña sentada con las piernas abiertas, como un oso de felpa. A la derecha sonreía el esposo de Teresa.

—Esos son los famosos viajes de su marido —dijo la mujer desde la puerta.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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