Miércoles, 29 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Iglesia de Valencia de Jesús

En la época prehispánica, Valencia de Jesús era un paraje de indígenas Chimilas; estaba rodeada de fértiles  llanuras, conocidas como Sabanas de Poponí, y en el centro de ellas, un cerro oteaba: al norte, los picos blancos de la Sierra-Madre (La Nevada) y el nacimiento del río Los Clavos; al este, la ruta de frondosos campanos en los caminos al Valle del Cacique Upar; al sur, kilómetros de verdes sinfonías de sabanas y el viaje de su río en busca de las aguas del Cezare; al occidente, bosques  de palmas de corozos y sabanas detenidas en el sol de los venados.

Todo este paisaje virginal fue una tentación para la llegada de los españoles, que se inicia en 1590 con el capitán Antonio Flórez, quien bautiza el lugar con el nombre de Valencia de Jesús, y abre el camino a otros colonizadores. En el siglo XVIII, llegó a ser una villa reconocida por su numerosa población, algunas edificaciones semejantes a la típica arquitectura española, y populosos hatos de ganados mayores y menores que servían de sustento para proveer a la provincia de Cartagena.

Sin embargo en el siglo XIX, Valencia tuvo un notorio retroceso; el sociólogo Ariel Rincones (nativo de esa población) explica una de las causas posibles de esta decadencia: “el resultado de las luchas independentistas en la primera mitad del siglo XIX.

La clase dirigente de Valencia de Jesús en ese entonces estaba conformada por españoles y sus descendientes, los cuales se opusieron y enfrentaron los procesos de liberación en la región. La derrota de la autoridad realista provocó la huida de gran parte de los habitantes de Valencia, contribuyendo además, al desmoronamiento de su economía, como también ocurrió con sus edificaciones”.

De los pocos habitantes raizales y los escasos que más tarde llegaron (criollos y mulatos) surge el mestizaje de una nueva población, que se dedica al trabajo agropecuario. En lo espiritual, la tradición católica, que viene desde del año 1700, cuando construyó la iglesia el señor cura y vicario español, don Domingo Antonio de Mier y Cortines. Hoy la iglesia es Monumento Nacionaly epicentro de una de las celebraciones más tradicionales y reconocidas en toda la región y el país: la Semana Santa.   

En la primera mitad del siglo XX, Valencia de Jesús parecía detenerse en el tiempo, los hombres dedicados a las faenas agropecuarias. De esas noches de luna y de silencios en los patios, aparecen dos valencianos, hijos de Cesar Salomón Ochoa López y María Jesús Campo, Rafael Arturo y Juan Bautista, y con sus acordeones llenan de fiesta el corazón de sus paisanos, y detrás de ellos, el hermano menor, Calixto Antonio, quien en edad juvenil descubre su talento musical.

Calixto Ochoa Tal vez, iluminado por el precepto bíblico de que nadie es profeta en su tierra, decide viajar hacia las Sabanas, tierra mítica de los Zenúes, y se queda en (Sincelejo), emporio de música de bandas; y, sin olvidar sus raíces vallenatas, se nutre de estas influencias que fortalecen su capacidad artística hasta alcanzar la talla de maestro de la música popular.

La fidelidad a sus orígenes, y a sus ancestros campesinos, se patentiza en los versos de sus canciones, que son una exaltación del entorno natural. El paisaje de la infancia permanece indeleble en la memoria. ¿Qué hay en ‘Lirio rojo’, su primera canción grabada?, una estela, esencialmente, romántica; un lamento por la pérdida de su amada, pero de alto contenido poético con matices paisajistas.

Yo tenía mi lirio rojo bien adornado

con una rosita blanca bien aparente,

pero se metió el verano y lo ha marchitado

por eso vivo llorando la mala suerte...

Es una evidencia al paisaje; en este caso, de Pueblo Bello, un poblado incrustado en las faldas de la Sierra Nevada, donde conoce a su primera esposa, Carmen Mestre. El verano es la metáfora de la ausencia, de la melancolía que produce la desolación. Hubo un corto noviazgo y un amor efímero. La calidad poética y la sutileza de la melodía son tan sublimes que hay que detenerse con oído atisbador para detectar las lágrimas del autor por el amor perdido. 

En ese mismo tenor poético se ubica la canción, ‘Los sabanales’, que es un canto que recuerda los próvidos momentos de amor y clama por revivirlos; pero también es una profunda añoranza de los sitios frondosos que pincelan los lienzos de la memoria juvenil. 

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan solo y muy lejos de ti,

me provoca volver a los guayabales

y aquellos sabanales donde te conocí…

En su faceta costumbrista, canta a personajes campechanos, que, en cierta manera, es su vida de campesino frente al asombro de las cosas de la ciudad. ‘El Compae Menejo’, que al salir por primera vez, del monte para la Ciudad, se detiene de estupor al ver la luz eléctrica, y piensa que es un calabacito alumbrador. El pedagogo e investigador de la didáctica de las Ciencias Naturales, Rómulo Gallego Badillo, toma este ejemplo del Calabacito alumbrador para explicar lo que en pedagogía se considera un preconcepto, que no es más que ese saber popular que hay que desaprender para entrar al saber científico.      

El canto vallenato es una escuela de la vida, una crónica contada en versos y una fiesta de la poesía popular para celebrar la vida y alejar la muerte. Calixto era un músico completo: tocaba acordeón, cantaba y componía letras románticas, narrativas, bucólicas y picarescas. También, compuso y cantó con gran maestría  los cuatro aires vallenatos (paseo, puya, merengue y son), que le dieron el aval para coronarse el tercer rey de la Leyenda Vallenata (1970). Además, hizo canciones en los ritmos de porro, cumbia, charanga, fandango, tambora, chandé,   y es el padre del ritmo paseaíto; por eso es reconocido como el compositor de música popular más versátil del Caribe colombiano.

Calixto Antonio Ochoa Campo nació y vivió para la música. Era fiel a sus orígenes: su tierra natal, el paisaje de la infancia, su condición de hombre de campo, su apego a la gente de pueblo, su gratitud por la amistad y su franqueza con la vida. Para él no es válida esta sentencia religiosa: “El hombre es una lámpara apagada, toda su luz se la dará la muerte”. Porque con su  extensa obra musical (más de mil canciones grabadas) hizo de su vida un esplendor de luz y de grandeza, que seguirá brillando por la calidad de sus melodías y de sus versos.  

 

José Atuesta Mindiola

El tinajero
José Atuesta Mindiola

José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).

Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.

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