Sábado, 27 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Astrid

Fue un amor que llegó por el sótano. Tumbó ventanas, arrancó paredes, descuadernó prejuicios. Me elevó al paraíso y luego me llevó hasta el último sótano del infierno.

Si era o no era pareja de El Negro en el momento en que nos encontramos en la universidad, es algo que nunca terminó de aclararse. Hablamos, y cuando la garganta se secó, fuimos a tomarnos una cerveza. Pero no fue una, sino varias. Decenas. Bebimos como si se fuera a acabar el mundo. Y quizás se acababa mientras la noche naufragaba en un aguacero bogotano.

A la una de la mañana nos besamos inducidos por el exceso de alcohol. Continuamos besándonos hasta que nos sacaron del bar. Eran más de las tres de la mañana y la noche parecía haberse quedado dormida. Las hojas de los árboles estaban quietas, el frío descansaba bajo los puentes. Caminamos por la calle 45. Había borrachos que gritaban, peleaban en mitad de la calle o dormían en las aceras.

En la carrera 13 esperamos su buseta. No creí que a esa hora pasaran. Pero lo hacían, y por montones. Incluso algunas iban llenas, como si fueran las seis de la tarde. Juana se fue en una llenísima, casi colgada de la puerta.

Caminé por la Séptima hacia el norte. Pensaba en lo que acababa de hacer y en lo que vendría después. En las incidencias. En los agravantes y en los atenuantes.

Entre cálculos y reflexiones se fue haciendo la madrugada en las montañas. Ya era catorce de septiembre del 2002. En teoría se había cumplido el primer día de noviazgo. Ese dato me alegró y preocupó en dosis iguales. Tomé aire y continué caminando con la ilusión que el mundo, en su girar, me llevaría hacia alguna parte.

Marjorie

No se necesitaron más de dos horas para que nuestros cuerpos se buscaran en los treinta y tantos grados de Barranquilla. Le besaba el dorso de la mano, el antebrazo, el hombro y finalmente el cuello. A cada beso iba confirmando que nuestras pieles estaban diseñadas para encajar como encajan las figuras Lego.

Al siguiente día ya éramos novios. En el calor no se necesitan cortejos largos. La piel es quien determina si una pareja tiene futuro. Nadie la contradice. Nadie apela sus decisiones. Es, o no es. En nuestro caso, como queda dicho, fue. Y fue durante un año en el que vivimos separados por mil kilómetros.

Aunque en regla no fue un año: una mala jugada del sistema de la universidad me dejó libre para vivir un semestre en Barranquilla. Al término de ese periodo ella vino de vacaciones a Bogotá y se quedó por tres años.

Al comienzo sufrí de celos enfermizos que derivaron en el amor que llega después de la pasión. El amor de las “buenas noches” en las tinieblas. De los ruidos en la madrugada mientras se alistaba en el trabajo o de los antojos del domingo. El amor de los días que marchan a paso lento, como si no quisieran llegar a ninguna parte.

También arribaron los problemas: la universidad, el trabajo, la enfermedad de su mamá. Pero no en fila, sino todos al tiempo. No daban tregua. Hostigaban, dolían, molestaban, arremetían. Año y medio con ellos a la espalda. Hasta que todo se fue al traste. Regresó a Barranquilla para acompañar a su mamá.

Y yo me quedé solo.

La dulce y terca soledad. En dosis largas, como jarabe para la tos. Una tos que empieza a ser crónica. Que ataca algunas noches. Que se pone arisca en luna llena. Que se calma cuando sube la temperatura.

A veces Marjorie me llama. Ríe, carcajea, se burla. Pero después la voz se llena de brumas como las nubes que galopan en las tardes bogotanas. Recrimina, se queja, cuelga. Semanas después vuelve a llamar. Algunas veces repite el libreto. Otras se va como llegó: con la alegría Caribe navegando a toda vela.

En todos los casos me deja el ánimo sombrío. Algunas veces me pega la culpa. Otras el malgenio. La mayoría de las veces una melancolía espesa y profunda. Camino por calles y avenidas hasta que me pasa. O escribo. O me voy de viaje. O me acuesto a contemplar el techo.

Después de las caminatas, las letras o los viajes, vienen los recuerdos. Pero no los oscuros, sino los buenos, los que eluden las trampas del olvido. Entonces me tomo una cucharada de soledad para aflojar las flemas del alma y continuar soñando.

Carolina 

No llegó por su cuenta, la trajeron los rumores. Que hablaba de mí a la menor provocación, que decía esta cosa y la otra, que le brillaban los ojos. Después la acercaron los consejos: que la busque, que le hable, que no la deje perder.

Miraba su perfil en facebook intentando acordarme de ella. Una foto me llevó a una tarde en la que se sentó a mi lado. Recordé sus ojos grandes, hermosos. Parecía que muchas cosas podían caber en ellos. Quizás una montaña. Acaso una ciudad pequeña. Sin embargo esa tarde sólo cabían mis ojos mientras me contaba un pedacito de su vida.

Después nos veíamos dos veces al año: la primera semana de febrero y la tercera de junio. Tomábamos café, hablábamos y luego regresábamos a nuestras existencias con un rumor de centellas en el cuerpo.

Entre un encuentro y el siguiente chateábamos o nos enviábamos correos. Algunas veces la llamaba para anular los ciento treinta kilómetros que nos separaban.

El primer semestre del 2013 tuvimos la oportunidad de vernos durante varios días. Algunas veces solos, otras con su hija. Caminábamos por calles empinadas o nos quedábamos en parques en los que parecía que convergían todos los vientos del planeta. Hablábamos, reíamos, nos mirábamos a los ojos.

No sé si fue la separación con Marjorie o los encuentros quienes me condujeron a un amor sin futuro, como la mayoría de los amores que he tenido. Carolina desapareció poco después de que intentara asediarla. En ese momento conocí y padecí una voluntad de hierro y un silencio denso, impenetrable, que parecía hablar en su indiferencia.

Al final de un semestre de molestarla con el cuento de estar enamorado, regresé a los cauces de la amistad.

Algunas veces chateamos. Eventualmente le escribo correos. De vez en cuando la llamo. Ella responde con frases cortas y sonrisas profundas. Estudia, construye su futuro, a veces se desorienta y otras tantas veces, se enamora. Como todas las mujeres de su edad. Como todas las mujeres de cualquier edad.

Luego la olvido por meses. Duerme entre obligaciones hasta que una ráfaga de viento la trae a mi memoria: atravesamos la Plaza de Bolívar de Tunja. Algo le digo. Ella sonríe con los ojos. Yo sonrío con el cuerpo. Me detengo por unos segundos para verla avanzar en el atardecer que quiere hacerse noche.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

[Leer columna]

Artículos relacionados

Albert Camus, siempre presente
Albert Camus, siempre presente
Sus enemigos creyeron condenarlo como un filósofo para estudiantes de bachillerato. Y...
La aventura política de 'El doctor Zhivago'
La aventura política de 'El doctor Zhivago'
Un ensayo de Iván Tolstoi recoge las maniobras para la publicación en occidente de la...
Peces
Peces
Aló. Aló, ¿Liz? ¿Juan G? Por favor, no cuelgues. Discúlpame por romper la...
La mujer en la literatura del Cesar
La mujer en la literatura del Cesar
Melfi Campo Torres, licenciada en Lenguas Modernas y especialista en Literatura del...
La reina del silencio, de Marie Nimier
La reina del silencio, de Marie Nimier
Hace poco más de un año, escribí sobre El Africano (2003) de Le Clézio, Premio Nobel...
.::Los amantes de Suzie Bloom - Andrés Caicedo::.
.::Documental - La Piqueria::.