Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

La construcción de un buen orador requiere tiempo y dedicación. Si es cierto que nada surge al azar, mucho más en las artes que requieren de práctica para llegar a su dominio.

En pintura, escultura, literatura, como en cualquiera de las actividades humanas, se precisa de trabajo constante, no sólo la inspiración del momento o el talento que permite arriesgarse a hacer algo.

Julio César, conocido como militar y político especialmente, dedicó casi dos años de si vida a formarse como orador. Para ello no dudó en trasladarse a Rodas para formarse con uno de los mejores maestros de su tiempo. Sabía bien el poder del arte de hablar en público. 

Un orador debe dominar varias artes que en su conjunto dan lugar al discurso completo. No se trata solo de hablar, sino también de escribir y de interpretar, fundamentalmente. El cuidado de la escritura va parejo a la palabra, porque sólo, según dijera Quintiliano, quien escribe mucho es capaz de hablar bien. Por eso parece preciso empezar por enseñar a escribir cuando se trata de formar a un orador.

Entre las condiciones esenciales del orador destacan tres: la capacidad de estructuración lógica de los discursos, su realización literaria y la ejecución mediante la palabra y la actuación que debe acompañarla. Los tres forman un conjunto orgánico que no se debe descuidar en ningún momento, porque el mismo discurso se comporta como un todo organizado que requiere operaciones provenientes de las condiciones antes enumeradas.

La capacidad de organización lógica, de estructuración de la información, de manera que sea capaz de hacer ver con claridad el tema, los puntos esenciales de los que habla, supone un paso previo y no siempre atendido en los manuales de retórica, ni siquiera en los aprendizajes conducentes a las diversas titulaciones. Parece algo dado por supuesto y que, sin embargo, se adquiere con trabajo y esfuerzo. La capacidad lógica de pensar ordenadamente y de explicar eso de manera que el público que escucha lo reciba con atención y lo comprenda fácilmente.

Un discurso, ya sea de dos minutos o de una hora, requiere una planificación que se estructura de manera diversa según sus objetivos y auditorios, pero que siempre estará guiada por el afán de claridad. Al fin y al cabo, lo que interesa al orador es que el público entienda perfectamente lo que dice. Incluso aunque no se pueda recordar todo lo que se ha dicho, la estructura de la elocución, si es clara y bien trabada, tendrá un efecto mayor y más duradero en el recuerdo de los oyentes.

La segunda cualidad del orador se centra en su capacidad para poner por escrito lo que va a decir. Aunque resulte sorprendente, salvo las improvisaciones, los discursos siempre se escriben, e incluso aquellas conviene que sigan una estructura pergeñada con anterioridad. En el acto de escribir se fijan tanto las cualidades lógicas como las literarias, por eso es de tan capital importancia.

Durante mucho tiempo se ha identificado retórica con un decir vano y hueco, inflado y pomposo, que sólo valía para quedar bien o dárselas de listo. Sin embargo, nos dirigimos constantemente a otras personas para conseguir algo de ellos, desde información hasta aprecio o simplemente que nos escuchen. De manera profesional es constante el intercambio de palabras e información, por lo que hay que procurar la mayor efectividad.

La cualidad literaria del discurso no se refiere solo a los adornos o figuras que se le incluyan, sino a una forma expresiva clara y elegante. Esto hay que procurarlo en todo momento, adaptándose a las circunstancias, más sobrio en un informe de empresa, más adornado en una conferencia que trate de temas artísticos, por ejemplo.

La última de las características que hemos mencionado tiene que ver con la capacidad de ejecución del discurso, de actuación. Ciertamente que el orador no es un actor, incluso los actores metidos a oradores tienden a la sobreactuación, pero sí es cierto que el orador ha de poner en escena su discurso, no solo decirlo. Nada hay más aburrido que una conferencia en tono monótono y sin apenas referencias visuales. La voz, los gestos, hasta la ropa son instrumentos expresivos.

La elocución ha de acompañarse con una correcta expresión de cara, manos y cuerpo, de presencia en el estrado desde donde se hable. Cuando escuchamos a alguien, estamos pendientes de su rostro, de sus labios y expresión facial, también de sus manos y en general de todo su cuerpo. Incluso está comprobado que nos fiamos más del llamado lenguaje no verbal que de las meras palabras.

 

José Manuel García González 

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