Domingo, 26 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

Confieso que amo los gatos, sólo he tenido uno, fue hace muchos años, cuando estaba en la universidad, desafortunadamente tuve que regalarlo muy pronto porque la hermana con la que compartía apartamento no lo soportaba.

Mi admiración por ellos nunca se ha esfumado, me parecen enigmáticos y envidio la independencia de la que hacen gala; tal vez por eso en mi poesía siempre hay un gato que se pasea orondo, haciendo alarde de la leyenda que dice que son eternos y que nunca mueren, o al menos que tienen siete vidas.

Y ese sentimiento de complicidad lo he encontrado en dos libros maravillosos: Kafka en la orilla de Haruki Murakami y La gata gatona de Nicolas Bayle; este último es un hermoso poema infantil. Pero también veo que El gato que venía del cielo tendría antecedentes en un hermoso cuento de la tradición oral japonesa, La historia de Himelia, que narra cómo una pequeña niña es encontrada dentro de un bambú cuando un viejo leñador está aserrándolo.

El leñador y su mujer nunca tuvieron hijos, así que la llegada de la niña, que se llamará Himelia, viene a llenar el vacío de ese anhelo. Más tarde, cuando Himelia tiene 15 años, ella les cuenta que en realidad es una ninfa que viene del cielo y que es allí donde debe retornar en una noche de luna llena. Y al igual que la pareja de escritores, a la que el gato Chibi le ha cambiado la vida, Himelia transforma la vida del viejo matrimonio. Y por supuesto que no olvido al gato memorable que aparecía de cuando en cuando en la casa de verano de Cortazar y al que él llamaba Teodoro Adorno.

Pues bien, si hablo ahora de gatos es porque acabo de leer una historia sobre uno de ellos; me refiero « Al gato que venía del cielo », de Takashi Hiraide, (Japón, 1950). No sólo es un libro muy poético sino que no dudo en decir que se trata de una pequeña joya literaria, de esas que están destinadas a convertirse en clásicos de la literatura universal.

El gato que vino del cielo es una nouvelle de tan solo 131 páginas, y es la primera obra narrativa de Hiraide, quien antes de su publicación ya era bastante reconocido en su país, no como narrador sino como poeta. Este libro pasó desapercibido por las editoriales y por los críticos; no así por los libreros que lo sacaron del ostracismo y le dieron el lustre que merece. De la noche a la mañana Hiraide se convirtió en un autor de culto y su pequeña novela fue traducida a varios idiomas; desde entonces no ha dejado de vender su obra, e incluso ganó el prestigioso premio Kiyama Shohei Award. Pero quizás su principal presea literaria sea el caluroso elogio que recibió del Nobel de literatura Kenzaburo Oé.

El gato que vino del cielo es, aparentemente, una obra sencilla, sin mayores tramas y en gran parte autobiográfica; no obstante, pienso que si el lector se queda con esa idea en realidad no ha entendido la profunda reflexión que está escondida en sus breves páginas.

La historia es sobre una joven pareja de escritores y correctores de estilo que se traslada a los suburbios de Tokio, a una casa con un enorme jardín que ha ido quedando a la deriva; Chibi, el gato, es su visitante asiduo y poco a poco se convierte en el centro de la relación; como si en cierta forma fuese el hijo que el matrimonio nunca quiso tener.

Detrás de este encuentro furtivo, Hiraide nos cuenta la burbuja inmobiliaria que hubo en Japón a finales del siglo pasado y la dificultad que se tiene para no sucumbir a las enormes distancias entre el lugar de trabajo y la vivienda.

En realidad El gato que vino del cielo es una metáfora de la soledad y de la búsqueda que todos los seres vivos tenemos para lograr la interaccion humana.

Incluso el jardín se convierte en un protagonista de la obra; los árboles, los insectos, o los pájaros, que lo habitan, son una presencia que nos recuerda que los seres humanos no estamos solos en este planeta y que compartimos nuestras existencias con esas otras vidas a las que a veces no conferimos el interés que merecen.

En una entrevista leí que Hiraide decía que una parte de la descripción del jardín podía ser desesperante para un lector occidental; pero la verdad es que yo no sentí esa sensación; por el contrario, leí cada capítulo como si bebiese el néctar más refinado; también es verdad que soy una asidua lectora de la literatura japonesa, así que a lo mejor algo he aprendido de su estilo, sin que llegue nunca a cansarme.

El gato que vino del cielo, es también una lección, o más bien una crítica, al exceso de individualismo que nos acecha hoy en día y que impide que establezcamos relaciones con las personas que nos rodean. El gato que aparece en la vida de la joven pareja de escritores en realidad ha sido adoptado por una familia vecina. Podríamos decir que el amor que las dos familias le tienen las convierte en rivales. Chibi es el centro de sus intereses, pero también puede ser la caída al vacío, la presencia éterea de la soledad, o el fracaso que afrontamos cuando somos incapaces de comunicarnos con nuestros congéneres.

El gato también se erige como un pequeña divinidad que le permite a la pareja que visita conocerse a sí misma. En su vida hay un antes y un después ; y ese instante efímero, que puede ser un día, o una semana, o dos o tres años, está marcado por la llegada del pequeño felino. Es gracias a él que la pareja que lo acoge es capaz de profundizar en sus sentimientos y anhelos más profundos y más recónditos; como si su presencia fuese una senda sagrada a recorrer para lograr una verdadera trascendencia en la vida discreta y silenciosa que lleva.

Por otra parte, la desaparición de Chibi marca la muerte del dueño de la casa y la desaparición de todo un mundo; como si Chibi y el anciano se llevaran consigo antiguos arcanos escondidos en un cofre cuya llave han escondido.

 

Berta Lucía Estrada

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