Lunes, 19 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

En los últimos artículos publicados en la columna contrapunteo cultural, hacíamos alusión a la imposición de los valores y la ética del mercado -que no dudábamos en calificar como “falta de ética”, al primar los beneficios y los intereses personales o de determinadas corporaciones, sobre los de la comunidad-. De la misma forma, nos referíamos a sus efectos en la esfera política, trayendo como consecuencia la corrupción y la crisis de la propia democracia.

La maquiavélica sentencia de “el fin justifica los medios” tiene su correlato en una orientación de la ética llamada consecuencialismo, la cual sostiene que la moralidad de una acción depende sólo de sus consecuencias. La búsqueda del beneficio individual al precio y con el coste social que fuere, tiene que ver con este consecuencialismo, el cual puede ser de tres tipos.

Mientras el Altruismo moral señala que una buena acción es aquella que produce el bien de los demás, sin considerar al agente o causante de la acción, el Utilitarismo considera que una acción es moralmente correcta si predominan los resultados favorables sobre los indeseables para todos. Por tanto, la mejor acción posible es aquella que produce el mayor bien para el mayor número de personas. Frente a ambas, se levanta el llamado Egoísmo Moral, según el cual, una acción es moralmente correcta si produce consecuencias positivas para el agente.

Ese Utilitarismo, pero sobre todo el Egoísmo Moral, se corresponderían con la ética de los mercados -la ética del capitalismo salvaje- que impone un modelo económico y social donde poco importa la existencia de grandes masas de población que sobreviven por debajo de  los límites de la pobreza.

En nuestro artículo publicado por PanoramaCultural.com.co, titulado Crisis, Dependencia e Identidad, planteábamos que “el subdesarrollo no es ni una etapa ni un proceso gradual hacia el desarrollo, sino una condición en sí misma necesaria para el mantenimiento del sistema”. De esta manera, según decíamos,  las naciones pobres proveen a las naciones ricas de sus recursos naturales, su mano de obra barata y un destino ideal para la tecnología obsoleta, situaciones sin las cuales estas últimas naciones no podrían mantener el nivel de vida al que están acostumbrados.

Esta afirmación, válida en la esfera global, lo es también en el interior de los estados-nación: los grupos sociales menos favorecidos, proveen a los mejor posicionados de mano de obra barata, son consumidores de productos de baja calidad -”comida basura”, “productos culturales basura”- y un largo etc. Por ello se busca perpetuar esta situación de dependencia en todas las esferas, no estando  excluidas la cultural y la educativa 

¿Cómo se manifiesta esta ética de los mercados en estos dos últimos ámbitos?  En nuestro artículo titulado Reflexión sobre Cultura, Globalización e Identidad , planteábamos cómo “la cultura masiva es utilizada para promover los valores del mercado y la ideología neoliberal que lo sustenta, pues los bienes y productos culturales producidos por aquella, son bienes de consumo que finalmente se convierten en medios para reproducir las diferencias”. La moda, que se manifiesta tanto en el vestir como en la música, el cine o la literatura, es el garante del mantenimiento del sistema.

Por su parte, la introducción de las reglas de mercado en educación, traerá como consecuencia el creciente apoyo a la iniciativa privada en detrimento de lo público y unos currículos que favorezcan la segregación y perpetúen y agranden las diferencias sociales existentes. Se trata de potenciar lo que Pierre Bordieu (Contrafuegos, 1988) denomina noedarwirnismo social, donde sólo los mejores, o los mejor posicionados, son los que triunfan. Como mantiene el autor, la inteligencia está repartida por igual entre toda la sociedad; entonces las desigualdades de inteligencia no son otra cosa que una manifestación de desigualdades sociales; desigualdad, por ejemplo, para acceder a una educación de calidad. Para perpetuar esa desigualdad, es necesario atacar a la institución que ha sido garante del derecho a la educación de calidad para la totalidad de la población. Estamos hablando de la enseñanza pública.

Como dice Jurjo Torres (Mercado y Escuela, 2014), “la fusión de la mentalidad conservadora con la neoliberal produce ataques a la enseñanza pública desde diversos frentes. (…) El objetivo último es adiestrar a consumidores no críticos antes que educar a personas imaginativas e inconformistas”.

En España, la puesta en marcha por el gobierno conservador del Partido Popular en el 2013, de la denominada Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa -conocida por sus siglas, LOMCE- es un ejemplo de este adiestramiento. La educación artística, ha perdido un importante número de horas lectivas en favor de otras asignaturas como la religión. Igual destino han seguido las ciencias sociales y humanas, al ser materias que vienen asociadas al desarrollo de la reflexión crítica.

Tal como están orientadas en la escuela, y normativizadas en el currículum prescrito, la enseñanza de materias del ámbito científico tecnológico favorecen el pensamiento convergente; mientras las ciencias sociales y humanas, así como la educación artística, favorece el pensamiento divergente. Si el objetivo es crear, no una población crítica, sino una masa de consumidores fácilmente manejable; si se trata de segregar desde los primeros niveles educativos, reservando el acceso a la educación superior -de donde saldrán los encargados ocupar cargos de responsabilidad y dirigir los destinos políticos y económicos del país-, las políticas educativas neoliberales manifiestan su coherencia. Coherencia con los valores del mercado y con los planteamientos éticos que se desprende de los mismos, donde el altruismo moral es totalmente ajeno, como ajenas son las ciencias sociales y humanas así como las enseñanzas artísticas en las reformas educativas emprendidas desde esta óptica.

El mensaje que se lanza continuamente desde los medios es que las reformas neoliberales que están dinamitando el estado del bienestar en Europa, o lo poco que queda del mismo en Latinoamérica, siempre se presenta bajo el mismo argumento: lo mejor para la mayoría de la población; es decir el utilitarismo moral, que -mediante encuestas y porcentajes adecuadamente cocinados- desprecia el sufrimiento de lo que se presenta como minorías, que en realidad y en buena parte de los casos, suponen la mayor parte de la población.

 

Dr. Antonio Ureña García

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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