Viernes, 26 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Parranda Vallenata con la participación de Alfonso López Michelsen / Foto: Señal Colombia

“El de las carcajadas era el viejo Poncho Cotes, riéndose de un cuento que contaba Andrés Becerra y que decía poesías toda la noche. Hablaban de amores y de penas” [i]. El verso de Poncho Cotes Maya alude a cuentos que hacían reír, de poesía, evocaciones de amores, nostalgias provocadas por las penas; pero sobretodo habla a la amistad y cofradía; todos estos, elementos constitutivos imprescindibles en una parranda vallenata.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la palabra Parranda como “Cuadrilla de músicos o aficionados que salen de noche tocando instrumentos de música o cantando para divertirse”[ii]. Y sí, pasar un rato agradable es un objetivo lógico; no obstante, al trasladar este término a la comarca del vallenato, sus connotaciones toman otras dimensiones que trascienden el entretenimiento y se instala en regiones del espíritu, en aquello que sólo puede entenderse, digerirse, leerse, sentirse, en los territorios del alma.

El primer elemento fundamental de la parranda tradicional es la amistad”, instruye Rosendo Romero Ospino [iii], quien afirma que “se parrandea por amistad. Puede que la persona no hubiere sido parrandera ni le gustara el trago, pero si era amigo”. En la ubicación de la amistad en el primer puesto de los elementos constitutivos, imprescindibles de una parranda, coincide con Adrián Villamizar Zapata [iv], quien enfatiza en que: “Una parranda tiene que hacerse con amigos; porque la parranda es un momento para cargar baterías anímicas. Tú no puedes cargar esa baterías con desconocidos”. Y se suma el concepto de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata [v]: “La parranda vallenata que es, fundamentalmente, un rito de amistad”.

Se entiende entonces, por ser la parranda un ritual de amistad, su moderación en cuanto al número de personas, tal como lo afirmó alguna vez Emiliano Zuleta Díaz [vi]: “Si son más de 20 personas, ya no es parranda sino concierto”. Y se entiende también por qué cuando los amigos se integraban en una parranda no tenían cabila los límites de tiempo: “En una parranda se detiene el tiempo y el espacio. Es como si el exterior no existiera. Eso es muy emocionante”, Poncho Zuleta Díaz [vii].

A la amistad se suma el amor; amor a la música. “El gusto que el hombre le da a reunirse para escuchar una canción nueva, un acordeón bien ‘tocao’ o una guitarra bien pulsada. Eso va acompañado de ese amor a la música nuestra”, expresa Rosendo Romero. Amor a esa música, que se constituye en “el vaso comunicante entre los amigos”, como lo define Adrián Villamizar.

En su obra Cultura Vallenata, Origen, Teoría y Pruebas, Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa[viii], expresa que “la parranda es, en este caso, y más que otra cosa, un homenaje a la música; el acordeonero, el guacharaquero y el cajero lo entienden así, por eso en aquel momento le imprimen reverencia y máxima consagración a su oficio”. Cuentan los testimonios sobre respeto por la música, de reverencia para la obra que interpreta el autor.

Los relatos orales alrededor de la música vallenata tradicional dan cuenta de memorables parrandas que tenían lugar en patios amplios, a la sombra de frondosos árboles, en fincas, a lado de ríos, en fin, en entornos muy naturales, aunque podían darse bajo techo. Gutiérrez Hinojosa se refiere a la parranda como un grupo de amigos “reunidos por lo general bajo la sombra de un frondoso árbol en el patio de una casa, o en ocasiones en el interior de la misma, cuando llena ciertas condiciones de espacio para divertirse al ritmo de la música típica, intercalada con otras joyas del folclor como chistes, anécdotas, relatos, etcétera”.

“Para que una parranda sea memorable o tenga acogida o se pueda repetir, se requiere que quienes la interpretan tengan el don de saber tocarla. Si hablamos de los intérpretes de la parranda tradicional como Emiliano Zuleta, Toño Salas, Lorenzo Morales, Leandro Díaz; ellos no solamente tocaban la parranda sino que además la animaban con chistes y, como parte integral de la misma interpretación, casi siempre explicaban por qué habían compuesto tal canción. La contextualizaban. De ahí vienen que muchos compositores que siguieron el legado hagan lo mismo. Eso de contar la historia de la canción es un elemento de la parranda”, añade Rosendo Romero, quien también referencia parrandas de las galleras y aquellas que se daban ‘por asalto’, cuando un grupo de amigos llegaba a media madrugada a la casa de otro y éste abría puertas y ventanas y empezaba todo.

No deja de notarse la nostalgia en la expresión de quienes alcanzaron a vivir las que llaman auténticas parrandas y que se duelen porque éstas “son un hecho ya perdido”. Andrés ‘El Turco’ Gil [ix] recuerda que en su niñez en el barrio San Luis de Villanueva, en La Guajira, “llevaban personajes como Escalona, Buitrago (Guillermo), con el viejo Emiliano (Emiliano Zuleta Baquero); era muy bonito, aunque estábamos muy niños, veíamos esa integración de amigos, departían de una manera muy amena y uno veía eso”, pero hoy expresa que de esas parrandas “ya queda muy poco. Diría yo que la misma tecnología ha dañado la parranda porque ahora nadie está pendiente de quien está tocando un acordeón, quien canta, un mensaje de una letra, sino que cada quien está concentrado en su celular, conversando por whatsaap, o watsaapeando como hablamos nosotros, o si no está hablado. A mí me ha tocado casos, aunque no tomo un trago, pero he estado en sitios y digo van a hablar o espero para presentarles a los niños”.

Le sucedió a Gustavo Gutiérrez Cabello -‘El Flaco de Oro’ [x]: “Fue un primero de enero. Yo venía caminando del Club Valledupar, caminé por todo el Cañaguate y pasé por la casa de Petra Arias y recordé las parrandas inolvidables que hacíamos ahí y me dio un guayabo (Otro sitio de parranda que referencia es el Café la bolsa). Cuando llegué a la casa apunté ‘Parrandas Inolvidables’, yo apuntaba los nombres, y después desarrollé la canción”… “Allá por el Cañaguate, pedacito de mi Valle, la noche durmió su encanto en acordeón por toda la calle. Parrandas inolvidables se fueron, callecita tan lejana y ahora es tocadisco y ya no se oyen más los sones con sus detalles; casitas blancas de palma, ¡qué dolor! murió la alegría en el Valle”. Las parrandas eran eso: Alegría, espacios de nutrición para el alma, de camaradería y aquello que sólo es posible en un ambiente construido entre amigos. Para él. Esos amigos eran entrañables.

“Antes no había celulares; se recogía a los amigos en carro. Improvisábamos: Estábamos en la plaza con Jaime Molina, Andrés Becerra y decía uno: “vamos a tomarnos unos traguitos” y de ahí salíamos en el carro a buscar el acordeón, la guitarra; y se iba recogiendo a los amigos en el camino: Darío Pavajeao, ‘El Turco’, Lácides Daza… Había distintas barras de parranda, no siempre era con los mismos. Eso salía, era espontaneo, no era necesario que fuera cumpleaños, ni fiestas; se buscaba unas gallinas, se hacía un guiso, un sancocho; Andrés Becerra echaba cuentos, Jaime Molina declamaba…”, evoca.

Hay dolor cuando rememoran amistades del ayer, que así como las auténticas parradas ya no están: “La amistad hoy es poquita. Las de antes eran amistades muy puras, muy sinceras. Ahora la gente se ha distanciado, por compromisos, la verdad que se ha perdido esa esencia de las parrandas. Uno no más con llegar y ver esos amigos reunidos, uno se sentía feliz, alimentaba el alma”, expresa ‘El Turco’ Gil. Y duele aún más cuando ven que eso que eran rituales sagrados a la amistad, a algo del alma y el corazón, hoy ha sido colonizado por el comercio, al punto de encontrar ofertas de parrandas vallenatas en sitios de venta por Internet, a 140 mil pesos, que pueden comprarse por catálogo, tan fácil como un juego de sala, un nevera o un carro.

Las parradas se acaban, afirma Adrián Villamizar y lo sustenta en las transformaciones en las formas de relación de los sujetos: “Los mecanismos que sirvieron para establecer nexos vinculación entre los individuos de tu región, la mía, las otras regiones del país y muy especialmente en ese encuentro cultural de casi 300 años que fue el terreno entre la Sierra Nevada, del Perijá y los Montes de Oca. Esa comarca estableció una forma de vincularse una persona con la otra de tal manera que la gente no fue uña y mugre sino cuero y carne”.

Añade que “fueron formas de amar al prójimo tan intensamente, desde el punto de vista de la cofradía, la madamera de gallo, la camaradería, la complicidad… Fueron ese grupo de personas que podemos geográficamente empezar con Beltrán Orozco en Manaure y terminamos con Chico Daza en Villanueva; pero en ese trascurso, hay un grupo de personas: Escalona, Andrés Becerra, Toño Salas, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Poncho Cotes, Jaime Molina, que fueron ese ‘Archie y sus amigos’; lo que el grupo de la cueva a García Márquez; el uno no podía ser sin el otro, eran complemento del otro, ese grupo que armó esa forma de vivir, esa forma existencialista de entender la vida, que ni la familia era tan importante como su grupo, que se reunieron en La Jagua, en El Plan…”.

Y precisa que “esa forma de establecerse en relación, ya no existe, porque los únicos lugares donde pueden existir esas formaciones son en las barriadas pobres o en los pueblos, pero es tan frágil el equilibrio social, que muchos de los que están surgiendo, migran buscando posibilidades porque ya hay carreteras, hay avión, internet; la gente se va buscando vida. Antes no tenían pa’ donde coger. Era acostumbrase a vivir la vida que les tocó vivir y cada quien a forjar una identidad, por eso los personajes no se movían por décadas, y en la esquina siempre encontrabas el mismo sujeto”.

Esas formas de establecer lazos de hermandad, ya no existen, como tampoco existen las parrandas en su forma original, con sus elementos constitutivos, que incluían incluso a los gorreros y el llanto que tomaba parte cuando la nostalgia por evocaciones de momentos o amigos idos sacudía los sentimientos y halaba del corazón lágrimas y lamentos. Queda entonces evocarlas, rendirle homenaje a esas formas de amar, relacionarse y vincularse a través de la música, intentar en lo posible leer el mensaje tácito que dejaron los grandes parranderos y honrar su memoria, mediante la reconstrucción, fortalecimiento o creación de lazos de amistad que puedan alimentarse con una parranda.              

“Y cuenta la gente que son espantos y que son almas que habitan en la sabana, que son felices en sus encantos y que mantienen la alegría en la montaña. Dicen que los versos son los versos de Emiliano, dicen que nos cantos son los cantos de Escalona y dicen que después que cantan lloran, como si un amigo se ha alejado”

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

 

Referencias:


[i] Canción Almas Felices, de la autoría de Alfonso ‘Poncho’ Cotes Maya, grabada en 1995 por el cantante Iván Villazón con el acordeón de Franco Argüelles, en su producción ‘Sin Límites’.

[iii] Compositor de música vallenata, conocido como El Poeta de Villanueva, perteneciente a la dinastía Romero, compuesta por acordeoneros en su mayoría. Además de ser uno de los más reconocidos compositores de música vallenata, Rosendo Romero Ospino canta y toca el acordeón; es escritor, investigador y conferencista del tema cultural regional. Nació en el barrio El Cafetal, en Villanueva La Guajira, vecino del San Luis, los dos barrios de las dinastías musicales en Villanueva,  escenarios de parrandas inolvidables.

[iv] Compositor vallenato, médico de profesión, guardián de la heredad de los grandes trovadores del folclor vallenato, guionista de la serie documental Placeres Tengo. Adrián Villamizar Zapata es gestor de la declaratoria de la música vallenata tradicional como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Nación y de la Humanidad, en medida de salvaguardia urgente.

[v] Entidad que organiza el Festival de la Leyenda Vallenata, la más grande fiesta de acordeones, versos y poesía de este folclor que existe en el mundo.

[vi] Acordeonero y compositor de la muisca vallenata, perteneciente a la Dinastía Zuleta, hijo del gran juglar Emiliano Zuleta Baquero y hermano de Poncho Zuleta, con quien conformó la legendaria agrupación Los Hermanos Zuleta, este año homenajeados en el Festival de la Leyenda Vallenata.

[vii] Cantante de música vallenata, perteneciente a la Dinastía Zuleta, hijo del gran juglar Emiliano Zuleta Baquero y hermano de Emilianito Zuleta, con quien conformó la legendaria agrupación Los Hermanos Zuleta, este año homenajeados en el Festival de la Leyenda Vallenata

[viii] Abogado, compositor, investigador, ambientalista, fundador de la reserva natural Ecoparque Los Besotes, primera AICA de Colombia.

[ix] Acordeonero Villanuevero, nacido en el barrio San Luis, vecino y amigo de grandes músicos de hoy como Emiliano Zuleta, Beto Murgas, la dinastía Romero y Cuadrado; fundador de la Academia de Música Los Niños Vallenatos de ‘El Tuco’ Gil.

[x] Compositor de la música vallenata destacado por su romanticismo y evocación de los hechos vividos, por ser precursor de un nuevo estilo lírico a la hora de componer; rey de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata, de cuya junta directiva hecho parte siempre. Dueño de numerosos reconocimientos, entre los que se cuenta que es Gloria Nacional del Folclor.

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