Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

A aquel ser maravilloso que conociera un día. O mejor: que se dejó conocer. A pesar que siempre he estado rodeado de él, no le había dado la importancia que merece hasta que realmente lo conocí. A ese ser hoy deseo darle las gracias.

Parece mentira que ignoraba todo de él, de tal modo que tuve que preguntarle quién era. Me imagino que él fue el primero en extrañarse porque  nos tropezamos por ahí a cada rato.

Me respondió con frases cargadas de adivinanzas, poesía, metáforas, paradojas e hipérboles, todas hermosas. Hoy siento que lo quiero, lo admiro y lo respeto más:

“Sii alguien como tú va donde estoy, le brindo cariño, de mi mejor comida y agua del mejor manantial. De la orilla del camino a mi morada hay un sendero sembrado de esperanzas, de alegría, de confianza y siempre estoy silbando la misma canción, la canción del valor. Soy quien da de comer a mucha gente, soy quien rompe el silencio de la mañana cuando enciendo el fogón de leña y aparece de la nada la llama ardiente que se lleva los últimos suspiros de la noche. Soy quien lleva en los bolsillos una sonrisa, un consejo, un camino. Para mí -continuó diciéndome-, siempre es primavera, siempre es luna llena, siempre es el mes de mayo, siempre es lunes y nunca es domingo.

De repente su rostro se  ensombreció. A veces me pregunto por qué los del pueblo nos maltratan de palabras y de gestos, si nosotros le brindamos todo lo contrario. Somos amigos, somos hermanos, somos seres que heredamos lo bueno y lo bello de nuestros padres. La tierra es nuestra razón de existir. Tener un patio empedrado de aves de corral, un jardín lleno de flores sin marchitar y ese inolvidable olor de las flores de azahar es lo que nos acompaña en cada salida de sol.

Las veces que me he caído es para levantarme con más ímpetu, ese mismo que tiene la naturaleza y que nos regala de a poquito si llegamos a conocer sus entrañas. En ocasiones ella habla, ya no ríe como antes, más bien llora. Soy el que en el camino brinda agua al sediento y hasta el burro al que está cansado. Le muestro el camino al perdido y le devuelvo lo suyo al vecino.

¿Quieres saber quién soy? -Me preguntó-. Soy Rey. Soy el rey de un pedazo de suelo sembrado en Colombia y tengo mi Reina coronada además de mi cosecha lista para ofrecer, porque siempre vivo trabajando. Grito que soy el Rey de mi parcela porque es el único sitio que siento mío y lo llevo hasta en las uñas. Visto de pantalón sencillo, camisa mangas largas y abarcas y llevo en la mano el machete que me acompaña a limpiar la maleza de nuestras  almas. Hoy me he quitado el sombrero y no me siento cómodo sin él. Es nuestra identidad. Soy campesino luchador y laborioso como la herencia de tus padres. Como la herencia de los míos. Somos ricos en transparencia y humildad, en amistad y sinceridad. Soy Rey de mil castillos sin hacer, pero soy Rey, el dueño de cada amanecer… Hoy es un nuevo día, una nueva esperanza…”

Tiene toda la razón: es el monarca de un reino sin vasallos. Y tiene la facultad de ver brillar el sol en las noches y la luna brillando en los medio días. Es el papá de los amigos. La amistad para él es una religión. Y como él son millones los campesinos en Colombia que tienen el don de la lealtad a la madre tierra a quien veneran con pasión.

Buenos días,  don Miguel.

 

Fabio Fernando Meza

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Folclor y color
Fabio Fernando Meza

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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