Jueves, 27 de abr de 2017
Valledupar, Colombia.

Tanto que nos han hablado los lingüistas y los defensores de la “pureza” de la lengua, de los dichosos anglicismos y galicismos presentes en nuestro español, y sin embargo, ¡qué poco nos han hablado de los africanismos! No fueron sólo los indios de nuestras tierras los que dejaron su huella: hay palabras provenientes de las lenguas africanas de los esclavos, que venciendo todos los obstáculos de la aculturación lograron deslizarse en el español de Castilla y que, aunque parezca raro, subsisten en el lenguaje hablado y escrito de los colombianos.

Acaso no decimos: ¿”vi un chimpancé comiéndose un banano?” Pues sí, señor, tanto chimpancé como banano provienen de lenguas africanas: la primera, de una lengua bantú (ver diccionario de la Real Academia, 1984), y la segunda, de la voz banana, que en Lingala (Zaire) o en Wolof (Senegal) se expresa de la misma forma. ¿O qué tal esta frase: “La muchacha con las candongas se está comiendo un guineo muy biche”? Ahí no más, son tres los africanismos: candonga, guineo y biche. Y qué decir de “la burundanga que le dieron a ese tipo en medio del bororó” (en la Costa Pacífica) o “del bololó” (en la Costa Atlántica), las últimas relacionadas con una voz kikongo.

Es, sin embargo, cierto que las palabras de posible origen africano resultan mucho más frecuentes en el lenguaje oral de las dos costas colombianas, como las relacionadas con la música y los instrumentos musicales: la cumbia, la cumbiamba, el currulao, el cununo, la marimba, el guazá. No es nada sorprendente, dirían algunos, que un Pedro Balanta Carabalí, un Juan Orobio Lucumí, o una María Manyoma Venté, con nombres tan africanos como los de los nativos de África, los utilicen. Pero esto no quiere decir nada: a un bogotano, a un santandereano o a un nariñense se les puede sorprender diciendo palabras como guarapo, moniconqo, zambapalos o malanqa, estas también posibles productos importados del África Negra.

Hasta aquí, en cuanto al lenguaje hablado. 

Nuestros literatos igualmente han absorbido parte de esta cultura negra introducida en la lengua. Jorge Isaacs los utiliza bastante en su María: bamburé para describir los grandes sapos del Valle del Cauca, la catanga para poder pescar, la buena cachimba para fumar, y la marimba para tocar y bailar. Y en La marquesa de Yolombó de don Tomás Carrasquilla, nada mejor que congo para designar a un negro, congola como recipiente, guache para bailar con su sonido en la zandunqa, o los monicongos para embrujar cristianos, o el mandinga para hablamos del diablo.

Los poetas y los novelistas negros como Obeso, Martán Góngora, Artel, Truque, Zapata Olivella, son, por supuesto, una fuente inagotable de estos africanismos. Entre muchos otros, aparecen los zambis, el pescado cusumbi, la macuá o la mancúa, el biche que se toma como el aguardiente, el conqolo, el gongolí, el birimbí y el mongón.

Pero tal vez lo más sorprendente para todos aquellos neófitos en estos temas, es que nuestro Premio Nobel de literatura es también un asiduo usuario de los africanismos

El investigador y lingüista español Germán de Granda descubrió, por ejemplo, el origen bantú de la palabra Macondo “, estudios completados después por otro lingüista colombiano, Nicolás del Castillo Mathieu . Dice De Granda: “… makondo es fitónimo bantú que designa plátano y que connota, al mismo tiempo, numerosos valores mágico-religiosos”.

No sabemos todavía con certeza si García Márquez lo conocía o si fue simplemente un producto de la mera intuición. Yo colaboro con los anteriores trabajos, anotando que cuando Gastón, el marido de Amaranta Ursula, esperaba un aeroplano proveniente de Europa, resulta que la agencia marítima de Bruselas “lo había embarcado por error con destino a Tanganyka, donde se lo entregaron a la dispersa comunidad de los Makondos”: Como que algo sabía el escritor de esos orígenes negroafricanos de su Macondo con c.

Si uno continúa con atención detectando las palabras de posible fuente africana en la obra de García Márquez, encuentra que Macondo no es ni mucho menos la única. La cachimba, los monicongos y la malanga aparecen también, para no mencionar sino tres.

A algunos les sorprende esta presencia africana en nuestro idioma. Otros tienden inmediatamente a dudar y a refutarla, como un argentino no quiso aceptar que la palabra mucama, tan usada en las tierras rioplatenses, fuera un africanismo, pues según él “en Argentina no hubo negros”. 

Pero en Colombia sí los hay, y los llevamos unos por dentro y otros por fuera, en la magia, el baile, la música, la literatura, la lengua. Si no se les ve en la bemba, se les ve en los chécheres. Pero bueno, dejemos hasta aquí este guereguere con los africanismos, pues no hay motivo para armar la barabunda. O uno nunca sabe, puede que a algunos “puristas” y “racistas”, esto les produzca un dengue.

 

Conchita Penilla

  

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