Domingo, 26 de feb de 2017
Valledupar, Colombia.

Marcha en Venezuela / Foto: El Comercio

La situación de Venezuela es desesperada. Una crisis humanitaria sin precedentes convierte ese pueblo en un  rebaño mendicante cuya desventura trasciende con creces cualquier suposición o  informe emitido por los medios de comunicación. Colas que se pierden de vista conformadas por hombres y mujeres, donde no faltan los octogenarios o las madres gestantes, hierven  o chorrean  durante  ocho, diez o doce horas ante las puertas de los supermercados o los anaqueles de las droguerías con la esperanza de adquirir un kilo de harina o de azúcar o una bolsa de leche que hoy amaneció costando dos millones doscientos mil bolívares. Enfermos terminales se mueren en la calle, no hay droga para los hipertensos, para los diabéticos, para quienes necesitan diálisis. El arbitrario cierre de la frontera y el rechazo del gobierno a la ayuda internacional, incrementan este drama que adquirió niveles de monstruosidad inconcebibles.

Delira quien pregona que el mundo orbita en torno a la razón. Miente quien escinde la verdad política o religiosa entre fallidos y atinados, de acuerdo a su conveniencia. Se equivoca  quien pregona el acierto teórico de un fanatismo peor que la ignorancia.

El caso de Venezuela, destrozada moral y físicamente por las alucinaciones de un locuaz uniformado  y en nombre de peregrinos emblemas de justicia social, no tiene ni siquiera el asidero de la equivocación cometida de buena fe. Ahí se invirtió gravemente el orden  de la vida. Hugo Chávez representa el hombre ubicado de repente en el lugar equivocado. Llegó a Miraflores a la cabeza de una horda improvisada carente de elementales principios morales y de los conocimientos necesarios para el manejo decoroso de un país petrolero y desprevenido. En casi 16 años de estrepitoso chavismo, cayeron PDVSA y SIDOR, los dos polos industriales del país y la sociedad, férreamente polarizada por un discurso incendiario y procaz, se encontró, de  repente abocada a   la hambruna y a la muerte.   

Uno de los legados más lamentables de este régimen, es el engaño inferido al pueblo de abajo. Mediante arengas populistas y atizando justificados resentimientos, Chávez le prometió el cambio que lleva siglos de espera inútil. Y mientras tocaba el cuatro, zapateaba el corrido apureño o derramaba a gritos su ensalada retórica, hurtaba lo que nadie hasta entonces había osado tocar: el  oro reservado en las bóvedas del Banco Central de Venezuela.  

La tragedia que vive Venezuela es indescriptible. Ahí desaparecieron los conceptos políticos de izquierda y de derecha, la independencia de poderes, el crédito de inviolabilidad dado  a la soberanía territorial  y por consiguiente la idea de lo que significan la patria, sus símbolos, sus imaginarios, su realidad. Cubanos empoderados hasta la saciedad, copan  hospitales, ministerios, museos, oficinas y administran lo que por obvios requerimientos de inteligencia, deberían estar solo en manos de venezolanos.

El capítulo escrito por Hugo Chávez y sus hoy acaudalados familiares y seguidores, avergüenza. El pueblo, cuyo nombre sirvió de comodín para justificar sus tropelías y desquiciamientos, se muere sin dolientes. Y confirmo estas macabras aseveraciones con argumentos irrebatibles.  Una parienta política  que me era muy cercana, acaba de fallecer en Caracas por falta de los medicamentos necesarios para seguir viviendo.

¿Qué queda de esta comedia representada con lujo de utilería? Solo un largo lamento que nadie  escucha por desconocimiento o negligencia.  

 

Gloria Cepeda Vargas

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