Domingo, 23 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Marcellus Wallace (en la película Pulp Fiction)

Jules, un hombre negro de sesenta años, está sentado con los codos apoyados sobre el mesón de la cocina. En el suelo hay manchas de pisadas que llegan hasta la silla en la que él está sentado. Hay una pala recostada contra la pared y una caja de madera atiborrada de tierra, como si hubiera estado enterrada por años. Vibra el celular que está sobre el mesón. Jules lo toma y lo pone en su oreja.

—Voy para allá —dice después de escuchar en silencio.

Lanza el celular que rueda por el mesón. Se levanta. De la caja extrae un revólver Smith & Wesson 629 y veinte cartuchos. Pone seis en la recámara del revólver y, luego, lo introduce en la pretina del pantalón. Los otros cartuchos los guarda en el bolsillo de la chaqueta.

Entra al cuarto, abre los cajones del closet de los que saca ropa que introduce en una maleta deportiva. Se detiene en la ventana para observar las montañas que se esconde detrás de una estela de humo y polvo. Da dos pasos para quedar frente a un espejo de metro y medio de largo por setenta de ancho. Se contempla detenidamente: una cabeza lustrosa, sin un solo cabello, camisa negra, corbata a rayas que le llega hasta el cinturón, chaqueta y pantalón de paño.

Sale de la casa.

Conduce a toda velocidad por calles solitarias y polvorientas. Encuentra todos los semáforos en verde, como si fuera una señal que debe avanzar a toda velocidad. Minutos después ve una luz amarilla que cambia a roja en un segundo. Frena en seco haciendo chillar las llantas que levantan una polvareda que rodea el vehículo y luego sigue derecho hacia el cruce.

Contempla las calles, las personas caminando de un lado para otro, los mendigos arrastrando carros de mercado o maletas enormes. Años atrás esta fue su área de trabajo. En ella hizo respetar a Marcellus Wallace a fuerza de asesinar y torturar. Gracias a su labor, Marcellus se transformó en el amo y señor de este rincón de Los Ángeles.

—Marcellus, no habrías sido nadie sin la ayuda del gran Jules —dice en voz alta, como si se lo recriminara al mismísimo Marcellus.

Todo habría seguido por el mismo camino de no ser por aquella mañana en la que le presencia de Dios hizo que abandonara el camino del asesinato. Fueron con Vincent para ajusticiar a un grupo de muchachos que robaron a Marcellus. Cuando todo parecía controlado, del baño salió un joven con un revólver enorme, también Smith & Wesson, pero Magnum punto 500. Les apuntó y disparó seis veces. ¡Seis veces! Ni un raspón. Eso no podría ser más que una señal de Dios diciéndole que debería dejar el camino de muerte y destrucción.

Y así lo hizo.

Esa misma tarde un hombre le apuntó con un arma durante un asalto. Bien habría podido asesinarlo, como acostumbraba hacerlo. Pero no sólo no lo hizo, sino que le dio dos mil dólares y dejó que se fuera con su novia a algún lugar para meditar sobre sus actos. Horas después le dijo a Marcellus que renunciaba. Él no dijo nada. No podía hacerlo: eran hermanos de la calle y de la muerte. Marcellus sólo lo abrazó dándole golpes en la espalda, con esas despedidas sonoras que reemplazan las lágrimas y las explicaciones.

A partir de ese momento todo se fue a la mierda. A Vincent lo asesinó Butch Coolidge, un boxeador. Marcellus se separó de su esposa y permitió que las calles se llenaran de pequeños traficantes hasta que perdió su negocio. Una tarde, asediado por los rumores que lo asesinarían, se subió al carro y desapareció de Los Ángeles. Algunos dicen que se suicidó. Otros afirman que lo han visto trabajar de mesero en un restaurante en Detroit.

Pero esas son historias que quiere olvidar. Su vida tomó otro rumbo. Ahora es el pastor Winnfield, con una vida próspera al lado de Dayanne, una mujer de sonrisa fácil, veinte años menor y con curvas que desbarrancaría a cualquier hombre por las cunetas del pecado.

El semáforo cambia a verde. Acelera. Las ruedas lanzan un chillido agudo. Cinco minutos después llega a un bloque de cinco pisos. Se baja. Se abotona la chaqueta. Mira de reojo a un hombre que está sentado frente a la registradora de un bar. El hombre mueve sutilmente la cabeza. Jules levanta la mirada y contempla el tercer piso. Intenta sonreír, pero no puede. Carraspea. Cruza la calle llevando el maletín en la mano izquierda.

Sube lentamente las escaleras de madera. Los pasos son amortiguados por un tapete rojo. Llega al tercer piso, camina al fondo. Se detiene frente a la puerta del apartamento. No sabe qué hacer. Descarga suavemente el maletín en el piso. Toma aire. Se desabotona la chaqueta. Levanta la mano. La deja caer suavemente, como si se diera tiempo de pensar. La vuelve a levantar. Golpea con firmeza.

Silencio.

Golpea de nuevo.

Se escucha un rumor de voces que después callan.

Vuelve a golpear.

—¿Quién es? —grita un hombre desde adentro.

—Vengo de la lavandería —dice Jules.

—No llamé a ninguna lavandería.

—Tengo su dirección y su nombre… ¿Usted es Fredd Griffin?

—Sí, pero no pedí nada.

Silencio.

—Por favor, salga un segundo y arreglamos el problema —dice Jules.

—¡Váyase!

Jules patea la puerta que se abre violentamente. Toma la maleta y entra dando zancadas largas. En la cama está Dayanne acostada al lado de un hombre de treinta años.

—¿Con un blanco? ¿En serio? —grita Jules mirando a su esposa. —Por el amor de Dios. ¿En qué estabas pensando?

Fredd intenta salir de la cama, pero Jules saca el revólver y le apunta a la frente.

—¡Jules! —grita Dayanne.

Jules lanza la maleta sobre la cama al tiempo que dice:

—Dayanne, espero que tengas la decencia de desaparecer de la ciudad.

Ella intenta hablar, pero las palabras se atascan en su garganta. Empieza a llorar.

—En cuanto a ti, blanquito de mierda… —dice moviendo el martillo del revólver.

—¡Jules! —grita Dayanne.

—Fredd, ¿cierto? —dice Jules como si no hubiera escuchado el grito de su esposa.

—Sí.

—Fredd, ¿has leído la palabra de nuestro señor?

—No.

—Fíjate Dayanne con quién te acuestas: con un hombre que no cree en la palabra de nuestro señor.

Silencio.

—En ese caso no has leído a Ezequiel 25, 17 —continúa Jules.

—No.

—Dice el profeta: “el camino del hombre es recto y está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del Valle de la Oscuridad porque es el auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. Y les aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos, y tú sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi venganza sobre ti”

Le tiembla la mano a Jules. Carraspea. Baja el arma.

—Al comienzo no pensaba en lo que decía. Simplemente me parecía interesante decirle estas palabras a alguien que estaba a punto de morir. De morir porque yo lo asesinaría. Después, con los años, creía que distribuía la justicia de nuestro señor. Ya sabes: limpiar el planeta de prostitutas, ladrones o drogadictos. Porque ellos destruían a mis hermanos. Mis hermanos de raza, como Marcellus; o mis hermanos de trabajo, como Vincent. Que son los únicos hermanos que conocí en la vida... No sé si sabes que soy huérfano. Crecí en un orfanato; a los diez años me escapé para vivir en las calles. Allí conocí a Marcellus; gran hombre, —dice moviendo la mano derecha sin soltar el revólver y con el dedo en el gatillo. La izquierda continúa en la pretina del pantalón, con la chaqueta echada para atrás.

Jules guarda silencio como si se acordara de algo. Después continúa:

—El caso, Fredd, es que una mañana igual a esta, el señor me demostró que estaba equivocado. Por esa razón me hice pastor. Pero ahora descubro que en ese momento también estaba equivocado. Verte desnudo al lado de mi esposa hizo que algo en mi cabeza se iluminara —afirma golpeándose la sien con el cañón del revólver; —o quizás acá, en el corazón —se da un golpe suave en el pecho con el arma.

—Jules, por favor —susurra Dayanne.

—Hoy descubrí que mis hermanos no son los negros ni Marcellus o Vincent. Mis hermanos son la humanidad sin importar si hay en ella drogadictos, ladrones o blanquitos como tú. Todos ustedes son mis hermanos. Hermanos a los que les hice daño. Hermanos a quienes asesiné como si fueran cerdos. Por esa razón, como bien dijo el señor, caerá la venganza sobre mí —dice con el cañón del arma nuevamente en la sien.

Dispara. Una estela de sangre sale de su cabeza y golpea contra la ventana. Después se desploma como una marioneta a la que le cortan los hilos.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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