Lunes, 21 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Arriba (izqda) El edificio de Suárez. Abajo (derecha) Oswaldo Aguilar Mejía

Apenas había transcurrido un cuarto del siglo XIX. En las casas en la Jagua de Ibirico, como en la inmensa comarca, predominaban las construcciones de bahareque, con techo de paja y puertas de madera. Por eso el pueblo entero quedó absorto cuando vio llegar la cantidad de adobes con las que Milciades Castañez y Epigmenio González le dieron forma a la edificación, de propiedad de Reginaldo Suarez. Fue ese el comienzo de la transformación arquitectónica de ese pueblo del centro del Cesar.

Pasados muchos años, los adultos del pueblo, legatarios de las tradiciones, organizaban excursiones locales para llevar a sus hijos a la esquina de la calle quinta con carrera séptima para mostrarles ‘El Edificio de Suárez’, como aún es nombrado, y contarles la historia de cómo éste influyó en la evolución de las viviendas en ese lugar, en el que, por fortuna para la historia, los propietarios han honrado su significado y no han sucumbido ante los insistentes llamados de la modernidad; aunque –a gusto de los defensores de las tradiciones- ha faltado apropiación por parte de las autoridades para que le den a esta edificación el significado histórico que tiene, pues las excursiones cesaron y hoy la emblemática construcción es sólo una casa vieja.

‘El Edificio de Suárez’ es una de las 32 imágenes que conforman la exposición fotográfica llamada ‘La historia tiene una imagen’, una muestra del trabajo de recuperación de la memoria gráfica de La Jagua de Ibirico, realizado por el licenciado en ciencias sociales, investigador y escritor Oswaldo Aguilar Mejía, y que se expone en los pasillos de la Alcaldía de ese municipio.

Se trata de una colección de retratos de momentos, lugares y personajes que han sido trascendentales para esta población, como Dionisia Mendoza, una matrona nacida en 1912 en el corregimiento de Boquerón, cuya casa era una especie de clínica, donde albergaba a las futuras madres en la última etapa de su embarazo, para atenderlas en el momento del parto. Cuentan los relatos orales que llegaban mujeres de los rincones más lejanos del municipio para ponerse en manos de la altruista partera.

“Estamos exponiendo fotos que datan de la primera mitad del siglo pasado. Hay construcciones hechas  en 1930 en La Jagua de Ibirico”, explica Oswaldo Aguilar y añade que “lo que hemos querido con esta exposición ha sido a la gente del pueblo y los que tengan la oportunidad de venir a ver las fotografías, llevarlos a ese tiempo, que sepan que todavía podemos conservar la memoria y que esa es la esencia de los seres humanos”.

Para Aguilar Mejía “en los pueblos existen personajes culturales históricos, activos y pasivos, en este caso, más que la representación de un personaje cultural activo, hay imágenes que por su connotación en el tiempo recobran importancia, que -por ejemplo- por su longevidad se ganaron ese paso en la historia”, y cita casos como  el de Soledad de Ochoa, quien murió a los 104 años, pero que la imagen la muestra de 25; o Ricardo Ávila Aguilar, quien hace tres años murió de 104; personajes todos cuyos nombres son emblema para los jagüeros.

Oswaldo es un líder consumado, entregado a la construcción de la memoria y el fortalecimiento de la identidad no solo de su municipio, sino del Cesar entero, por donde se le ha visto permanentemente apadrinando procesos en favor de las organizaciones afrodescendientes en el departamento. 

Al preguntarle por sus motivaciones, responde: “Yo creo que es la pasión. Si nosotros le ponemos razón a la cultura, esta se cuadricula y vamos a perder la esencia de lo que es la forma de vida, esa esencia de ser y de hacer que nos ha identificado por siglos. Necesariamente tenemos que apuntarle a esto con pasión, porque, desde el punto de vista lógico, esto no se puede. Nuestras autoridades consideran que eso no vale la pena, pero quienes entendemos que la cultura es base de la soberanía, de lo que son realmente los intereses de los pueblos, creemos que debemos estar ahí y por eso hacemos estas cosas”.

Contar la historia tal y como sucedió. Esa es la cruzada de este hombre, que fue en dos oportunidades concejal de La Jagua de Ibirico, permaneció cuatro años al frente de la Coordinación Municipal de Cultura y otro tanto liderando el Instituto de Deportes de ese municipio, donde fue pieza clave en la formación de cientos de niños y jóvenes a los que les dio clases en las instituciones educativas locales.

Hoy tiene más que nunca activos sus procesos de promoción de la memoria del centro del Cesar, así como de aquellos hechos que subyacen las dinámicas sociales tan cambiantes e impactantes para las comunidades. Muestra de ello es su novela ‘Desterrada en su propia tierra, una obra literaria que pone en relieve la situación que es ‘lugar común’ de muchas personas que han vivido en carne propia los efectos del conflicto armado. Pese a que la novela cuenta con una edición ya publicada, está en proceso una nueva edición, esta vez la editorial de la Universidad del Cauca, donde el texto de Aguilar resultó ganador de una convocatoria, por lo que se le abren amplios escenarios a esta obra.

“El hecho que una entidad como esa esté con el propósito de hacer de esta novela una publicación nacional, quiere decir que algo tiene”, concluye el autor y explica que lo hace con una entidad del Cauca porque “allá fue donde conseguí la posibilidad. Aquí es un problema de oportunidades y allá pues me inscribí en la convocatoria, me sometí al proceso de selección y de eso se trata, de tener las posibilidades”.

Además de ‘Desterrada en su propia tierra’, Oswaldo Aguilar tiene publicado un libro pedagógico titulado ‘Deporte para todos’. También tiene otras obras en proceso de edición y publicación: Una serie de textos llamada ‘Cátedras y estudios afrocolombianos’; esto, desde el concepto de Nación, de Caribe y de aporte afro al desarrollo de la humanidad. Dos novelas: ‘Que sea lo que Dios quiera’ y ‘Quimeras en blanco y negro’; la obra sobre etnografía ‘La esencia de lo que somos’; la investigación histórica ‘Hilos de inmigraciones’, y el libro de relatos de oralidad ‘Changonga’.

El leerlo –ya sea en textos o en fotografías–, se le da la razón a Oswaldo, cuando dice que así como la imagen tiene una historia, la historia tiene una imagen. “En el caso de la exposición, cada fotografía representa un universo de cosas, un lapso y en esa imagen están representadas décadas, milenios y por eso se llama así”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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