Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Empiezo relajándome totalmente. A mi cabeza empiezan a llegar imágenes. Ahora soy protagonista y espectador. En mis vagos recuerdos me veo en compañía de algunos de los amigos de mi infancia y de mi hermano Carlos.

Estamos en el campo. Yo lideraba al grupo. Nos encontramos en un potrero que tenían mis padres cerca del pueblo. El fuerte verano azotaba la región. El agua era escasa. Sabíamos que en el jaguey todavía había un charco de agua espesa, como una mazamorra. Llevábamos las caucheras listas y muchas piedras pequeñas en los bolsillos. Nuestra meta era cazar algunas palomas silvestres.

Cuando llegamos al sitio yo le expliqué a cada uno lo que tenía que hacer. Teníamos que desplazarnos sigilosos. Para que las aves no se percataran de nuestra presencia. Todo iba bien. Pero mi hermanito Carlos Q, el más pequeño del grupo, tropezó y cayó al suelo. Lanzó un quejido de dolor. Lo que alertó los animales que se encontraban abrevando. Volaron cientos de pájaros. Corrieron iguanas y lagartos asustados por los quejidos de mi hermanito.

De frente, sin poder evitarlo, se me presentó un animal azul semejante a un perro, tenía la cola larga y coposa, traía la boca abierta y me mostraba sus colmillos filudos, no sé si fue por el miedo o por valor, ya a mis nueve años conocía la historia del forzudo Sansón, de modo que no hice más que imitar su hazaña.

Tomé el animal por el cuello lo sujeté fuerte entre mi brazo y antebrazo en forma de tenazas. Me ayudaba con mi brazo izquierdo dándole más presión. Así lo mantuve largo rato hasta cuando no sentí más su pataleo. Fue entonces  cuando mi hermanito se acercó llorando preguntándome si me había mordido: "Nondo, ¿te mordió ese zorro-perro? Te vas a morir de mal de rabia". Le respondí que no.

Después se acercaron los otros amiguitos, todos reían asustados y me miraban con admiración. Uno exclamó: "Nondo es como Sansón. Cuando sea grande va a tener una novia linda, como Dalila, y peleará con muchos hombres y los va a derrotar con la cabeza de un zorro azul”. De repente mi celular timbra. Mi mente dejó de proyectar.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga 

 

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