Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Casi nadie sabía de dónde demonios había surgido el gringo montado en una carroza en los festejos del Carnaval de Santa Marta. Entre otras vainas, porque fue el primer artefacto que circuló en medio de la barahúnda que se suele formar en estas fiestas, que como plaga se propagan por toda la costa caribe en los primeros días de cada año.

Para ese entonces, corría el año de 1936, contaba con 66 años y a tan menuda edad y con una estatura de 1,96 metros, le invadió la ventolera de que toda la ciudad lo conociera trepado sobre una carroza, como si el carajito no fuera lo suficientemente alto para destacarse donde quiera que se pusiera de pie.

Poco a poco, y a medida que el carromato adornado de festones y de caras de indios navajos confundidos con congos avanzaba por la Calle de San Francisco (hoy avenida Libertador), la gente de lado y lado de la vía, iba identificando al larguilucho ocupante de la carroza.

—¡Miércoles! Si es el Cónsul Gringo... -gritaban algunos-.

Otros, los más confianzudos le espetaban:

—¡Buena por esa, Mr. Trout!

Y los más lanzados le animaban:

—¡Buena por esa, viejo William!

Y el gringo, con una gran sonrisa y una carcajada que se escuchaba en toda la cuadra frente al mar gritaba:

—¡This is life!

Había llegado a Colombia en 1904 y pocos años después se radicó en Santa Marta, atraído por la pujanza de la región en razón al cultivo del banano por la United Fruit Company. Nacido en un lejano pueblito de Illinois –llamado Tónica–, precisamente en un 20 de enero del año de gracia de 1870 y para entonces el poblado no pasaba de los 400 habitantes. Hoy llega a los 700.

Lo más cercano que William Angell Trout tenía para salir de semejante atolladero, era la ciudad de Chicago, que a principios del siglo pasado empezó a destacarse como una de las ciudades de mayor empuje en los Estados Unidos, pero también una de las más peligrosas.

Sin embargo, antes que desarrollarse en las filas de Alfonso Capone, el hombrecito se matriculó en la Universidad de Illinois y logró el título de Ingeniero Mecánico electricista.

No se precisa cómo, y con semejante profesión, el Mister tomó la decisión de embarcarse para América del Sur y amarizó en la Perla del Caribe, donde años después abriría la primera casa de importación de automóviles Ford y pocos años más tarde, los de la firma Studebaker.

Fue entonces que la ciudad vio el primer carro automotor a gasolina circulando por sus estrechas calles. De allí, a ser nombrado Cónsul de Los Estados Unidos de América de Santa Marta, solo fue un paso. Los negocios florecieron y se catapultó como un hombre de fortuna en la ciudad colonial.

Además de ser agente consular e importador de vehículos, fundó el primer cinematógrafo en la población de Aracataca. Es de presumir que de aquí, derivó su amor por esta arte, un tal Gabriel José de la Concordia García Márquez. A Mr. Trout se debe también el hecho de haber llevado el primer bloque de hielo a Macondo, evento que recrea Gabito en alguna de sus narraciones.

El señor Cónsul fue un hombre inquieto y como tal, instaló por vez primera la energía eléctrica en el Corregimiento de Gaira y y abrió un gran taller de mecánica automotriz al que denominó “El Hospital del Automóvil”.

El hecho de haber nacido un 20 de Enero, le produjo una gran empatía con las fiestas del carnaval por cuanto es en ese día que en toda la Costa Caribe, tiene lugar la lectura del bando de las carnestolendas, es decir, la apertura del homenaje al dios Baco y se cuenta que por esta coincidencia, se convirtió en el inventor de la primera carroza que desfiló en las festividades de Santa Marta.  

Mr. William A. Troutconservó sus actividades y atendió su taller de mecánica hasta su muerte, ocurrida en el año de 1972. Sus herederos se han esparcido, como los Buendía por toda la Costa y hasta en la capital de Colombia, aparecen los descendientes de este tronco que provino de un pequeño poblado perdido en Illinois.

Suelo imaginarlo vestido con unos pantalones a media pierna, camisa larga, zapatos de cuero negro, sin medias y una gran maleta, hundiendo sus pies en los Carnavales de Santa Marta y gritando a voz en cuello: “This is life”.

 

José Joaquín Rincón Chavés 

Periodista 

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