Lunes, 24 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Quien no puede perdonar a los demás quebranta el puente sobre el que él mismo debe pasar”.

Quedó establecido que la búsqueda de un rumbo ecuánime hacia la paz no fue solo el objetivo de dos equipos temáticos concertando y dialogando en La Habana, sino el quehacer diario de todos y cada uno de los colombianos, viviendo e idealizando con sentido práctico el condicionamiento personal de cada víctima  que han sido y son todos los colombianos, por el solo hecho de ser súbditos de un Estado social de Derecho, con gobiernos de turno negligentes o abyectos, afectados en diferentes épocas por la confrontación con los grupos armados insurrectos, y que han intimidado al pueblo con el ánimo de tomar el poder para dirigir la conducta social, acrecentada por la ofensa y daño de otros grupos ilegales y la reacción represiva oficial del gobierno legitimado, que en el accionar violento han perjudicado al grueso de la población civil .

Indiferente al origen de la violencia, Colombia lleva en guerra interna casi toda su existencia, y ha experimentado con un número sin igual de procesos de paz, al final fracasados, comenzando con las guerras de independencia, pasando desde la guerra de los Mil Días,  la Violencia y hasta ahora  con la guerrilla de las Farc, que se presume ha concluido con los acuerdos en firme de éste ambicionado proceso de paz, en el que se ha tanteado muchas veces, dar terminación al conflicto mediante declaraciones independientes o convenidas de ceses unilaterales o bilaterales, y pasar a una situación de post-conflicto  donde los  nuevos brotes de violencia emerjan como expresiones inconsistentes, notables por la mala intención de torpedear el camino a la paz.

 
Pero, la ausencia de una condición de posconflicto en el pasado reciente, no ha permitido previamente a la sociedad colombiana experimentar con el perdón, como fondo consecuencial de los varios guiones de paz escritos en el país, comenzando con la construcción de Estado-Nación en el siglo XIX, hasta los eventos políticos más recientes en la posmodernidad, que consintieron la aparición de la guerrilla , y grupos paramilitares, ensañados con el campesino productor, el ciudadano del común, el industrial o empresario enjundioso, militares y policías al servicio de la patria alistados para proteger la institucionalidad.

El perdón: primer elemento dentro del concepto de reeducación

Considerando al perdón como el primer elemento dentro del argumento propuesto de “Reeducación social en el posconflicto”, conviene interpretar las calidades, condiciones y derivaciones de la aplicación de tal virtud o valor moral, como ejercicio inteligente y atrevido, que además sea participativo de los individuos en conflicto, y el desenlace entusiasta e incondicional, con su incidencia en la vida personal de todos.

-El perdón, no es un acto único que se hace en una circunstancia dada, ni está hecho para determinado momento o tiempo, es un proceso persistente en el que se puede ir progresando y mejorando a través del tiempo -. 

La incesante búsqueda de una concertación programada, y bien puntualizada en la osadía de generar el necesario acuerdo que dé fin al conflicto, y afirme las base de la paz perdurable y eficaz; conduce particularmente a descubrir que la afectación emocional de toda la población apremia por fecundar el perdón, no como el favor, o la deferencia que se le haga al victimario ,  -sino la prescripción sanadora-, que aísla la carga causante de dolor y angustia, liberando a la víctima sobreviniente de un peso síquico y anímico, injusto, que de no ser así, tendría que sobrellevar inicuamente por el resto de su vida


Tampoco se pretende desde ésta tribuna, exponer como molde general, que la “técnica” de perdón y olvido, alguna vez propuesta para sanear el conflicto, sea la alternativa al dolor y sufrimiento consecuente de la violencia cual receta analgésica para las víctimas. Solo que la potestad sancionatoria contra las organizaciones o individuos causantes del daño, por razones de imperativo moral, debe optar por la aplicación de la justicia bien sea transicional o especial resultante de la concertación y la implementación del nuevo diseño institucional, el que incluye la apertura de espacios políticos con participación democrática de los reinsertados en tal travesía.

En un ejercicio espontáneo, sencillo y pragmático se debería acometer a diario habituados conflictos como referentes contributivos a la materialización del acto humano y magnánimo de condonar, entender que al optar por el perdón no se está indicando desconocer lo que pasó, al contrario, -aceptar manifiestamente esa situación sin negar el dolor que hizo y hace tanto perjuicio como un procedimiento humano, lento, doloroso y que fácilmente retorna al afectado, así se le quiera dejar por fuera de las actividades normales-.

Las grandes victorias que esperamos con la consecución de la paz, se ven desde esos pequeños actos particulares, donde las personas tomen la determinación de dar final a sus conflictos y caminar por la vía del perdón.

El tratamiento del perdón no fusiona la renuncia a exigir justicia, ni proscribe la defensa de los derechos, se trata de no excusar con ello un desahogo emocional que implique obsesivamente pedir justicia como la meta, y que lógicamente le resta importancia al desarrollo individual y colectivo de otros ideales y valores.

La decisión de perdonar es personal

-El perdón es una decisión muy personal, de la cual se puede instituir un nuevo comienzo a partir del dolor sobrellevado desde el pasado, ese dolor que en ningún tiempo ni modo debió sobrevenir, pero que está presente-. 
Si la víctima decide perdonar, es muy posible que tenga que hacerlo paso a paso, desde un principio, y transitar por espasmódicos períodos de incertidumbre, recriminación, censura, y hasta reclamación por parentelas y compañeros sociales.

Justamente; el concepto es tan amplio, que trasciende a entender la diferencia que existe cuando una persona es sancionada por un delito, que cumple su pena, y consecuentemente puede reintegrarse en la comunidad, y quienes han sido ofendidos pueden tolerarlo nuevamente, en la proporción del castigo que ya ha sufrido y por el que se ha hecho una reparación.

Sin duda, en este contexto los mecanismos judiciales implicados son diferentes a los que están en juego en el proceso social-político, que persigue mediante un perdón general, reconciliar toda la sociedad, sin someter imperiosamente a un proceso de castigo, de pronto imposible para adjudicarlo a todos los responsables. 

-Y aquí surgen fuertes contradicciones morales, políticas y jurídicas porque prácticamente nos estamos refiriendo a crímenes contra la humanidad-.

Dentro de esa concepción anterior, hay que discurrir la aparición de mecanismos alternativos, transicionales, para el ejercicio del perdón social, que de cierta manera retoman algunas de las peculiaridades incondicionadas y fundamentales del perdón individual, como la de omitir exigencias de castigo.

En toda una vida de conflicto y desafueros, el ciudadano del común no ha tenido el tiempo ni la oportunidad para expresar sus sentimientos de perdón como solución a los conflictos, más que los de rencor y odio acrecentados cada día por las injerencias fustigadoras de grupos sectarios afincados en la intolerancia como herramienta demagógica para acceder al poder.

Colombia no ha visto surgir los más expertos perdonadores o indulgentes en época alguna y menos en los últimos 50 o 60 años de relativa ignominia e injusticia social.

Y entonces, ¿qué más podría afectar? Todos los actuantes en éste proceso somos inexpertos, novicios con oportunidades limitadas en el tiempo generacional, nunca se ha ejercitado el perdón como valor institucional y social, y a la vez elemento precursor de una cultura conciliadora y regulada por la connivencia y la disciplina, así que; habrá que mezclar “el perdón” con otro ingrediente apellidado “tolerancia”, para poder caminar con paso firme, hasta regenerar y curar la herida abierta y sangrante por ese trauma ocasionado bajo todo pretexto de inseguridad, anarquía o política.

Sólo la amalgama de la sensatez y el razonamiento, por encima de la desesperanza y la tristeza de las víctimas y ofendidos, mediante técnicas de reaprendizaje muy personales que superen el sufrimiento con el perdón, como remedio reconstituyente del privativo proyecto de vida, injustamente truncado y sin explicaciones razonadas de la odiada arbitrariedad, lograrían contribuir a la axiomática afirmación; -que la subsistencia de la nación está por encima de los efectos de un conflicto armado y la pugna de una minoría por el poder-.

Así conseguiría moderadamente el ciudadano del común, confrontar el nuevo contexto, con una expectativa utópica, visionando un serio impulso desde la reeducación social, integración, orden político y económico bajo el concepto de justicia, democracia y formación integral desde la familia y no la incertidumbre que podría crear un proceso donado a la injusticia y tiranía,-en habituación con la perversa y mal parida idea de hacer la guerra y proponer la paz-, en medio del difuso y cruento conflicto armado colombiano , que aun continua con otros actores, y, que es el mismo que ha deteriorado al país con inusitadas crisis humanitarias y vejámenes a los derechos humanos.

 

Alfonso Suárez Arias

@SUAREZALFONSO

Aguijón social
Alfonso Suárez Arias

Alfonso Suárez Arias (Charalá, 1956). Abogado en formación (Fundación Universitaria del Área Andina en Valledupar). Suscrito a la investigación y análisis de problemas sociológicos y jurídicos. Sus escritos pretenden generar crítica y análisis en el lector sobre temas muy habituales relacionados con la dinámica social, el entendimiento del Derecho y la participación del individuo en la Política como condicionamiento para el desarrollo integral.

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