Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

De donde son ellas, el sol se apresura a salir en las mañanas para instalarse momentáneamente como una naranja descomunal en un extremo del mundo, que se yergue entre el mar y el desierto, donde las olas se sacuden en una danza perpetua e irregular que bien puede besar con suavidad la arena o estrellarse bruscamente contra los acantilados de la punta norte de Colombia.

También las niñas madrugan. Lo hacen para entregarse a una nueva jornada de aprendizaje ancestral, de instrucciones de vida, de hallazgos sugerentes, proyecciones de usanzas de otros mundos, del grito perseverante de las tradiciones; en fin, para seguir participando en la construcción del telar de su cultura indígena wayúu, que habita en El Cabo de la Vela, La Guajira, en el norte de Colombia.

El de ellas, Sonia y Yelitsa, es un universo divergente, de días caniculares, de brisa y arena, de riqueza paisajística, de belleza en su forma más natural; un cosmos de rostros impermeables a lo cosmético, inmarcesibles como los cactus de su desierto, lienzos perfectos en los que el tiempo dibuja las líneas de los años. Por las puertas siempre abiertas de su entorno entran otras cosmovisiones, un mosaico de costumbres que les despiertan inquietudes de atracción, temor, curiosidad, recelo y otras que se estrellan contra la médula de la cultura primigenia.

Es un mundo retratado en ‘Niñas de Uchituu’, documental dirigido por Helena Salguero Vélez, que entró pisando fuerte al panorama audiovisual, con el premio a Mejor Corto Documental, en vigésima versión del Salón Internacional del Autor Audiovisual.

Darle otra mirada a la realidad -sin pretender intervenirla, denunciar ni enviar un discurso– es el objetivo de Helena Salguero con este cortometraje; “exponer cómo la comunidad indígena, en este caso la Uchituu, ubicada en El Cabo de la Vela, vive en unas condiciones rodeada de ese entorno en que impacta fuertemente la presencia del turismo, que trae un montón de gente, de economía, que moviliza muchos aspectos que traen también un montón de cosas que están en contacto con la población, principalmente las mujeres y con las niñas, que en este caso fue el interés que quise concentrar”, explica la directora.

La cinta muestra cómo Sonia y Yelitsa “se abren a todo este mundo, como que le temen, lo miran con recelo, cómo hay unos imaginarios del alijuna (persona no indígena) que llega a su territorio y a muchos anhelos también, porque hay un contraste social muy fuerte; llega todo este mundo externo, sin embargo esta comunidad sigue viviendo en la misma situación: muy abandonada, en términos de condiciones vitales, con muchas pérdidas de sus tradiciones, de las practicas propias, porque no hay muchos ancianos; los pocos que hay intentan mantener esas tradiciones, pero ya las niñas están en medio de tantas influencias que también hay algunas que como que ya no están tan interesadas en continuar esas tradiciones y también hay madres que empiezan a anhelar que sus hijas más bien se parezcan a las alijunas porque ven más oportunidades, por ejemplo que manejar dos lenguas conviene mucho porque de pronto les puede abrir puertas hacia el mundo. Entonces internamente hay un montón de contradicciones que traen la confusión de quién soy realmente, de dónde vengo, cuáles son mis arraigos, qué es este territorio, pero también todo este mundo que llega y me genera un montón de inquietudes y preguntas, como ¿Por qué yo vivo de esta manera y estos otros andan de esta otra forma?”.

Para el equipo de trabajo de ‘Niñas de Uchituu’ el rodaje del documental fue un viaje al interior de una cultura maravillosa en el cual encontraron cómo la llegada de tantas ofertas nuevas de comportamientos y modos de ser logran generar ‘sismos’ sobre todo en las generaciones más pequeñas. “Es preguntarnos ¿hacia dónde van, cuál es el futuro de estas generaciones en relación con sus tradiciones? Quizás una nueva forma de vida que se adapta o se vuelve más sincrética con el mundo occidental, que ya deja de ser tan pura, tan protegida internamente. Es abrirnos a esas preguntas sobre qué está pasando con estas comunidades. No quiero plantear que sea positivo, que sea negativo, no es una postura rígida, sino un abrir, un despertar a estas realidades”, expresa Helena Salguero y amplía el espectro a otras comunidades que se encuentran en similar situación.

Lo que sigue para ‘Niñas de Uchituu’ es una movilización por festivales nacionales e internacionales que le rinden tributo al cine en el mundo. Ya cuenta con un primer galardón y tiene una cita al final de este mes de octubre en la Muestra Internacional Documental de Bogotá – MIDBO. “Estamos en esa tarea. Hemos estado enviándolo a varios festivales nacionales e internacionales, a la espera de la selección”, precisó esta cineasta capitalina, cuyo corazón, así como sus inspiraciones profesionales, fueron colonizados por la inmensidad y magia de La Guajira. “El Cabo de la Vela como territorio es muy misterioso y a la vez tiene todo el impacto de la explotación. Es muy rico, hay muchos temas por abordar; temas que deben retratar la realidad de La Guajira, que es más que mantas y gente linda, sino que tiene muchas otras cosas que hay que mencionar como el impacto que ha tenido la minería, por ejemplo”.

La inquieta la humanidad en su esencia, las situaciones sociales, sobre todo en las poblaciones que perviven ausentes de las plataformas de visibilización “o que incuso no tienen tantas posibilidades de contacto con otra gente; personas poco vistas, aisladas; eso me inquieta como ser humano”. A ellas se ha acercado desde lo audiovisual, pero también desde la gestión cultural, a través de distintas entidades y desde su fundación ‘Entre paréntesis’, en la que desarrolla proyectos de educación y de cultura con diversos grupos poblacionales.

Fue ese llamado hacia lo humano el que la llevó a La Alta Guajira, a la tierra de las Niñas Uchituu, a donde llegó con el respaldo de la Universidad del Magdalena, acompañada de los productores Felipe Solarte y Brilly Cáceres, el director de fotografía  y cámara Rafael González; la encargada de montaje Sorany Marín Trejos; los responsables del sonido directo Loreina Valle y Yesid Vásquez, y Luis Jiménez, quien se ocupó de diseño sonoro y mezcla.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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