Sábado, 27 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Gustavo llevaba un saco de paño que le quedaba grande, una camisa que no le abotonaba en el cuello, una corbata que le llegaba a la pelvis y un pantalón que le bailaba. Entró por un pasillo que conducía a un laberinto de cubículos separados por tabiques de un metro de altura. Siguió la ruta hasta llegar al último de ellos, como le había indicado la muchacha de recepción. El lugar tenía un archivador, un escritorio, un computador y una mujer de cincuenta años, quien tenía el cabello cogido en una cola de caballo. Sobre el escritorio había una placa de letras blancas y fondo negro que decía Julietica Cortés, diminutivo que le robó una sonrisa a Gustavo.

—¿En qué le puedo servir? —preguntó la mujer.

—Vengo para una entrevista con el señor…

—Martínez —interrumpió Julietica, mirándolo de pies a cabeza para tasar las posibilidades de ser admitido en el puesto—. Siéntese, por favor. No demora en llegar.

Se sentó. Miró hacia todas partes, después se tropezó con las arrugas de Julietica que se acentuaban cada vez que sacaba del cajón un puñado de facturas y los aplanaba contra el escritorio. Después de repetir el ejercicio tres veces, se quedó quieta, levantó la cabeza y miró a Gustavo.

—No debería decirle esto, pero lo haré porque usted me cayó bien —susurró al tiempo que miraba hacia los dos lados, buscando ojos curiosos—. Eligió el peor momento para la entrevista. Hace dos años, Gabrielita, la esposa del señor Martínez, vino para almorzar con él. Los dos salieron de gancho sin saber la desgracia que les sucedería minutos después: ella cayó en una alcantarilla sin tapa. Estuvo en el hospital dos meses y después murió. A partir de entonces el señor Martínez sufre de… ¿Cómo decirlo? Digamos que sufre de alucinaciones. A esta hora cree que su esposa viene a almorzar: deja la puerta abierta, se la pasa mirando hacia afuera hasta las doce, hora en la que se levanta del escritorio, saluda con los brazos abiertos y se va hablando solo, como si dialogara con su esposa.

Julietica iba a continuar con la historia, pero vio al señor Martínez caminando por el laberinto de cubículos. Sacó un puñado de facturas que aplastó con la mano. Gustavo se levantó cuando Martínez estuvo a tres metros del cubículo.

—Buenos días. ¿Gustavo? —dijo Martínez con voz afanosa.

—Sí señor —respondió contemplando a Martínez, quien le pareció una versión desgastada del señor Barriga.

—Sígame, por favor.

—No cierre la puerta —dijo el Martínez cuando Gustavo apretó el picaporte. Lo dijo con el tono seco y amable de quienes están acostumbrados a mandar.

La oficina parecía un baño transformado en oficina. Apenas era más grande que el cubículo de Julietica. A la izquierda había dos columnas de carpetas amarradas con cabuyas; al fondo un escritorio sobre el que había un computador al lado de la hoja de vida de Gustavo. No había ventanas ni adornos en las paredes.

Martínez miró a Gustavo como si le incomodara su presencia. Tomó la hoja de vida y la hojeó con desgana. Le hizo varias preguntas, pero no escuchaba la respuesta. Parecía que estaba más preocupado en mirar la puerta que en conocer el perfil del entrevistado. Sin embargo, encontró algo en la hoja de vida que le cambió la expresión.

—¿Separado?

—Sí, señor. Desde hace tres años.

Martínez dejó la hoja de vida sobre el escritorio. Apretó los labios. Después preguntó:

—¿Cuáles fueron las causas?

—Disculpe; no le entiendo.

—¿Por qué se separó?

—No somos compatibles en la convivencia. Por eso cada uno tomó su camino.

—¿Ha intentado entablar una nueva relación?

—No, señor; me aburrí del matrimonio.

—¿Aburrido? ¿Cuántas veces se ha casado?

—Sólo esa.

—¿Sólo una vez y ya se dio por vencido?

—Sí, señor.

—Yo me he casado tres veces. Las dos primeras fueron una mier… Disculpe. Fueron un dolor de cabeza. Pero la tercera fue diferente: me casé con una mujer maravillosa. Usted no imagina lo dulce que es Gabriela, mi esposa. Trabaja a pocas cuadras de acá. Viene al menos dos veces a la semana a almorzar conmigo. Dice que lo hace azarosamente, para sorprenderme. Pero no es así: tiene un sistema del que ella misma no es consciente: viene a almorzar cuando tiene preocupaciones. Sin ir tan lejos, esta mañana estaba ausente, pensativa. Estoy tan seguro de mi teoría que aposté con Julietica que Gabriela aparecerá a las doce del día con sus pasos largos y su sonrisa perfecta.

Gustavo se sentía cada vez más perturbado. Se acomodaba la corbata, se jalaba el pantalón, carraspeaba sin saber qué decir.

—Esa mujer ha sido una bendición —continuó Martínez —. Hombre, no sé por qué se lo digo. Quizás lo hago porque usted me parece un hombre confiable. No está bien que se lo diga en esta parte del proceso, pero este trabajo es para usted. No es necesario hacerle más pruebas.

—Gracias, señor Martínez.

—No hay nada que agradecer. Hasta lo invitaría a almorzar, pero, como le dije, hoy viene mi esposa. Es más, ¡acá está! —dijo Martínez levantándose con una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

Gustavo la contempló con terror.

—Entra, mi vida —dijo Martínez sin dejar de mirar hacia la puerta.

Gustavo estaba tan nervioso que le pareció escuchar los pasos de una mujer. Martínez dio dos pasos. Gustavo giró la cabeza y vio a su lado a una mujer de veinticinco años, con una blusa roja y una falda que le llegaba a la mitad de los muslos. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones. La puerta, la silla y los cubículos fueron tres borrones en su carrera hacia la calle. Martínez, intentó detenerlo, pero se detuvo frente al escritorio de Julietica.

—¿Qué le habrá pasado a ese pobre hombre? —preguntó Martínez con los labios temblorosos.

—Debió ser la blusa roja. Antes de que llegara el señor Martínez, el muchacho me contó que su papá era torero y que murió en la feria de Manizales, durante una corrida. A partir de ese momento el color rojo lo hace gritar y correr —respondió Julietica al tiempo que aplastaba facturas.

Ni Gabriela ni Martínez le hicieron caso; finalmente estaban acostumbrados a sus extravagantes historias.

 

Diego Niño

@Diego_ninho 

 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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