Jueves, 23 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

San Bernardo del Viento / Foto: María Ruth Mosquera

En ese lugar de arenas sutiles, paisajes fantásticos y días de sol, donde el río Sinú encuentra su destino final, comienza todo para él. Ahí tuvo lugar su infancia entre los cantos del viento y los arrullos del mar, que son patrimonios espirituales para Álvaro Amor Padilla, un hombre rural, que lleva en su alma y su apellido la fuerza que dinamiza todo lo que es y lo que anhela ser.

San Bernardo del Viento, su lugar, es uno de los treinta municipios del departamento de Córdoba, en el Caribe colombiano, erigido en un territorio de estirpe zenú en un pasado precolonial; de actividad fluvial que abría las puertas a la entrada y salida de mercancías al mar. Es el último pueblo en el cauce del río Sinú, que para hacer más majestuoso su espectáculo de cierre, abre tres bocas (la de Mireya, la del Centro y la de Corea) haciendo con ellas dos deltas y entregándose con toda su dulzura al mar, en un punto que dista 78 kilómetros de Montería, la capital.

A este sitio le gusta llegar a Álvaro en las mañanas para ser testigo del cambio de mando de la noche al día, del encantamiento que produce la transición de la oscuridad a la luz. “El amanecer es pura magia. Tenemos muchos relieves aquí, podemos levantarnos a la orilla de la playa y andar por los 34 kilómetros de playa virgen. Cuando camino por esa playa tan inmensa, me siento el dueño del mar, como el que fue en Apolo y puso su bandera en la luna, así siento yo que conquisto la playa y me declaro el dueño absoluto del mar”, dice, sin poder evitar un éxtasis en sus palabras y trasladarse a su otro momento favorito del día en San Bernardo: “Los atardeceres son preciosos. Yo me voy a ver el sol en los atardeceres”, y graba en su memoria una y otra vez la imagen que muestra al sol, con apariencia de naranja luminosa, de matices contagiosos, tragado por el mar, para reaparecer intacto e inspirador en la mañana siguiente.

En su ayer, este territorio del ecosistema bosque seco tropical estaba cobijado por una selva densa de árboles inmensos, diseminados por doquier que en medio de ellos tenían otros de tamaños asimétricos que formaban una armonía inigualable; mutado hoy en un paisaje boscoso con parches de pastizales, vegetación de pantano, cultivos de naturaleza transitoria y permanente y evidencias de deforestación; transformación esta que ha impactado de forma menguante las actividades agrícolas y pecuarias. Hay también manglares y una diversidad grande de aves que en cifras se traducen en 221 especies, entre propias y migratorias, 179 géneros y 53 familias.

Álvaro Amor Padilla / Foto: María Ruth Mosquera “Somos agricultores”, precisa Amor Padilla y cita plátano y arroz como cultivos insignia que los convierten en despensa bananera y arrocera para el Caribe colombiano. La pesca ha disminuido debido a muchos factores, entre ellos las prácticas de la actividad de manera industrial que ejercen barcos pesqueros y la represa de Urrá que está arriba “y acabó con el bocachico; aún se cultiva en algunas ciénagas. Ahora estamos pasando a la cultura de la tilapia”. Actualmente avanza un proyecto de emprendimiento con comunidades vulnerables y madres cabeza de hogar que tiene como objetivo misional crear cultura de asociatividad en el municipio.

Son características importantes de este pueblo cordobés, en cuyos puntos cardinales están el mar Caribe y los municipios de San Antero, Lorica y Moñitos, al que se llega cruzando el río Sinú sobre un majestuoso y elevado puente de cemento. Sin embargo, el valor agregado más destacable de San Bernardo del Viento es su gran potencial turístico. Además de la playa inmensa, la oferta paisajística, los mangles, los deltas y el puente de entrada, se destaca un importante atractivo turístico que es Isla Fuerte, 3.2 kilómetros de superficie de 12 metros de altitud, en medio del ‘océano camaleónico’, con matices azules, verdes y amarillos en sus aguas; a una distancia de 11 kilómetros desde la playa (30 minutos en lancha), donde habita una infinidad de aves y singulares especies vegetales como el Árbol que camina, la Bonga y el Tun tun, entre otros.

Se suma a esta oferta turística sitios como las Bocas de Saragozal, donde hacen un Festival de la Cometa, y el muelle que se adentra en el mar, recientemente inaugurado y que hace parte de un complejo de cuatro de estas estructuras construidas por la Alcaldía en la zona, como estrategia para impulsar el turismo.

Existen debilidades en cuanto a la oferta de bienes y servicios y la infraestructura hotelera; “es un turismo más natural, de caminitos. Algunos alojamientos están acondicionándose y están construyendo un nuevo hotel de 300 camas que es una revolución aquí. Se está despertando una conciencia por lo propio”, dice y añade orgulloso que “este es un lugar que te ofrece tranquilidad, mucha paz; aquí puedes encontrarte contigo mismo; es un lugar mucho más bonito que Cartagena, que Miami, que Coveñas… Las mejores playas están aquí; tú puedes estar en el mar y si quieres puedes subirte a la montaña y tener una vista panorámica excepcional; todo en el mismo lugar”.

Quienes allí habitan son sanbernardinos, pero él, Álvaro Amor, prefiere llamarlos ‘vienteros’, tal vez porque eso lo conecta más con la brisa de la que se ha apropiado, así como lo ha hecho de cada centímetro del su terruño, al punto de inventar un término nuevo para significar sus sentimientos hacia San Bernardo del Viento; “la geoafectividad, que significa amor profundo al territorio. Tengo una ligazón muy grande con este lugar”.

Álvaro Amor Padilla es un sociólogo bilingüe y altruista, amante de los cantos vallenatos, que  se dedica a la formación de líderes, mediante la apuesta por una escuela de liderazgo que lleve a las personas a reencontrarse con un ser interior a partir de la territorialidad y la formación en desarrollo cultural. Alterna estas actividades con la enseñanza gratuita del idioma inglés a comunidades de su pueblo. “Estoy trabajando frente al mar con la gente de la playa”.

Esa, la gente, es el capital esencial de este mágico lugar. “Hay una cosa que tenemos nosotros; es una magia especial. Como sociólogo, lo he consultado con mis amigos, con gente que viene y dicen: Ustedes son distintos, tienen una cosa rara, y esa es la magua especial”.

A él, a Álvaro, se le ve a menudo, al asomar el alba, andando a pies descalzos en las arenas algodón, que son sus arenas, que como él lo señala: “Son magua pura”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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