Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Fidel Castro y el Che Guevara

Una respuesta certera es difícil para un mundo global que se debate en el fracaso, una y otra vez, de sus incontables ensayos económicos y políticos para aliviar sus inocultables males.

Los problemas nacionales en la sola materia económica son insolubles para sus perpetuos manejadores políticos. Y por ello resulta intolerable, sobre todo para los USA a menos de cien millas de sus playas  florideñas, el hecho que una economía -que ellos llamarían “de tercera”- se las ingenie para dar trabajo, alimentar, educar y darle una salud básica a diez millones de habitantes, proeza que, que ningún gobierno del sueño americano se puede vanagloriar en uno solo de sus suburbios neoyorkinos de, por lo mínimo, medio millón de habitantes.

¿Y por qué al mundo político, a la vez, le sorprende y detesta la incomprensibilidad de los recursos e infinitas habilidades que ha tenido que sortear la Isla de Cuba durante medio siglo, para soportar y resistir los embates de la primera potencia mundial, sin que en su población se detecten extremos tan rigurosos como las hambrunas de Haití, Etiopía, la sufrida Franja de Gaza, naciones africanas  enteras y otras aisladas con el protectorado y tutela de las naciones más ricas del orbe?

Y sobre todo, el orgullo no les permite consultar al castrismo, pues sería abismal el error de que solo la familia Castro y cinco más de sus cercanos, son los que gobiernan en un régimen de contubernio. Ilustrarse, siquiera por piedad hacia tantas miles de familias en la miseria, sin trabajo digno y un sistema integral de salud que los proteja. Indagar con dignidad pero firmeza para que los cubanos les brinden para su examen y solución a sus alarmantes necesidades, el cómo hacen en la isla más grande de las Antillas para haber desterrado la insalubridad y enfermedades aniquilantes, suministrando a tiempo las medicinas que las circunstancias ameriten. ¿Cómo han resuelto la humillante mendicidad que pulula en nuestros pueblos y ciudades? Recibir orientación para impedir que la juventud sea devorada por la drogadicción y la delincuencia.

A todo ello, Colombia, Latinoamérica y el resto del mundo, deben asumir sin falso pudor ni nacionalismos vanidosos la conveniencia política, cultural y económica, sin olvidar los escrúpulos morales para expulsar la asquerosa corruptela politiquera que nos agobia, el desorden planificado en la inversión agropecuaria e industrial, el retraso económico y la anarquía social que consume nuestra armonía comunitaria  en rango nacional. No podremos perder más si reconocemos la necesidad y urgencia de emprender acciones y decisiones progresistas hacia un cambio para aplacar el descontento unánime social, pues se le escamotea y desvirtúa a diario su cuota de bienestar, y del reparto más equitativo de las ventajas y riquezas materiales, las que deben incrementarse, tecnificarse y racionalizar el reparto de su valor entre los diversos estratos del país y las transnacionales.

A todos nos gustaría tener una sociedad industrial y trabajar en ella en forma justa, organizada y con derechos, tal como parece que han alcanzado los países escandinavos. A ello aspiran entusiasmadas las sociedades fascinadas por promesas de sus políticos de ideologías diversas. Ven con ambición parecerse a la organización, realizaciones y estilo de vida de las grandes potencias, pero sin sus detritus sociales y ghetos concomitantes al proceso que separa, cada vez más, a las minorías privilegiadas de las enormes masas indigentes y mal remuneradas. Colombia no escapa a ello, y es notorio como prevalece, con catastróficos resultados, la mano dura del Estado por sus decisiones políticas y económicas, claramente favorables para los inversionistas propios y extraños.

En esta etapa somos, y quizá más que la economía a escala socialista cubana, anacrónicos y sumergidos en las contradicciones más detestables, tras largas e interminables décadas arrastrándonos con salarios indignos, las políticas gubernamentales siempre de espaldas a los problemas de las grandes mayorías y el irrefrenable galope de la más criminal corruptela, aupada con la obsolecencia de la retórica politiquera ante los reclamos y exigencias de un país subdesarrollado.

 

Jairo Tapia Tietjen

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Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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