Lunes, 27 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Es aún de noche. Al escuchar el sonido de los ordeñadores vistiéndose en la casa, varias decenas de terneros comienzan a formar una larga fila frente a la puerta de un corral en el que esperan sus madres, con las que no se encuentran desde la tarde anterior. Se apretujan contra la puerta y braman de hambre y desespero al tener a sus mamás tan cerquita, sin poder llegar a ellas para tomar su porción mañanera de leche. Ellas también se impacientan, sobre todo las mamás de los más pequeñitos, a los que los mayores han confinado a la punta de la fila.

A las tres de la madrugada, los ordeñadores están listos dentro del corral, cada uno con un ‘burrito’ amarrado a las nalgas para sentarse sobre él, una caneca para echar la leche ordeñada y una cuerda para amarrarle las patas a las vacas para que no salgan corriendo mientras ‘les exprimen las tetas’; algunos han metido en su bolsillo un radio prendido en una emisora de amplitud modulada que más tarde les da noticias sobre un río que se desbordó, sobre un incendio forestal en pleno invierno y los atracos que no cesan…

El enrejador da la primera largada y los terneros más cercanos salen en una estampida que casi logran derribar al delgado portero. De manera asombrosa y en cuestión de segundos, cada uno olfatea el lugar exacto donde está su madre y comienza a mamar a grandes tragos, pero para los terneros mayores, la dicha es interrumpida por el ordeñador que los separa de la teta para exprimirla sobre la caneca; ellos, amarrados deben esperar minutos infinitos hasta que el humano les de espacio para tomar su alimento, que esta vez baja con menos fuerza porque el contenido de la ubre, que momentos antes amenazaba con reventar, ha sido vaciado casi por completo.

¿Morrocoya ya está ordeñada, Chigo?, una respuesta positiva viene de una esquina del corral y entonces se escucha la orden al enrejador para que de una segunda largada. Es un proceso que dura más de tres horas. Con movimientos sincronizados, el ordeñador aprieta las tetas de la vaca de arriba hacia abajo, mientras dos chorros forman una espuma aromática y tibia en la caneca, atractiva para algún visitante madrugador que en ocasiones llega, recipiente en mano, a beber el espumoso y puro lácteo. “Yo me crié bebiendo esta leche y pregunte si me vivía enfermándome como se enferma la gente ahora”; se jactó el visitante. 

Es una madrugada silenciosa. No muy lejos se escucha el canto de los gallos que anuncian el amanecer y diversos pájaros trinan desde los cerros cercanos, amenizándole la faena a los trabajadores, que hacen su tarea de manera coordinada y hablan poco, hasta que llega un piguo (ordeñador) de vieja data, apodado ‘Hufo’, alumbrándose con una linterna y los saca de la rutina contando cuentos, echando bromas y relatando cómo antaño la luna y las estrellas también ayudaban en las faenas mañaneras de las fincas del Cesar.

“Ya no es como antes. Mire que ya ni las estrellas se ven y antes se paraba uno y miraba el cielo, incluso en tiempo de lluvia, ellas salían y en verano mucho más; ahora la luna se está ‘metiendo’ como a las diez de la noche y no se le ve más. Es que ahora con tanta inseguridad y tanta violencia hasta las estrellas se fueron de por estos lados”. Se pone nostálgico al recordar los viejos tiempos cuando “yo solo me ordeñaba 70 vacas; comenzaba a las tres de la madrugada y a las ocho ya estaba haciendo queso en la finca del patrón”.

Son recuerdos de más de tres décadas de añejamiento que conserva frescos en su memoria. “Sabrosos esos tiempos. Cada madrugada me levantaba a hacer lo mismo; cazaba y todas las noches mataba un conejo, en el día pescaba en el río Badillo; todos los días cogía pescado”. Vivía con una ‘amiga’ que le dio a luz un hijo, al que él alimentaba con animales de monte. “Le daba de todo lo que yo comía: Venados, cuaqueros y pescado y nunca se me enfermaba el pelao; la mamá se ponía guapa porque no le tomaba el seno, ni el alimento que ella le preparaba”.

‘Hufo’ detiene su relato, echa un vistazo a las lámparas que alumbran las faenas de sus colegas y recuerda que en su época se alumbraban con mechones, “pero cuando la luna estaba feliz, alumbraba todo el campo y no había necesidad de más luz; es que esas lunas eran claras y con la claridad en las noches jugábamos en el caserío ubicado cerca de Badillo, corríamos por toda esa sabana”.

Mientras habla, en su mano sostiene la vieja escopeta que por años lo ha acompañado a recorrer los cerros en penumbra en busca de animales para cazar; cada día encuentra menos porque muchos han sido extinguidos, precisamente por acciones como la que él realiza, y que justifica en necesidad alimentaria más que por intenciones devastadoras.

“Por allá en el alto hay unos terneros y al otro lado hay como cuatro vacas”, avisa Hufo a los ordeñadores, que de inmediato comisionan a uno para que vaya a buscar el ganado.  El ordeñador de otros tiempos se despide de los trabajadores y se pierde en la oscuridad de la aurora, delatado por la huella de luz que sale de su linterna y la voz ronca de los Visconti que cantan en su radio de bolsillo.

Ya quedan pocos terneros en la fila y los ordeñadores se han recorrido casi todo el potrero. El olor a leche fresca ha atraído a cuatro gaticos que comienzan a maullar, restregándose melosamente contra cinco perros que cuidan el lugar y que ya están acostumbrados a esa relación que pone en entredicho la histórica enemistad publicitada entre perros y gatos. Los felinos son complacidos con un poco de leche que les sirve el enrejador en un recipiente y se quedan tranquilos, mortificando a los perros con su empalagoso ronroneo.

Llega la luz del día, los cerros se yerguen en los alrededores de la finca y el canto de los pájaros se pierde ahogado por el ruido de los carros que comienzan a movilizarse por la carretera adyacente. En la cocina las mujeres ya tienen listo en café para los trabajadores y les ofrecen mientras en un fogón de leña asan arepas para el desayuno; pavos, gallos y gallinas también rondan a las mujeres a la espera de su desayuno, que siempre llega primero que el de los trabajadores.

Entre los ordeñadores se encuentra Daniel, quien hace las veces de administrador de la finca; un momposino de 40 años, padre de varios hijos y marido de una mujer que vive en Valledupar, a la que visita los domingos y en los ratos en que las vacas y terneros le dan un respiro y se puede escapar al final del día.

Lleva más de tres décadas trajinando con ganado. Él se sabe los más íntimos secretos de las vacas: que algunas son ariscas y hay que enlazarlas para que se queden quietas y se dejen ordeñar, que existen algunos terneros vivos que cuando le han sacado toda la leche a la mamá, se le pegan a otra... 

Desde muy niño su padre lo introdujo en las labores del campo y lo enseñó que trabajar es muy bonito porque siempre tendrá cómo sobrevivir honradamente. “Si uno no trabaja no tiene nada y se vuelve un mantenido. A mí me gusta mucho trabajar”.

Se levanta a las dos y media de la madrugada y a las tres ya está “con la teta en la mano”; a las seis desayuna, descansa unos minutos y se pierde en la montaña para seguir un día de arduo y feliz trabajo. Antes de irse al monte, ve llegar al lechero que se lleva los canecos de leche que más tarde serán convertidos en queso, que seguramente él mismo consumirá con yuca o bollo limpio en próximos desayunos.

En la mañana va de aquí para allá, cuidando que el ganado escotero (que no tiene crías) no se haya salido a la carretera, que ningún ternero esté extraviado; en fin, que todo esté bajo control. Después del almuerzo los vaqueros se van al monte a buscar a las vacas que soltaron en la mañana y las arrean para hacerlas volver a los corrales. Esa tarea es amenizada con cantos lastimeros cuyo eco se pierde entre las montañas y que los animales reconocen de inmediato.

Se fueron los cantos de vaquería

La labor de arrear el ganado para hacerlo regresar a los corrales es mucho más dinámico y animado que la ordeñada matutina; no saben si es porque ya no están azotados por la penumbra de la madrugada, que es fría en invierno, o porque las montañas los hacen sentirse libres e inspirados para establecer una comunicación cantada con el ganado. Los vaqueros le cantan, le gritan y le guapirrean; entonces el ganado escucha la voz y corre hacia los corrales.

El contenido literario de esos cantos ha cambiado y ahora solo se limita a un grito lastimero que hace eco en la montaña. Hace muchos años los vaqueros eran verdaderos compositores de canciones cuya musa podía ser una vaca altanera, un tercero terco, una mujer bonita, un río crecido o una flor distinta; “Uno le componía al ganao, a la naturaleza, a la mujer cuando había una que les gustaba; uno salía pendiente a una mujer y recorría las montañas echándole verso a las mujeres, montao en un caballo; eso no se olvida”, explica un ordeñador.

Estas comunicaciones cantadas, que contaban las cuitas y odiseas del campesino eran los cantos de vaquería en los que hunde sus raíces la música vallenata. Esos cantos, al igual que las estrellas que ayudaban en las labores de ordeño, se alejaron del campo del Cesar.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

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