Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Fotos: Yarime Lobo Baute

 

En su alma guarda remembranzas, retratos y paisajes sonoros del Magdalena Grande; memorias que datan desde el momento mismo de su concepción y que a su presente le traen imágenes de su padre feliz en entornos que lo nutrieron de bienestar y de su madre evocando tonadas ancestrales: “Río Manzanares, déjame pasar que mi madre enferma me mandó a llamar”. Hoy se mira y encuentra que “todo eso está ahí en los genes de uno”.

Su abuela Carmen Dora Molina fue una patillalera, criada en ecosistemas de la Sierra Nevada, entre Nabusímake Pueblo Bello y Patillal; prima hermana del emblemático pintor Jaime Molina; cantaba, verseaba y escribía; una mujer muy poética que sin duda le heredó a su nieta el gen artístico y el amor por los temas raizales. “También del lado de mi papá hay unas venas por allá en el sur del Cesar del amor por la tierra y el agro”. Es Yarime Lobo Baute. Es –en sus palabras- una “artista plástica por esencia, arquitecta de profesión, fotógrafa por afición, escritora de corazón y emprendedora por convicción”.

Si se lee desde la cosmovisión indígena, su nombre –Yarime- significa Sol Naciente; al mirarlo bajo el prisma del Yin y el Yan, es Viento Soplante, connotaciones éstas que realzan el sentido de su actuar, ya que suele llegar como el viento, arrasando imaginarios que resultan lesivos para el alma, desalojando lo oscuro, para llenar esos espacios de luz, como el sol, como ella.

Así llegó a Santa Marta, a esa ciudad que tenía en su memoria, repleta de cosas bonitas, pero también de otras que son perfiles del mal, de la degradación del ser, de la dispersión de un ideal de vida en común unidad: Espacios inhóspitos para la convivencia social, representaciones divisorias como el muro que representaba el estigma clasista de la humanidad, del ‘rico acá y el pobre allá’.

Era un muro construido hace más de cuarenta años que tenía estratos distintos y distantes a lado y lado: De un lado, el del estrato cinco, vivían personas con todas las comodidades, que –en su gran mayoría- se opusieron al derribamiento del muro y a la posibilidad de juntarse con los del otro lado, los del estrato uno, unas cuarenta familias que habitaban ahí, con todas las carencias y las necesidades básicas insatisfechas. En palabras del entonces alcalde Carlos Caicedo, el muro simbolizaba la inequidad, la injusticia y la preponderancia de intereses particulares en la ciudad. Además, aquella pared de 160 metros obstruía la construcción de una avenida (del Río) que resolvería en gran manera la movilidad en la ciudad. Entonces el alcalde emprendió la tarea y logró echar abajo cuarenta años de drama social, ambiental y de tráfico.

“Con la llegada al gobierno de Carlos Caicedo (anterior alcalde) y la caída del muro, fue recordar esas canciones de mi madre, recordar esos amores de mi padre con Santa Marta y verlos explotar dentro de uno y darse la oportunidad que el universo mismo, que Dios, pone delante de uno para intervenir ese muro con un concepto muy fuerte, porque el muro se llama Reivindicacióny está inspirado en una mezcla entre la invasión española, en insertar unos paradigmas unas limitaciones basadas en costumbres en cómo el mismo pueblo despierta, toma su linaje y tumba un muro. Es la simbiosis entre el indígena y el español, la mezcla violenta entre las creencias, la elevación del estado de consciencia a partir del caos, el morir a los paradigmas para resurgir en un florecimiento que cual semilla se expande (germinando), el aligerar los apegos para emprender el vuelo”, cuenta Yarime.

Pero en esta Reivindicación para Santa Marta la artista cesarense no trabajó sola. El gran mural, o los 384 metros de arte, son el resultado de un trabajo conjunto, en el que confluyen tres ideas artísticas, que se encontraron mediante una cita puesta por la Alcaldía Distrital, el marco del festival que reúne a movimientos urbanos de la ciudad con los diferentes géneros musicales: rap, hip hop, breakdance, grafiti, champeta y reguetón. “En grafiti hacemos convocatoria en la ciudad, invitamos a los jóvenes y traemos grafiteros reconocidos a nivel nacional. En esta oportunidad invitamos a Franco de Colombia, a Notables y aprovechamos que aquí en la ciudad se encuentra Yarime Lobo que está haciendo un programa que se llama Color Esperanza que trabaja muralismo. ‘Menos grafiti más muralismo’ es el lema de ellos”, explica Diana Viveros directora de cultura del Distrito de Santa Marta.

Fue así como se unieron los tres artistas “y dijimos: Vamos a tratar de contar en esa pared la historia de la ciudad, a reivindicar qué es lo que somos los samarios, de dónde venimos y la fuerza de trabajo de las mujeres, para hablar de género. Franco de Colombia puso su tema muy enfocando al parque Tayrona y la Sierra Nevada, en el rostro de una mujer y un mundo, dando a entender que existe un universo en la Sierra Nevada porque así cosmogónicamente  se la piensan los indígenas o hermanos mayores. Notables trabajo  la fuerza del trabajo de las mujeres. Yarime hizo algo muy de la colonia, el tema indígena, el mar, las olas y los pájaros. Cada uno con conceptos muy diferentes, aunque estuvieran articulados, propuestas pictóricas muy diferentes, pero crearon una experiencia estética que le dio a esa calle de la Avenida del Río un significado histórico artístico; es un pasaje chévere de la ciudad ahora; es decir, resignificaron un lugar a partir de una experiencia estética, con conceptos completamente distintos”, explica Diana Viveros.

Se observa entonces en la propuesta de Yarime, la simbiosis de dos culturas, el encuentro con la esencia, el estallido de los sistemas de creencias, el despertar a tomar las riendas de los cambios; “la consciencia que cual ave extiende sus alas y te lleva a elevar la mirada para volver a germinar, esta vez de adentro hacia afuera. Vacías las creencias y cual mariposa aligeras el vuelo”.

La llegada de este ‘Sol Naciente’ a reivindicar espacios en Santa Marta no comienza con el muro; ya ella con su colectivo Color Esperanza venía trabajando en la resignifcación de otros sectores de la ciudad. “Trabajamos temas de paz, le damos la cara con fe y esperanza al conflicto colombiano” explica la artista.

“Yarime ha sido una gran gestora de todo y todavía está trabajando en este proceso; ha resignificado lugares que estaban completamente olvidados, deprimidos y que se referenciaban como sitios peligrosos; los ha transformado en lugares llenos de color y la comunidad ha participado y ella ha hecho un proceso importante allí”, expresa la directora de cultura distrital.

Es entonces el resultado de una siembra. “Yo me puse a mostrar mi trabajo sembrando en barrios en parques, haciendo la estrategia comunitaria que la misma comunidad sea la artista y uno dirige. Eso tuvo buena receptividad en la Administración. Este gobierno es muy abierto al pueblo”, dice Yarime y destaca el programa Alcaldía a la calle y la Coordinación de Cultura Recreación y Deportes que abrieron la posibilidad de que entre comunidad y Administración se tejan lazos de confianza, credibilidad y amor por la ciudad. “Están presentes con experiencias estéticas llenas de colorido e historia que se hacen de manera comunitaria en muchas paredes, calles y pasadizos de la ciudad”, acota Viveros.

El denominado ‘muro de los lamentos’ no existe ya en Santa Marta y sus habitantes transitan hacia la resignificación de ese sector. Turistas de todas partes se detienen al pasar por ahí para tomarse una fotografía y perpetuar en imágenes la experiencia amable que genera el arte en ese lugar, que quieren los samarios porque tiene una cara bonita, porque les está facilitando la movilidad y porque los lleva a concebirse como uno; lo cual le agradecen al exalcalde Carlos Caicedo y al actual Rafael Martínez que en un proceso de continuidad se apuntó a la apuesta de romper aquel estigma.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

 

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