Viernes, 21 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

Albuerto Puello "El Halcón" / Fotos: Dairo Cervantes  “Sombras nada más,

en el temblor de mi voz”

Canta Héctor Lavoe

LA CARRERA SÉPTIMA parecía un río de aguas espesas. Cantantes, bailarines, habitantes de la calle, puestos de comida, vendedores de todo tipo. Música y gritos que se transformaban en un rugido de fiera enjaulada. En el margen oriental, a la altura de la Calle Veintitrés, ‘El Halcón’ estaba sentado sobre un carrete que alguna vez tuvo cable. Con dos botellas de plástico golpeaba un balde escoltado por una lámina metálica en la que reposaban tres monedas. Tenía barba encanecida que contrastaba con la piel cobriza que se quebraba en las zanjas que atravesaban su frente. Manos sucias, uñas con medialunas de tierra, saco y pantalón de paño y unas botas impecables, que reflejaban el brillo del sol.

No hay Dios que pueda hacer las cosas / como las haces tú —cantaba con una cadencia vecina de ritmos africanos.

Lanzó una sonrisa cuando le ofrecí mi mano para saludarlo

—Hola, ¿cómo estás? Soy amigo de Dairo Cabrera —dije.

—Bien, gracias. Trabajando —respondió con una sonrisa enorme, como si los últimos años de vida no hubieran sido suficientes para agrietar su alegría caribeña.

Calló un instante, como si masticara mis palabras. Luego preguntó:

—¿Amigo de Dairo? Entonces debes saber que soy el cantante de la Orquesta Son Callejero.

Esa es la última orquesta de su larga carrera. También perteneció, entre otras, a la Orquesta de Pacho Galán, La Protesta, La Gran Banda y El Nene y sus traviesos.

Justamente cantaba con El Nene cuando conoció a Dairo Cabrera, quien tocaba en Dinastía, una orquesta de Carmen de Bolívar. Para El Halcón fue un recuerdo que se perdió en las rendijas de su memoria. Para Dairo, en cambio, fue un momento que marcó su vida:

—Mi hermano, cuando lo vi cantar me transporté a Nueva York, a Cuba, a Puerto Rico o a Venezuela, que era un país fuerte en el tema salsero. En ese momento me dije: «no joda; ¡cómo puede tener ese tremando sabor, ese pregoneo!». Mira, nada que envidiar a los caballos de la salsa. Desde ahí empecé a seguirlo: compré todos los discos que grabó, fue a sus conciertos, investigué sobre su vida. Era una admiración profunda la que sentía por ese man.

Fue tan incondicional su fervor que lo buscó en Cartagena cuando Gerardo Varela le contó que El Halcón había tocado andén. Después de horas de buscarlo, lo encontró en el mercado cantando por monedas. Estaba sucio y harapiento. Hablaron de los tiempos en los que El Halcón cantó con Richie Ray en la gira en la que Bobby Cruz se enfermó de la garganta. Las anécdotas se fueron tejiendo hasta desembocar en una calle oscura. El Halcón calló. Minutos después se despidieron. Dairo le dio unos billetes y se fue caminando mientras se prometía que haría algo por él.

En el 2009 tuvo la oportunidad de cumplir su promesa. Ese año entró a trabajar en la Secretaría de Integración Social de Bogotá. Allí formó una orquesta con habitantes de la calle diseñada para que El Halcón pudiera retornar a los caminos de la música y de la vida. En el diseño le fue dando la oportunidad a músicos que le jalaran a la salsa y que estuvieran en situación de calle. Para su sorpresa, a fin de año tenía la mejor orquesta de Colombia:

Roberto Echeverría (arreglista): trabajó con Joseíto Martínez, Joe Madrid, Richie Ray y Bobby Cruz, Olga Guillot y Larry Harlow.

Edgar Espinosa (arreglista y cantante): cofundador del Grupo Niche, arreglista de Oscar D´León, José Majagual Jr, Ismael Miranda, Andy Montañez y Henry Fiol.

José Enrique Ochoa (metales): tocó con Laíto Castro, Rubén Valdés, Rumbavana, Los Corraleros de Majagual y Fruco y sus tesos.

Antonio Ortiz Cuesta (percusión): trabajó en el Grupo Niche, la Banda Saoco y con Washington y sus latinos.

Tocaron en programas distritales para habitantes de la calle y en festivales como Salsa al Parque hasta que quedaron fuera de Integración Social en 2011. Perdieron la posibilidad de ensayar, de tener un lugar donde dormir, comer y bañarse. De nuevo se vieron obligados a deambular por las calles de Bogotá, cantando por sobras de comida, por monedas que reúnen para pagar hoteles de mala muerte.

En el caso de El Halcón, la Séptima es su espacio de trabajo.

—Si me necesitas, me puedes encontrar acá, frente al billar Londres. Si no estoy acá, me encuentras frente a la Iglesia de Las Nieves o frente al Banco Pichincha —explicaba sin perder el ritmo con el que golpea el balde.

El hambre no es las únicas preocupaciones de El Halcón. También debe sobrevivir a la indiferencia de las personas que cambian de acera cuando lo ven. Las mismas personas que revolotean en la Séptima hasta transformarla en un nudo de cuerpos, voces y gritos.

—Vamos a cantar para que la gente colabore con la causa —anunció después de contemplar las monedas sobre la lata.

El pulso de la canción cambió de velocidad, presagiando una descarga salsera.

No hay Dios más grande como tú / no lo hay —cantó al tiempo que el balde proyectaba una sombra que se alargaba con la misma apatía con la que caían las monedas sobre la lámina.

Cruzaron decenas de personas sin mirar. Un niño lanzó una moneda desde lejos, como si se tratara de un juego. La moneda pegó en el balde y rodó por la acera hasta perderse entre el centenar de zapatos que levantaban una nube de polvo.

—¡Qué gusto mi hermano! —saludó intempestivamente un hombre con un abdomen abultado.

Se abrazaron con duros palmoteos en la espalda.

—Te presento a un amigo —dijo El Halcón señalándome.

—Mucho gusto: Gustavo Saenz —apretó la mano con fuerza.

—Este hombre se llama Alberto Puello Villarreal, pero lleva por nombre artístico El Halcón —afirmó Gustavo a gritos—. Es un gran músico, un gran cantante, una persona extraordinaria —Puso la mano en el pecho como si representara una obra de teatro—. Con decirte que cantó boleros en el quinceañero de mi hija. Fuimos grandes amigos en Cartagena.

Gustavo sacó dos billetes del bolsillo de la camisa: uno de cinco mil y otro de dos mil. Le dio el de cinco mil a El Halcón. El otro lo introdujo en el bolsillo del pantalón, dejando la mano dentro del bolsillo mientras hablaba a gritos, sin dar la oportunidad de responder. Minutos después sacó el billete de dos mil y se lo dio a “Albertico” como le decía a El Halcón.

—Un gusto mi hermano. Por acá estaré pasando para que hablemos —gritó Gustavo.

Se abrazaron con palmotazos en la espalda. Me apretó la mano con fuerza y se perdió en la multitud.

—Viste que Jesucristo se está manifestando —susurró El Halcón.

—Antes cantabas boleros, ¿por qué los dejaste? —pregunté.

—Canto lo que nace en mi corazón. Últimamente me nace cantarle a nuestro señor Jesucristo. Ahora, si quieres que te cante boleros, podemos hacer negocios. Háblate con Dairo. Una vez le vi un amplificador así de grande, que le costó quinientos mil —Puso la mano a cincuenta centímetros del piso—. Lo compras y lo traes para que yo canté.

Guardó silencio por unos segundos. Parecía que la nostalgia le rasguñaba las entrañas. Golpeó el balde con fuerza, como si quisiera espantar las tinieblas.

—Yo aquí bañadito, bien vestido y afeitado, tapado con un sombrero para que nadie me conozca. ¿Ya? Cuando de pronto salgo a cantar boleros de Orlando Contreras o de Daniel Santos. Hasta habrá gente que llorará. Y en seguida colaborarán de a veinte, de a cinco, de a diez mil barras. Vas a ver —continuó.  

A comienzos del 2013 cantaba con un amplificador como el que acaba de describir. Vestía con una chaqueta de paño, una camisa a cuadros, pantalón tabaco y zapatos cafés con una franja blanca que imitaba unas polainas. Meses después la ropa empezó a deteriorarse: el saco de paño fue reemplazado por otro que le quedaba estrecho. La camisa era dos tallas menos de la suya, con botones de menos y una corbata que le llegaba a mitad del pecho.

Para el 2014 el amplificador fue reemplazado por una grabadora que colgaba de su hombro derecho. Caminaba nervioso, como si le perturbara el caos de las estaciones en las que deambulaban cantantes de rap, vendedores ambulantes y habitantes de la calle con cobijas en el hombro. A pesar del desasosiego, entraba a los articulados a cantar boleros. Una noche interpretó El juego de la vida con un sentimiento desgarrador. Recibió un aplauso unánime que lo animó a continuar cantando hasta que llegó al Portal de la 80. Algunos le ofrecieron dinero que no aceptó. No era necesario: tenía el respeto del público.

En el 2015 desaparecieron la grabadora y los boleros. Deambulaba por el centro de la ciudad andrajoso, con zapatos que chancleteaban por falta de cordones y una barba espesa. En cada mano llevaba una botella de gaseosa atiborrada de tapas de gaseosa que zarandeaba para acompañar los cánticos cristianos. Después encontró el carrete y el balde que le dieron la posibilidad de estacionarse en la Veintitrés con Séptima, lugar en el que los vendedores se multiplicaron hasta ocupar toda la calle, dejando un pasillo por el que cruzaban las personas en fila india.

Una pareja se detuvo frente a nosotros. La muchacha sacó una moneda de quinientos y la dejó con delicadeza sobre la lata. El novio le apretaba la mano como si temiera que le hiciéramos daño.  

—Dios les bendiga ese amor —dijo El Halcón con una sonrisa sincera.

Brillaron los ojos de la muchacha, le dio un pico al novio y continuó su camino.  

—¿Estás casado? —le pregunté.

—Tengo mi esposa en Cartagena. Allá vive con mis hijos.

—¿Cuántos hijos?

—Dos niñas y un niño. El mayor, Fabián Alberto, estudió para hacer programas de radio y de televisión. La menor estudió gastronomía en el Sena. Yanina, la segunda, estudió diseño de interiores. Hace poco me dijo: «papi, ahora quiero estudiar diseño industrial».

—¿Hablas seguido con tus hijas?

—Pregúntale a Dairo para que veas que no te miento. Sufro mucho por no hablar con ellas. Cuando me vine a Bogotá les dije que me quedaría difícil llamarlas. Saben que sufro por ellas, pero tienen que ser valientes, tienen que dejar tanta pendejada: saben que estoy bien, que estoy trabajando. Y yo sé que no les ha pasado nada.

—¿Te ha ido bien en Bogotá?

—¡Claro! Dios ha sido misericordioso conmigo. Nunca he dormido en la calle desde que estoy acá. ¡Nunca!

Normalmente reúne de moneda en moneda los doce mil que le cuesta el hotel. Pocas veces el dinero aparece en bloque, como sucedió con Gustavo. En algunos casos la plata aparece cuando perdió las esperanzas de dormir bajo techo.

La noche anterior, para no ir tan lejos, se acostó en una banca con cinco mil en el bolsillo y el hambre ronroneando en sus intestinos. Minutos después lo despertó un puñado de religiosas. Le dieron comida, hablaron sobre Jesús. le regalaron diez mil pesos y un rosario de cuentas de madera que llevaba en el cuello como amuleto de buena suerte.

Los vendedores nos arrinconaron mientras hablábamos. La algarabía desbordó la voz de El Halcón, quien retomó la idea que había dejado inconclusa:

—Vas a ver que te pongo a ganar plata desde el primer día que traigas el amplificador. Ochenta, cien mil.

—Dudo que pueda hacer el negocio: estoy corto de fondos.

—No te preocupes: sé que alguien se animará. ¿Quién no quiere hacer un negocio en el que se gana plata desde el primer día?

En una nube blanca… —intentó cantar, pero se detuvo bruscamente en el primer verso—. ¿Cómo será esa primera presentación? —Reflexionó en voz alta—; hasta los periodistas vendrán a verme.

Calló por unos segundos, como si calculara las ganancias.

Cristo volverá… oye, no le pares bolas al cantante ese. Al negrito que canta como Juan Gabriel… ese negro es malo. El otro día me buscó problemas. ¿Sabes de cuál te hablo?

—De ese —señalé a un hombre de pantalón y camisa negra, corbata roja y gorro de paño.

En una nube… es bajito, ¡pero tira puños!... ni te imaginas… Aleluya, aleluya… los problemas nacen porque Dios puso todas las fuerzas en la tierra.

Trenzaba versos, historias y argumentos que le llegaban a la cabeza sin importar si había correspondencia entre ellos. Sus ideas transitaban los mismos caminos azarosos por los que llegaban las monedas que se acumulaban en la lámina.

Mientras hablaba, la sombra del edificio del frente subió por su cuello, se entretuvo unos segundos en su barba, cruzó con dificultad las arrugas de la frente y trepó la pared descascarada que estaba a nuestra espalda.

La algarabía era cada vez más insoportable. El Halcón intentó cantar de nuevo, pero se dejó llevar por una disertación sobre la salvación de las almas.

—Me dolería que ese señor, si no es cristiano, si no cree, se quede en la tierra cuando venga Jesús —Señaló a un anciano de ruana y boca hundida por falta de dientes—. ¿Sabes cómo será el fin de los tiempos?

Negué con la cabeza.

—Deja que te cuente.

La sombra había superado el portón cuando inició la exposición. En mitad de la charla una pareja de adolescentes, casi niños, le ofrecieron una bolsa con el logotipo de un asadero de pollos.

—Gracias, Dios les multiplique —agradeció con una sonrisa—. Muchachos, no se la pasen por las calles que hay mucha cosa mala por ahí.

—Cómaselo rápido, que después se le enfría —dijo la niña sin prestar atención a lo que le decía.

—No se preocupen: me lo como ahora que termine de hablar con mi amigo.

Levantaron los hombros y se fueron. Dejó la bolsa sobre el balde y continuó la perorata.

Detuvo el discurso cuando la sombra terminó de colonizar la ventana del segundo piso. Pensó unos instantes y después concluyó:

—Acá no hay futuro. Préstame cinco mil barras para completar lo del hotel. Te los devuelvo un día que toque con Dairo.

Le di un billete que reunió con los que le había dado Gustavo. Los dobló en cuatro y los metió en el zapato.

—Hay que tener cuidado. Los ladrones trabajan con celular: llaman a los otros para decirles: «allá va el cantante y que tal». El otro día una muchacha iba detrás de mí. Bonita ella. Simpática. Estaba mirando qué tenía yo. Pero no le di oportunidad. ¿Ya?

Tomó la bolsa que le habían regalado los adolescentes y lo metió al bolsillo del saco. Contó las monedas y las metió al pantalón. Dobló la lámina y la introdujo con las botellas en el balde que se colgó del hombro derecho. Acomodó el carrete debajo del brazo izquierdo y empezó a caminar.

Atravesamos la Séptima con la misma dificultad que se cruza por un río arisco.

—Vamos comiendo lo que me regaló la muchacha—sacó la bolsa del bolsillo de la chaqueta. —Ella me dijo: «cómaselo rápido, que después se le enfría» —Imitó el tono de la voz de la niña.

La bolsa tenía un cuarto de pollo.

—¿Quieres? —me preguntó.  

—No; gracias.

En la plazoleta de Las Nieves un grupo de mujeres con sonrisas a las que les faltaban algunos dientes, lo aplaudieron al tiempo que gritaban:

—¡Llegó el cantante de los cantantes!

Las saludó de beso. Algunas se le colgaron del cuello para impedir que se fuera. Se disculpó varias veces, movió los pies cuando le pidieron que bailara y se fue entre una salva de aplausos.

—Me quieren, ¿Ah? —dijo sonriente en la Novena—. ¿Viste cómo me aplaudieron?

Bajamos por la Calle Veintiuna hacia el occidente. Nos detuvimos en la Carrera Décima.

—… en los festivales de cerveza ganaba trescientos mil por baile. Pagábamos con mi esposa hasta cinco meses de arriendo por adelantado —decía al tiempo que devoraba el pollo con ansiedad.

—Te dejo —interrumpí.

—Hombre, gracias por todo. Dios te ayude —Me apretó la mano con suavidad.

Cruzó la avenida corriendo. En el separador se detuvo para gritar:

—¡Oye! Llámate a Dairo para que le des mi dirección.

Dictó la dirección desde el separador, pero sus palabras se enredaron en el fandango de buses.

—Gracias mi hermano. ¡Bendiciones! —concluyó. Corrió para cruzar la calle. Bajó la velocidad cuando llegó al andén. Miró al sur y luego al norte, como si temiera que lo siguieran. El sol de las cinco de la tarde le golpeó la cara en la esquina de la Veinte. Caminó con el balde colgado en el hombro derecho y el carrete en el izquierdo. Se detuvo a mitad de cuadra. Miró hacia atrás y continuó caminando por el costado sur. La sombra lo devoró lentamente hasta que se transformó en un manchón que se escurrió por una calle que naufragaba en la oscuridad.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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