Viernes, 22 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

La globalización avanza a pasos agigantados y en su vorágine insaciable va engullendo sin remedio todo lo que siempre nos ha identificado. Va dejando sin historia a los pueblos y personas, va lapidando fríamente las costumbres y las tradiciones. Va corroyendo la belleza salvaje de los mitos y leyendas, va arrasando sin piedad las creencias y saberes ancestrales. Va arrinconando en el olvido los gustos, olores y sabores de nuestra cocina criolla. Va acabando con lo que somos, y terminaremos aceptando que fuimos y ya no somos.

Los que nacimos en el pueblo, aún no nos percatamos del desastre cultural que está ocurriendo, pues no interpretamos correctamente los síntomas de este cáncer maligno que consume nuestra cultura y que ya comienza a hacer metástasis en nuestra manera de comportarnos. Antes nos preciábamos de conocer a los nativos y foráneos que vivían en nuestros pueblos, sabíamos sus nombres, su procedencia y su forma de ganarse la vida. Éramos capaces de interpretar si el forastero era buena o mala persona con solo saber cuáles de nuestros paisanos eran sus amigos. Ahora no. No sabemos quién es el vecino, ignoramos su procedencia y no nos interesa su forma de ganarse la vida. Nos convertimos en una población habitada por extraños, al punto de que nuestros paisanos y nosotros mismos lo somos, extraños los unos para los otros.

Perdimos la oralidad, los dichos, las bellas anécdotas de nuestros mayores, perdimos los suculentos platos pueblerinos y las costumbres de los paseos de ollas al río o la quebrada. Ya los enamorados no dedican serenatas por las noches. El piropo caballeroso y elegante fue reemplazado por la procacidad y el acoso. El respeto a los mayores pasó a ser historia. Los espantos y leyendas se desvanecieron en el piélago de historietas sin sentido de otras culturas desconocidas y remotas.

Los juegos y rondas tradicionales son piezas de prehistoria. Las canciones de cuna y los arrullos que cantaban las nanas del pasado a los niños de antes, se perdieron encofradas en las gargantas de las abuelas que murieron de tristeza al no poder dormir entre sus brazos a sus nietos del ahora. Los cantos de vaquería, las décimas que cantaban los abuelos se fueron apagando, silenciadas por los equipos de sonido y los melosos cantos de otros aires musicales.

Ya casi nadie sabe hacer en su punto una chicha de grano endulzada con panela o una chicha de mamo con la fermentación exacta para degustarla. El peto caliente que vendía la anciana en su venta callejera, perdió su textura y su sabor, ahora los niños prefieren el yogur y las bebidas azucaradas. No encuentras en tu pueblo “delicatessen” criollas como la casadilla, el caballito de ángel, los panderos y merengues. Se convirtieron en piezas de colección gastronómica el enyucado y la arropilla. Es una rareza encontrar los merengues preparados con arroz, y que en mi pueblo llamábamos delicados. La cañanga y el cafongo son palabras extrañas que han desaparecido de nuestro vocabulario y que ya nuestro paladar no reconoce.

Estamos perdiendo aceleradamente nuestras raíces, nuestra identidad y nuestra conciencia de pueblo, para correr detrás de la ilusión que nos presenta la globalización arrolladora que nos deja sin historia y sin cultura. Hemos ido botando sin consciencia nuestra propia esencia, hemos escanciado nuestro espíritu y nuestra raigambre de tradición y familia para llenar de nuevo nuestro cuerpo y nuestra mente de una historia que no es la nuestra, de unas creencias que no entendemos, de una forma de vida extraña que nos adormece y nos aniquila.

Es hora de mirar hacia el pasado para recobrar la identidad perdida. Es hora de asumir responsablemente nuestro papel histórico en estos momentos de crisis moral y de identidad. Es hora de recobrar nuestra historia, recordarla, escribirla, contarla y enseñarla a estas nuevas generaciones que gravitan en un presente sin pasado y con un futuro nebuloso y gris. Es hora de ser auténticos, de demostrar nuestro orgullo pueblerino y portar con dignidad el linaje de nuestros mayores. Es hora de no avergonzarnos de ser lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos. Es hora de saber de dónde venimos para situarnos en donde estamos y poder definir hacia dónde vamos.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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