Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Andrés Caicedo / Foto: BanrepCultural.org

 

En días pasados tuvimos un doble aniversario centrado en el mismo individuo, una fecha que nos presenta la encrucijada terrible de celebrar la aparición de la mayor obra del precoz y genial escritor caleño Andrés Caicedo: ¡Qué viva la música! Y conmemorar, a la vez, su decisión previsible -aunque incomprensible- de suicidarse con una dosis letal de barbitúricos. 4 de Marzo de 1977, fecha que nos señala estos dos sucesos en la biografía del escritor que planteó que nunca se debía dejar de ser niño y, por ende, “vivir más de veinticuatro años era una insensatez”.

“Soy rubia, rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’. No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo…”. Es el inicio reverenciado, en tono juvenil y desenvuelto, de la novela que redondea la leyenda creciente a la que su autor dio inicio con su muerte y que lo llevó a ser un fenómeno nacional, y hoy por hoy, ha permitido traducir su obra a seis idiomas, cosa que no consigue un autor colombiano contemporáneo con mucha frecuencia.

Andrés nació el 29 de septiembre de 1951, siendo el quinto hijo de Carlos Alberto Caicedo y Nellie Estela y el único varón que sobrevivió. Sus otros dos hermanos varones, uno mayor y uno menor, murieron a muy temprana edad. Tuvo tres hermanas: María Victoria, Pilar y Rosario.

Su precocidad literaria se evidencia desde los tempranos 13 años en los que escribió su primer cuento El Silencio. Las Curiosas Conciencias, su primera obra de teatro, la escribió a los  15 años, al igual que su tremendo relato Infección.

A los 17 años escribe La Piel del Otro Héroe, con la cual ganaría el Primer Festival Estudiantil de Cali. A los 18 años inicia su crítica cinematográfica en los diarios: El Espectador, El País, Occidente y El Pueblo, es ganador del Concurso de Cuento de la Universidad del Valle con el relato Berenice y ocupa el segundo lugar en cl Concurso Latinoamericano de Cuento organizado por la revista venezolana Imagen con el relato Los dientes de Caperucita, a los 20 años funda (junto a Carlos Mayolo y Luis Ospina) y dirige el Cine Club de Cali y a los 23 creó la revista Ojo al cine, de la cual quedó el sexto número a espera de su publicación al momento de su suicidio y escribió su cuento Maternidad, que sería considerado por el mismo como su mejor obra.

Su vida y su obra estuvieron mediadas por cuatro grandes amores o pasiones: El Teatro, su primera obsesión, en el cual dirigió varias obras de Ionesco y trabajó en el Teatro Experimental de Cali bajo la batuta del maestro Enrique Buenaventura. El cine, del cual fue espectador furibundo y admirador de Hitchcock, Buñuel y Peckinpah y al cual intentó llevar, sin éxito, con su amigo Mayolo, su guión Angelita y Miguel Ángel en 1972. Los libros, que devoró con fruición haciéndose fanático de Poe y Lovercraft de quienes aprendería a retratar con maestría el terror en los espacios juveniles que exploró en toda su obra. Y la música, que permea varios de sus textos y en particular ¡Qué viva la música! En cuya primera parte predominan el Rock y particularmente los Rolling Stones. Su segunda parte está relacionada con la salsa dura predominante en los barrios populares de Cali.  No es casual que en sus textos haya una tremenda musicalidad, que puede atribuirse al impacto causado por el estilo de Guillermo Cabrera Infante.

¡Que viva la música! es ya un clásico de la literatura colombiana, contado en primera persona por el personaje de María del Carmen Huerta con la que Caicedo logra destacarse novedosa y originalmente apropiándose progresivamente de un lugar preponderante en la narrativa colombiana, dando relevancia a la sociedad urbana y sus problemas sociales, realidad que se contrapone al realismo mágico reinante en sus años de producción y que lo convierte en el primer “enemigo de macondo” que tendría sus ecos y amplificaciones en escritores como Efraím Medina Reyes.

Andrés, en la persona de María del Carmen, nos invita a una fiesta sin sosiego con la cual deja la vida común de adolescente de la alta sociedad a la que está acostumbrada para sumergirse en los excesos, per con felicidad, en el mundo de la rumba, la música y las drogas. Vehículos por medio de los cuales se descubre una ciudad que hoy se lee distinta recorriendo sus calles y que en esos años simbolizaba el cielo en su norteña Avenida Sexta y su bello parque Versalles y representaba al infierno sureño en su río Pance, su caseta Panamericana y los refugios de la salsa y el sexo en los límites finales de la calle quince.

Todavía se dan como fresas salvajes la variedad de adolescentes sobre la cual Caicedo armó su prolífica obra: muchachos convulsos, pudientes, melómanos, adictos, parricidas, suicidas o en trance mortal, sepultados en vida por la culpa que trae el excesivo tiempo perdido, desesperados por sacarse del cuerpo los estragos de y el dolor tanto exceso, reacios a sobrellevar el ancla paterna, deseosos de una catarata de drogas que cure el aburrimiento… delincuentes… aunque muchos de sus crímenes sean encubiertos, silenciados, minimizados. Justificados.

La mejor forma de unirnos a la conmemoración de este doble aniversario y a todos los homenajes que se harán entorno a la vida y la obra de Andrés es, precisamente, adentrarnos en su obra, sus múltiples cuentos reunidos en numerosas recopilaciones: Angelitos empantanados, Destinitos fatales y Calicalabozo, entre otras.

En línea se pueden encontrar varios de sus textos en este enlace: por medio de los cuales se puede tener una adecuada introducción al universo Caicediano dentro del cual recomiendo los relatos: Los dientes de Caperucita, Mi cuerpo es una celda, Por eso yo regreso a mi ciudad, Vacío, Infección, Maternidad, Calbanismo y Noches sin fortuna.

Los siguientes documentales nos pueden servir, también, para adentrarnos en su vida y su obra: Unos pocos buenos amigos, Luis Ospina, 1986. Calicalabozo, Jorge Navas, 1997. Andrés Caicedo o La muerte sin sosiego, Sandro Romero rey, 2007. Noche sin fortuna, Alvaro Cifuentes y Francisco Forbes, 2011. Todo comenzó por el fin, Luis Ospina, 2015.

Para finalizar este breve recorrido conmemorando a Andrés y su obra, nada mejor que hacerlo con el epígrafe de ¡Qué viva la música! Y que ejemplifica su filosofía de vida, de obra y de muerte, que no fue más que su forma de eternizarse, de lograr que el escritor con cara de estrella de rock envejeciera perfecto, incólume y a salvo del desastre y el caos que con genialidad describió y a los cuales pretendió escapar con las 60 pastillas de secobarbital que ingirió hace largos 40 años.

“Que nadie sepa tu nombre

Y que nadie amparo te dé.

 

Que no accedas a los

tejemanejes de la celebridad.

 

Si dejas obra,

muere tranquilo,

confiando en unos pocos

buenos amigos”.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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