Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Quiero aclarar que mi único talante al escribir mis artículos es resaltar los hechos importantes y los personajes notorios que vivieron en la ciudad de Valledupar y en la región norte del Caribe Colombiano. Muchos ya no están con nosotros, pero a través de estas líneas los recordamos y trasmitimos su legado a las nuevas generaciones. Otros ni siquiera conocimos, solo por la tradición oral y la investigación personal concibe que pueda escribir sobre ellos.

 Como los colegios de enseñanza secundaria eran tan escasos en nuestra región, por no decir que no existían, por allá en el primer lustro de los años sesenta, los muchachos deseosos de continuar sus estudios y, que además sus padres tuvieran medios económicos para enviarlos, tenían que trasladarse a la ciudad de Santa Marta que era la capital del  entonces departamento del Magdalena grande, o en cualquier ciudad del país donde existieran planteles educativos que les fuera posible para sacar adelante sus estudios secundarios donde les otorgaban el título de bachiller en filosofía y letras.

Por esta razón los vallenatos José Alfonso Martínez, Carlos céspedes Martínez y José Guillermo Baute Uhía (el panita, q.e.p.d.) estudiaban en el colegio San Luis Beltrán en la ciudad de Santa Marta. Allí, con mucha nostalgia hablaban con sus compañeros de estudios y profesores de confianza de las bellezas y bondades de su tierra, recordaban un rio de aguas frías y cristalinas. “El que se baña en el rio Guatapurí se queda aquí”, decía el panita, refiriéndose a su ciudad, además explicaba que en su casa, cuando era visitada por su padrino Alfonso López Michelsen y otros amigos importantes de su padre, se hacían las parrandas más afamadas de la ciudad y allí solamente tocaban los acordeoneros mas destacados de la región,.

Todo este encanto, entusiasmó a un grupo de muchachos y a uno de sus profesores, el padre Cañas, a conocer en una Semana santa a la hermosa ciudad de Valledupar. Los muchachos se repartieron para el alojamiento entre las casas de los padres de Carlos Céspedes y  José Alfonso Martínez, mientras que el padre Cañas se hospedó en la casa de los padres del Panita. Esto llenó de gozo a sus progenitores al notar que su hijo era amigo de un religioso.

Al día siguiente, el padre Cañas le manifestó a su amigo y alumno que quería conocer ese hermoso rio del que tanto le habían hablado, de modo que se fueron para el balneario Hurtado, que para entonces solo había allí el bar de Yayo Ustáriz que constaba de una pista de baile construida en cemento liso, un traganiquel (hoy moderna rocola) de veinticinco discos de 45 revoluciones por minuto. Además, el lugar era muy frecuentado por contrabandistas y prostitutas.

Una vez allí se dirigieron directamente al río, el Panita llevaba una mochila arhuaca terciada que llamó mucho la atención del cura. “¿Qué llevas ahí?”, le preguntó señalándola con un movimiento de labios. “Padre, esto es algo rico para calmar el frio”, le respondió al Panita sacando a la vez el contenido de la mochila. “Caramba es un ron y es mi tocayo”, exclamó el sacerdote. “Sí, padre, es ron caña y es suavecito. Tómese un traguito solo para que lo pruebe”. El religioso como por curiosidad aceptó la invitación, pero detrás del primero vino otro, otro y otros. Para no alargarme más, al poco rato ya estaban sentados en el bar de Yayo, dueños de meza y con servicio completo e incluso el padre le daba monedas al Panita para que alimentara al traganiquel y le pedía la canción de moda: la “chula con la montero”.

La alegría era notoria y, estando en esas, de repente escucharon un pito fuerte acompañado de gritos y risas femeninas, el Panita, alertado miró fijamente al carro que pitaba y gritó muy entusiasmado: “Padre por mujeres no es, ahora sí se compuso esta vaina, el que viene ahí es el Pelusa, el chofer del bus de las monjas con todas las putas del bar El cielo de luz”. Como era cierto, el Pelusa, con el pretexto de lavar el bus del colegio Sagrada familia, donde se desempeñaba como conductor escolar, consiguió que las hermanitas capuchinas le dejaran sacar el carro recogió a sus amigas a quienes en la noche anterior les había prometido llevarlas al rio y con la gran suerte que al primero que se encontró al llegar fue a su viejo amigo. Se saludaron, entusiasmados, se abrazaron y se palmearon fuerte las espaldas e inmediatamente el Panita le presentó a su profesor. Las putas estaban encantadas y todas querían bailar con el cura, así que éste se despojó de la sotana, e inmediatamente el Panita se la puso y se armó una parranda de santo y señor mío. El Panita hacia un pase que hacia arrodillar a la pareja y luego les decía: yo os bendigo, lo que producía las carcajadas de todos, como ya la luz era deficiente y  la noche era notoria, el Pelusa le preguntó al Panita: “Compadre pana, ¿Y ahora pa´ donde nos vamos?”. “¡Pá la cuarta vamos, al bar de cielo, y armamos un fundingue!”, le respondió el Panita.

Al día siguiente José Alfonso Martínez, Carlos Céspedes y los demás muchachos andaban muy preocupados por la suerte de su amigo y de su profesor. Por otra parte, las monjas acompañadas de dos policías y del inspector, que en esa época era el señor Carlos Herazo, también buscaban al Pelusa para recuperar el vehículo escolar. Ese día, las niñas no fueron recogidas para ir a clase, todos se unieron en la búsqueda, con tan buena suerte que se encontraron con el señor Borrego que venía montado en un mulo al preguntarle si había visto al bus escolar, éste les informó: que ese carro estaba atravesado en la calle al frente del bar luz y allí se encontraba el hijo de Guillermo Baute y un cura bailando con todas las mujeres del bar…

Después de su regreso a la ciudad de Santa Marta, el padre Cañas, por quejas de las hermanas capuchinas, fue despedido del colegio san Luis Beltrán, y años después fue arrollado por un vehículo fantasma en Ciénaga, su ciudad natal donde murió al instante.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

 

La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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