Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Ella estaba sentada sobre sus talones, como una niña de ocho años. Lloraba frente a la tumba de mi esposo con las flores apretadas en las manos. Era un llanto profundo y silencioso. Después dejó las flores sobre el pasto y sacó una agenda del morral. La acarició unos segundos, buscó una página y leyó en voz alta algo que no pude escuchar porque estaba lejos de mí. Quizás leía alguno de los poemas que le enviaba al correo. Decenas de poemas largos, ingenuos, deshilvanados. Palabras puestas de cualquier manera que pretendían hablar del amor desigual de una adolescente por un hombre mayor.

A las mujeres no nos queda difícil saber la clave del novio y menos del esposo. Basta conocerlos un poco y estar a su lado cada vez que abra el correo: un abrazo por la espalda mientras escribe la clave o sentarse al lado con el televisor a todo volumen, haciendo comentarios sobre la novela pero mirando el teclado. Tantas cosas que nos ideamos las mujeres para hacerlo sin que ustedes se den por enterados.

Justamente porque conocía la clave de su correo, sabía que esa muchachita le enviaba poemas y fotos que subieron de intensidad a medida que crecía. En la primera fotografía está sentada en el sofá abrazando un oso de peluche más grande que ella. Sonríe con picardía, como diciéndole que así lo quería tener a él. En la siguiente foto tiene pijama azul cielo que le deja ver dos senos demasiado grandes para una mujer de su edad. Mira la cámara desde la incertidumbre de una mayoría de edad recién estrenada. La tercera y última foto, tiene un buzo y un panty negro. Las manos hacen el ademan de bajar los hilos del panty con un gesto de irreverencia. Sus ojos miran a la cámara con la seguridad de saberse deseada.

Dejó de leer al rato. Dejó la agenda al lado de las flores. Contempló la tumba con los labios apretados y las lágrimas bajaban dejándole un sendero de pestañina en esas mejillas delicadas, como de bebé.

Le confieso que la juventud y belleza de esa mocosita me llenan de rabia. ¿Por qué Fernando no se habrá ido con ella? ¿Qué lo empujó a quedarse conmigo? Hace buen tiempo que dejé de ser atractiva. Nunca fui interesante para él. No leía a Borges ni a Kazantzakis. No sé quién carajos es Junot Diaz ni me interesa conocer a Rilke a pesar que en mi adolescencia leía novelas. Pero, después, mi universo se transformó en impuestos, informe de final de mes, cuentas de nómina. Horarios de ocho horas que se alargan a diez o doce. Chismes de oficina que siempre incluyen el romance de alguna muchachita desorientada. Una vida que se transformó en un libreto aburrido y repetitivo en el entraba y salía el Fernando que me tocó en suerte.

¿Cómo habrá sido el Fernando que conoció esa muchachita? ¿Sería igual de histérico al hombre que tuve por esposo?

Muchas veces envidié a esa culicagada. A ella le tocaba lo mejor de Fernando: el hombre generoso y dulce que conocí en la juventud. Aquel estudiante que me llevaba a caminar por el centro porque no tenía plata ni para un café. El que soñaba con ser un escritor de culto y que al final no fue más que un profesor de colegio. A mí, en cambio, me tocó el Fernando histérico, desordenado, grosero. El salvaje que pedía sexo a gritos o que tiraba el anillo a la caneca de la basura cada vez que nos acorralaban las deudas. El Fernando que padeció una úlcera que todas las noches lo hacía gritar, revolcarse en la cama como un gusano, que lo hacía vomitar sangre abrazado al inodoro.

Ella lloró hasta desahogarse. Dejó las flores en la lápida, metió la agenda en el morral y caminó hacia la salida. La seguí sin que se diera cuenta. Por alguna razón quería verla más tiempo. Quizás quería odiarla un poco más, para que se me avinagraran las entrañas. Quizás por eso llegó a mi cabeza  la imagen de ella cabalgando a mi esposo mientras yo naufragaba en informes y arqueos de cajas. Las vacaciones en que la llevó a un congreso de Literatura a Cartagena, dejándome encerrada como una idiota. O las veces que lo llamaba a la casa para decirle quién sabe qué cosas.

Pude formarle pelea a Fernando por las llamadas o por los correos. Tuve muchas oportunidades de terminar su jueguito de viejo verde. Pero no lo hice porque prefería que me pusiera los cachos a vérmelas sola contra esta vida de mierda… ¡Qué ironía! No importó que me hiciera la loca, o que aguantara la grosería de Fernando, porque finalmente quedé sola como un hongo. Sola y vieja. ¡Linda combinación! Ni siquiera me queda la esperanza de encontrar esposo porque a mi edad el amor no es más que un cuento de hadas.

Caminamos por senderos oscurecidos por árboles frondosos, tomamos una avenida que rodeaba un condominio de tumbas y al final llegamos a la Autopista Norte. En el paradero ella esperó el bus alimentador con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Me acerqué lentamente y, cuando estuve a su lado, le dije “Perra” al oído. Dio un salto y después me miró a los ojos. Se puso pálida. Bajó la cabeza y se fue dando zancadas largas. Subió las escaleras del puente peatonal de dos en dos. A mitad de camino me contempló de nuevo. Levanté el brazo lo más que pude y le hice pistola con el dedo medio. Bajó la cabeza y siguió caminando sin mirar atrás.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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