Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Siempre me había preguntado el por qué los gringos manejan el problema de la droga con una elástica moral que les hace drástico contra los productores y narcotraficantes foráneos y algo tibios contra sus propias mafias locales. Me preguntaba por qué invierten grandes sumas en el control de la coca en Colombia y en cambio son permisivos en la producción y consumo de cannabis en su propio territorio. Escuchaba y analizaba las respuestas que daban los entendidos, analistas, periodistas, columnistas, y las ingenuas respuestas de la gente del común, y me identificaba con algunas de ellas: los gringos no quieren que sus dólares enriquezcan a países como Colombia, Bolivia, etc. Los yanquis (como lo hace Trump, ahora sobre la industria) defienden la producción nacional de su propia porquería.

En esa curiosidad de desocupado que sufro con frecuencia y que utilizo para buscar temas para mi columna me lleva por momentos a establecer relaciones entre noticias y entre temas por dispares que parezcan. Ayer leía la noticia publicada por Semana sobre la muerte del General Bedoya y su presunta relación con la muerte del humorista Jaime Garzón, según versión dada por el ex paramilitar alias Don Berna, y el comentario sobre esta misma noticia hecha por el caricaturista Matador, donde comentaba que se murió el General sin responder por este crimen. Yo en esa lógica de desocupado lo asocié inmediatamente con un personaje extinto de mi pueblo llamado don Emiliano Castro propietario del mayor almacén de telas de Tamalameque en tiempos pasados. Cuentan que don Emiliano, cuando oía doblar las campanas con el tañer característico de que hubo muerto en el poblado, se paraba a la puerta del almacén y preguntaba a los transeúntes ¿Quién se murió? Al recibir respuesta entraba a la trastienda buscaba el libro de cuentas por cobrar, ubicaba el nombre del cliente muerto y en letras de molde, en mayúsculas sostenida y con tinta roja escribía a todo lo ancho de la página Cancelado.

Volviendo al tema inicial sobre lo que me inquietaba del comportamiento ambiguo de los gringos sobre la droga, me llegó como rayo revelador el caso de la caída del WhatsApp, la red social más extendida, con más de mil millones de usuarios diseminados por el mundo y con la tendencia a multiplicarse, la que en horas de la tarde del día 03 de mayo tuvo su peor salida de servicio. Se cayó en cuatro continentes y la falta de este servicio me puso a prueba para medir el grado de adicción que sufría en el uso de esta plataforma. Inicialmente, pensé que se habían agotado los datos de mi celular, cuando llegué a casa lo intenté por el wifi y nada. Entré al Facebook y el servicio era normal, indagué en la prensa electrónica y encontré titulares que daban cuenta de la caída del servicio del WhatsApp. En forma compulsiva a cada momento trataba de establecer contacto con cualquier usuario registrado en mi lista y nada, ahí me di cuenta del grado de dependencia que tenía a estas redes, podría decir que soy un adicto moderado.

Alcancé a sentir algo de angustia y para paliar mi desazón comencé a observar el comportamiento de otras personas notando la misma tendencia de mirar el celular y tratar de ingresar sin resultados en la plataforma caída. Observé en Twitter a cantidades de twitteros enviando memes y haciendo humor sobre la caída del WhatsApp, lo mismo ocurría en Facebook, la gente tomaba con humor esta circunstancia, lo hacían en son de burlas con memes ingeniosos como el que decía que Electricaribe había comprado a WhtsApp en una tácita alusión al por qué se había caído. Entré en el juego y subí algunas frases jocosas sobre lo mismo y pedía que ojalá se cayera Twitter para ver si por fin el senador Uribe dejaba en paz a Colombia.

La caída de WhatsApp y el caso de la doble moral gringa sobre la droga me llevaron a establecer la siguiente relación: Si sentimos angustia por no poder comunicarnos por una red social, habiendo otras, me imagino la angustia de un cocainómano no teniendo su dosis, su crisis debe ser aterradora. ¿Ahora imagínese qué pasaría en las grandes ciudades gringas el día que no haya cocaína? Son más de catorce millones de cocainómanos que deambulan por sus calles. Imagínense el desmadre que tendrían, atracos en las calles, asesinatos, grandes ejecutivos lanzándose desde los pisos altos de sus edificios corporativos, policías, senadores, alcaldes, gobernadores y ministros descocados por la falta de sus dosis.

Llegué a la conclusión que el negocio de la coca en USA es un caso de seguridad nacional por eso están y no están en contra de su comercio. Lo que no entiendo, es que con tanto ingenio hollywoodense no haya salido el film titulado «El día que no nevó en New York” que narre el despelote bestial que se armaría en la capital del mundo el día que no circule la cocaína por sus calles. Sería un film digno de la dirección de Steven Spielberg, o de cualquier otro genio del séptimo arte. Dejo la inquietud y cuando realicen el filme ojalá me paguen por la idea.  

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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