Miércoles, 20 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Letty anhela conocer a su hija, saber cómo es eso de ser mamá. Es lo que deja ver al hablar con ella en medio de la poca lucidez que su inocencia mental le permite manifestar. “Tengo como 20 años”, dice.

El número de sus días y muchos otros conocimientos se le quedaron perdidos en alguna de las habitaciones que tantas veces limpió en una casa del sur de Bolívar, que sirvieron de escenario para que un hombre la amenazara y degradara, derramando en ella todo el veneno de sus aberraciones carnales.

Allá vivió aislada del mundo, no solo por sus limitaciones mentales sino por las fronteras que su ‘ama’, de la que solo recuerda que se llama Lola, puso entre ella y el mundo exterior.

Sabe que “como en noviembre” parió una bebé. Ese recuerdo permanece intacto en su mente porque vio a la criatura salir de sus entrañas y escuchó su llanto, pero desde ese instante no la volvió a ver porque “se la dieron a los médicos y ellos se la llevaron”.

La de Letty es una historia que parece inverosímil porque cada uno de sus capítulos está plagado de inconsistencias inexcusables, que hoy la familia trata de recomponer, rescatándola de la especie de jaula en la que permaneció por cerca de veinte años. Intenta, además, recuperar información acerca de un episodio confuso en el que la joven dio a luz a una niña, pero no tuvo la fuerza física ni mental para tenerla con ella, ni defender su derecho a ello.

Allá en el sur, nació Juana y de ella, Letty. Ambas con algún tipo de desorden de origen que no echó a perder su desarrollo cognitivo y cognoscitivo, de modo que debieron enfrentar la vida de una forma distinta, poco común, encerradas en un universo de carencias de consciencia que las convirtió en mujeres inocentes, sin malicia, vulnerables. 

A los nueve años de Letty, su madre Juana se dejó persuadir de una mujer llamada Lola, una supuesta familiar lejana, para que le prestara a la pequeña; el trato era que la niña la acompañara y ella se encargaba de acabar de criarla, le compraría ropa, le daría alimentación y su situación distinta lo permitía, la introduciría en el mundo del estudio.

No obstante, la sapiencia de la joven en los quehaceres de la casa son evidencia de lo que realmente ha hecho durante su vida: barrer, trapear, lavar de una manera excepcional. Asimismo, su reacción a la interacción con otros, da cuenta de lo que no ha hecho: relacionarse con personas, ya que habla poco y aunque se dispone o se le nota el deseo de expresarse, en su ‘disco duro’ no tiene almacenadas las suficientes palabras para tejer un discurso fluido.

Su vida transcurrió en contacto con los individuos de la casa en la que vivía, con Lola y con Víctor, inquilino que un día, aprovechándose de la inocencia de la joven, de su evidente debilidad, de sus carencia mentales, de su desamparo en la vida, la sometió sexualmente a su antojo, bajo intimidaciones para que no contara nada.

“Él me hacía eso de mañana, de tarde y de noche. Yo estaba muy asustada y él me cogía a la fuerza”, relata Letty, sin rastros de rencor en su ser, y añade que era Víctor, un hombre bajito y fuerte. No precisó cuantos días, meses o años fue abusada por aquel hombre; solo sabe que un día le comenzó a crecer la barriga y entonces Lola le dijo que estaba embarazada, que sería mamá. “Entonces ella le pidió la pieza a Víctor y él se fue”, expresa.

La noticia de su maternidad no la turbó en lo más mínimo, debido a que no era consciente de las implicaciones que traía consigo aquello que tantas veces sintió moverse dentro de su vientre y que le fue arrancado de sí. “Me llevaron a una clínica y me la quitaron (a la bebé); la tiene una señora que se llama María en Bogotá”. Es el único dato que su memoria pudo rescatar sobre el paradero de su hija.

Hace poco tiempo, Letty abandonó la ‘jaula’ en la que estaba y comenzó una nueva vida en casa de una familiar, no de sangre sino de sentimientos y costumbres, que al enterarse de todo lo que ocurría en la vida de la joven sintió hervir su sangre y se lanzó a su rescate. “Usted no sabe cuánto me duele lo que le han hecho a esta pobre muchacha”, dice al tiempo que relata que Lola no quería dejarla libre.

Muchas preguntas han surgido en el seno de esta familia, respecto a la actitud de la otra familiar, de la que al principio se negaban a pensar que tuviera la sangre tan fría como para cometer la serie de desafueros que al parecer cometió. ¿La violación de la joven fue algo circunstancial o premeditado? ¿La criatura fue regalada o vendida? ¿Sería el vientre de Letty un negocio para comerciar con niños? ¿Podrá la joven recuperar a su hija?

Los tantos interrogantes nacen del hecho que, según aseguran los familiares de la joven, Lola se empeñó en mantener oculto el embarazo, al punto que a un miembro de la familia que se enteró, “le compraron la consciencia” con un trabajo para que se quedara callado.

“Cuando nos dimos cuenta de todo fue cuando ya había regalado a la bebé”, dice la actual tutora de la joven, que hoy libra una batalla para que se haga justicia. “Ellas son mi familia porque nacieron y se criaron en mi casa en el pueblo”.

Profesionales del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y de la Fiscalía aconsejan una investigación ante las instancias competentes para que dirima los acontecimientos, que de haberse dado tal y como la familia lo sospecha, acarrearía delitos como acceso carnal abusivo con incapaz de resistir, encubrimiento y complicidad del mismo delito, secuestro, entre otros.

Una denuncia es la opción que la familia ha encontrado viable para poder recuperar a la bebé, puesto que a través de diálogos no han logrado dar con el paradero de la niña, para su recuperación, y para que –de paso- se detenga a quienes cometieron este tipo de vejámenes con esta joven, “y que no sabemos con cuántas más”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya 

 

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