Sábado, 19 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Colombia es un país de contrastes como ningún otro país en el mundo, tiene la fantasía de celebrar sus desgracias y sus glorias todo al mismo tiempo.

Parece una agenda planeada para que cada semana ocurra un hecho insólito, aberrante y descarado y a la semana siguiente un suceso maravilloso digno de una gesta pletórica que borra por completo el dolor y devuelve la esperanza.

Justo cuando el caso Obredecht estaba en su punto más alto, con lista en mano de los corruptos y los funcionarios salpicados por el escándalo, llega el infortunio del municipio de Mocoa el 31 de marzo de 2016 con una avalancha anunciada que dejó cientos de muertos, docenas de desaparecidos y más de dos mil familias damnificadas.

El corazón de los colombianos se desbordó en ayudas humanitarias, más de mil toneladas fueron reportadas por la Cruz Roja, siete mil millones de pesos en los bancos, hasta una canción rodó por las redes sociales hablando del dolor de la tragedia y, como era de esperarse, la olla podrida de la corrupción en el departamento explotó, pero nadie le prestó atención, porque duele más ver a las personas llorando desgarradas que lo perdieron todo que los más de 500 mil millones de  pesos que se perdieron en la construcción de una carretera paralizada por falta de un permiso ambiental. Ese dinero que se robaron los contratistas con la anuencia de los políticos corruptos del departamento, es los que hoy necesita el municipio para reconstruirse y volver al engranaje de la economía regional colapsada.

Pero es insólito lo que pasó justo al día siguiente el 1 de abril, la gente salió a protestar a las calles en una marcha orquestada por el Centro Democrático, las imágenes desbordaban de patriotismo nacional, banderas y pancartas pedían al gobierno garantías, y las arengas a viva voz se oían a cientos de metros de distancia, los medios y la prensa se volcaron a cubrir la noticia del día, mientras que en Mocoa la muerte hacia historia.

Fueron dos semanas muy conmovedoras para el país, cuando al fin después de quitar la cortina de humo de la protesta uribista, Obredecht y la marcha salieron del radar, de ahí en adelante, día y noche los medios cubrieron el desastre en el departamento del Putumayo.

Una noticia de gran calado explotó el 11 de abril con el bloqueo de vías en el Departamento de Nariño: el paro de cocaleros en Tumaco, donde más de 1200 campesinos salieron a la protesta.  Todo cobra más relevancia si recordamos que solo en Tumaco hay sembradas 16.990 hectáreas con coca, lo que equivale al 17 por ciento de toda la producción nacional, según lo afirma el señor Eduardo Díaz (director de la Agencia para la Sustitución de Cultivos Ilícitos).

Si en ese puerto nariñense se concentra la atención de un problema tan espinoso y que hace parte de lo pactado en el proceso de Paz con las Farc, ¿por qué siguen las protestas cocaleras? Esa noticia debe ampliarse en el menor tiempo posible para poder dimensionar la atomización social a punto de explotar en una confrontación civil a mayor escala de la que ya existe.

Pero la rabia y la indignación de los colombianos otra vez emergió a la semana siguiente al escuchar la noticia oficial de la muerte de la niña Sarita Yolima Salazar de tan solo tres años, quien fue violada sistemáticamente, no había otra noticia más devastadora durante las dos semanas siguientes. Esta noticia borró todas las anteriores noticias, ya no importaba nada más sino Sarita.

Otra semana después revienta el paro de taxistas, en varias ciudades del país, generando caos y desordenes y muertos en las calles, vandalismo, saqueo y disturbios en vía pública. Protestan por el aumento desbordado del servicio de transporte ilegal, y contra la plataforma UBER, desconociendo los señores protestantes que hay un vacío jurídico en la regulación del transporte porque en la constitución del 91 no se legisló teniendo en cuenta el desarrollo tecnológico y ahora están con las manos atadas y varias empresas detrás con mucho poder económico forcejeando para que todo se desvanezca en el tiempo mientras se blindan jurídicamente y presentan demandas millonarias contra el estado.

A continuación sale al ruedo el paro de los maestros de la patria, declarado por Fecode, el gremio que los agrupa. Se trata de un paro nacional indefinido, desescolarizando a miles de estudiantes, y no contentos con esto, en la universidad Nacional el Esmad tuvo que intervenir.

También en Quibdo se declararon en paro sus habitantes, manifestaciones que terminaron con heridos y desordenes en las calles, lo mismo que el paro en el puerto de Buenaventura y el cierre del comercio por amenazas de los grupos armados que tienen el poder del puerto sin que hasta el momento se haya pronunciado el gobierno nacional y los militares heridos que al cuarto día de resistencia civil sumaban más de una docena y no hay por el momento un punto de acuerdo para levantar el paro.

Ahora la atención está centrada en el crudo invierno que azota más de 20 departamentos del país, inundaciones, perdida de cultivos, ganado, derrumbes, perdida de la banca en carreteras, varios puentes caídos, otros con serias averías, la economía a punto de colapsar, y para el remate, el señor presidente de visita en EEUU con el señor Trump dejando al país sumergido en el peor de los laberintos.

Por fortuna Nairo Quintana y Fernando Gaviria nos dan buenas noticias cada semana, ahora toca esperar qué nos depara el destino en los meses que vienen, para olvidar la pesadilla que estamos viendo.

 

Eber Patiño Ruiz

@Eber01 

Hablemos de…
Eber Patiño Ruiz

Eber Alonso Patiño Ruiz es comunicador social, periodista de la Universidad Católica del Norte Sede Medellin, Antioquia. Su gran pasión es la radio y la escritura. Tiene dos novelas terminadas y una en camino, un libro de cuentos y otro de historias fantásticas; tres libros de poesía: Huellas, Tiempos y Expresión del alma.

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