Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Jineth Bedoya / Foto: Fabrina Acosta Contreras El día 25 de mayo es el día nacional por la Dignidad de las víctimas de Violencia Sexual, según el Decreto 1480 de 2014; el cual, surge a raíz de la lucha de la periodista Jineth Bedoya, quien, un 25 de mayo de hace 17 años, fue secuestrada a las puertas de la cárcel La Modelo de Bogotá y fue torturada y violada por sus captores, a los que investigaba para un reportaje para el periódico El Espectador.

La periodista Jineth lidera la iniciativa “No es hora de callar” y manifiesta que el objetivo es visibilizar este delito que afecta al país, y dignificar a las miles de mujeres afectadas que en el marco del conflicto armado han sido víctimas de estos actos atroces. 

Jineth es una guerrera que inspira por medio de su ejemplo de vida. Ella ha recorrido el mundo y diferentes regiones de Colombia llevando el mensaje de sobreviviente y mujer capaz de reinventarse y aportar a otras víctimas elementos para recomenzar y no guardar silencio, misión admirable que demuestra su compromiso con la no violencia, equidad e igualdad de género.

Esta conmemoración debe llevar a la sociedad a sensibilizarse con el problema y de esta manera, comenzar procesos de transformación que tienen que ver con castigar socialmente todas las manifestaciones de violencias de género, tener solidaridad con las víctimas y no con los victimarios y abordar dichas situaciones como un asunto público que merece toda la atención institucional, la voluntad política, el empoderamiento ciudadano para terminar con la impunidad y el arraigo de los ciclos de violencia.

Cifras para reflexionar y actuar

Se estima, según cifras estatales, que 3,4 millones de víctimas de las más de 6,9 millones que ha causado el conflicto armado colombiano en sus más de 50 años de historia, son mujeres. De estas, se han contabilizado 6.900 casos de violaciones entre 1985 y 2014, el 90% contra mujeres. “Hay un 70% de violencia sexual en el país que no se conoce porque sólo un 30% se denuncia”, declaró Carlos Valdés, director de Medicina Legal en un foro organizado en 2014. 

Normatividad

En el tema de violencia sexual, se considera importante mencionar que La Corte Constitucional Colombiana, a través del Auto 092 de 2008 reconoce el factor de vulnerabilidad específica de las mujeres por riesgos de las violencias a los que están expuestas. Riesgos que no son compartidos de igual manera por los hombres.

Las violencias sexuales en el contexto del conflicto armado han sido una constante histórica para aterrorizar a las comunidades y humillar al enemigo. Produciendo un alto impacto negativo en la salud sexual y reproductiva de las mujeres sobrevivientes; por esta razón, se requiere afianzar en cada territorio o región, las políticas públicas que favorezcan y protejan a las víctimas de las diferentes formas de violencia basadas en género.

Por su parte, la Corte Constitucional colombiana, en el contexto de la Sentencia T-025 de 2004 ha reconocido que la violencia sexual es una práctica habitual, extendida, sistemática e invisible y que permanece en la “casi total impunidad”.

Desmitificar la violencia sexual: Acoso callejero

Si bien el mapa de la realidad de Colombia refleja, según datos del Instituto Nacional de Medicina Legal, que en el año 2004 cerca de 2.500 mujeres sufrieron violencia sexual, este delito es el que más impune queda. Podría decirse que en ocasiones se le convierte en mudo pues no se reconoce el impacto que tiene en la salud mental y física de las víctimas.

Cabe mencionar que no se debe limitar la violencia sexual al acceso carnal violento, sino que incluye todas las practicas que se impongan sin consentimiento, como obligar a la victima a desnudarse, a ser pareja de alguien sin que ella lo desee o realizar prácticas sexuales que no considere (como penetración anal, sexo oral u observar material pornográfico), y el acoso callejero, entre otras manifestaciones.

De este modo, es importante hacer referencia a Roxana Osorio (2015)[1] quien afirma que “el acoso sexual callejero es una de las formas de violencia de género más común. Dado que la viven miles de mujeres en todas partes del mundo, a cualquier hora del día, la practican miles de hombres, sin distinción de edad, estrato socioeconómico, nivel académico, apariencia física. Ocurre en calles, en el transporte público y en parques, dentro y alrededor de escuelas y lugares de trabajo, en baños públicos y en lugares de distribución de agua y alimentos, o en sus propios vecindarios”.

Es importante tener en cuenta, que el tipo de violencia que describe Osorio tiene que ver en gran medida con imaginarios sociales que se han mantenido de manera arraigada con especial énfasis en el Caribe Colombiano, es natural e incluso concebido como un “favor” que los hombres le hacen a las mujeres, de piropearlas pues para algunas personas es un halago y un derecho que tienen por ser hombres, pero en realidad los piropos tienen un apellido –sexista- que les instala en una de las formas de violencias que afecta la seguridad y tranquilidad de las mujeres.

Achugar, M (2001) explica que el hombre latinoamericano considera que es propio de su cultura lanzar piropos a las mujeres en los espacios públicos y que, como toda comunicación, debe ser aceptado por las mujeres. Agrega también que este tipo de comportamientos ha acrecentado el poder del machismo en las esferas privadas y públicas. Igualmente, manifiesta que el machismo y los piropos callejeros son una forma de reforzar quién tiene el poder.

“De acuerdo a lo mencionado, el acoso sexual callejero es una manifestación de violencia de género, que incluye tanto conductas verbales como no verbales, realizadas generalmente por los hombres en lugares públicos, quienes invaden el espacio físico y mental de una mujer desconocida de una forma irrespetuosa, atemorizante e insultante (Bowman, 1993; Kearl, 2010).(Guillén, 2014, p. 5).

Para terminar, se menciona el aporte de Bourdieu (2000) quien afirma que el acoso sexual callejero es una forma de violencia de género que se podría clasificar como simbólica, en tanto expone lo siguiente:

“Es una violencia porque se traduce por una imposición, un poder, es simbólica, porque lo que se impone son significados, relaciones de sentido y es arbitraria porque refuerza la desigualdad. En definitiva, permite la institucionalización de un poder desconocido que logra imponer como legítimos ciertos significados y afirmaciones, ocultando las relaciones de fuerzas que están en su base. Por violencia real me refiero a aquella violencia física declarada.”

 

Fabrina Acosta Contreras

@FAcostaC



[1] Las Tecnologías de la Información y la Comunicación como estrategia de Comunicación Solidaria para la transformación de  las prácticas asociadas al acoso sexual callejero mediante el empoderamiento femenino. Tesis de grado Maestría en Comunicación de la Universidad del Norte, Barranquilla (2015)

Evas&Adanes
Fabrina Acosta Contreras

Mujer natal de la hermosa tierra Guajira, nieta de Rita Contreras mujer de 105 años leyenda viva de Villanueva, es Psicóloga, Magister en Gestión de Organizaciones y Especialista en Alta Gerencia, actualmente cursa la Maestría en estudios de Género y violencia intrafamiliar, y ha realizado diversos diplomados en gerencia social, trabajo con comunidades indígenas e infancia.

Creyente absoluta del Arte en todas sus manifestaciones, considera que la literatura es el camino a la libertad pacifica de los pueblos. Amante fiel de la lectura y firme aprendiz del arte de escribir. Eterna enamorada de las tertulias y del arte en general, encuentra en ello el camino adecuado para el desarrollo social.

Es creadora y directora de la Asociación “Evas&Adanes” desde la cual, se proyecta como una empresa social de alto impacto para el desarrollo de la Guajira y lidera diversas actividades como la iniciativa cultural denominada: Foro Concierto La Mujer en el Vallenato.

Autora del libro Mujer Sin Receta: Sin Contraindicaciones para hombres, como poseedor de la magia de sus vivencias en diferentes culturas donde descubrió historias femeninas que metafóricamente tejen ese universo de la Mujer sin Receta; Autora del libro Evas culpables, Adanes inocentes.

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