Viernes, 24 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Tiene los ojos negros como el pasado que apuñala a su memoria, unpiercingen la ceja izquierda y un águila harpía tatuada en el cuello. Está sentado en el Café del Parque de las Madres, lo circundan unos artistas que se regocijan vomitando su ego en la cara de los otros y unos amantes que se despiden para siempre en medio de un llanto mudo. Él habla de su vida con una voz ronca, fulminante:

“Compa, solo quería jugar futbol, lo juro. Soñaba con llegar a ser un Ronaldo, un Henry o un Asprilla. El balón era mi vida, hacía sin patalear las tareas del colegio para que mi mamá me dejara entrenar. Yo tenía talento, ojalá me hubieras visto en Las Flores o en Panamá. No era muy fuerte ni rápido, pero siempre estaba ahí, en el lugar indicado, era el propio pesca bola. Pero qué va, cuando me iban a convocar a la selección Cesar, mi papá fue asesinado por las FARC en Urumita y todo el viaje se me jodió”.

Sus padres eran de origen guajiro, pero él nació en Valledupar hace treinta y dos años. Aunque era hijo único, no recibió cariño ni privilegios. Creció en el Primero de Mayo en un hogar conformado por un albañil y una empleada doméstica, conoció desde niño los aullidos del hambre, el rejo de la soledad. Cursó el bachillerato en el INSTPECAM, sus buenas calificaciones le permitieron esquivar algunas golpizas de su madre, jugar futbol y conquistar a Lili. A pesar de que tenían una relación distante, la muerte de su padre lo condujo a un laberinto de dolor, sed de venganza y drogas:

“Después que se llevaron a mi papá, caí en el vicio. Compa, empecé a meter de todo: marihuana, coca, bazuco. Dejé al balón y a Lili a un lado. Para rematar, mi mamá estaba loca, vivía peleando sola. Yo acababa de terminar el colegio, no tenía un rumbo fijo y mi única salida fue un infierno, otro infierno. Un pana del Primero de Mayo me propuso entrar a los paracos y yo acepté, sentí que podía vengar la muerte del viejo. Ingresé al Frente Contrainsurgencia Wayuu, estuve en la zona de Fonseca y Barrancas. Alias 90 me asignó la función de patrullero, pero me dio pavor agarrar el AK-47, así que terminé de cocinero del grupo y no vengué la muerte de mi papá”.

Ahora entrelaza las manos y remueve las piernas, mientras que la noche se aproxima con una brisa que suelta un dulce olor a lluvia. Su relato deja entrever que estuvo dos años en las AUC, ahí no mató, ni robó, ni consumió drogas, pero vio la brutalidad en su máximo esplendor: fue testigo, fue cómplice. A los pocos meses de haberse desmovilizado, su madre, quien permanecía enjaulada en la esquizofrenia, se cortó el cuello. Más allá de condolerse por ese deceso, se sintió defraudado de su propia sangre. Luego empezó a trabajar como albañil, reconquistó a Lili y se casó con ella en una iglesia cristiana:

“Yo creía que era un matrimonio bonito. Me partía el lomo para que a ella no le faltara nada, estaba ahorrando porque quería sacarle una casa, soñábamos con tener un hijo, muchos hijos. Ella vivía zampada en la iglesia en donde nos casamos, era una fiel devota, usaba falda larga y todo. Yo a veces también iba, pero una tarde encontré a Lili encaramada en el pastor y mi vida volvió a fregarse. Compa, el vicio me agarró de nuevo. Figúrate, un papá que fue asesinado sin razón, una mamá que se ahogó en la locura y una esposa que usó a Dios para zarandearse sobre el diablo: ¡tremenda película!”.  

Luce una camisa sin mangas, una pantaloneta de flores y unas Crocs viejas. Tiene los dientes, las orejas y las uñas sucias. Aunque se nota harapiento y afligido, se rehúsa a derramar una lágrima por su vida: “Compa Silva, los hombres no lloran —dice soltando una leve sonrisa—. Más bien póngase pilas y tíreme ahí pa' un arroz chino”. El infortunio y el vicio fraguan una red de piedra que mutila sus esperanzas.  Ojalá él solo fuera un fantasma inventado por Roberto Bolaño o Julio Cortázar, ojalá Colombia fuera una alucinación.

 

Carlos César Silva

@CCSilva86

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

[Leer columna]

Artículos relacionados

El hambre de la política y la sed de poder
El hambre de la política y la sed de poder
Mezclar el hambre con la necesidad y una pizca de poder, es la fórmula peligrosa que...
Conductores ebrios y medidas de seguridad
Conductores ebrios y medidas de seguridad
En Colombia, debido a la imprudencia, incapacidad e irresponsabilidad de muchas...
¿Solidaridad o compasión?
¿Solidaridad o compasión?
“Hemos aprendido a  nadar como los peces, volar como los pájaros, pero no hemos...
Tres alegres tigres consejeros
Tres alegres tigres consejeros
Cualquier ciudad que se respete en Colombia tiene apodo. Cualquier persona que viva...
¡Pronúnciate ya! Alto a los feminicidios
¡Pronúnciate ya! Alto a los feminicidios
Hemos visto en la última década un aumento  de asesinatos de mujeres por razones de...
.::La Parranda Vallenata: un rito de amistad::.
.::La arepa de queso: una delicia vallenata::.