Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Alfonso López Michelsen, recordado en la biblioteca departamental Rafael Carrillo Luqez

 

La tarde que llegó al recinto sempiterno de Rafael Carrillo Lúquez, Alfonso López Michelsen entró de la manera más insigne que pueda ingresarse a un lugar: exaltado –in memoriam- en el recuerdo y la gratitud de todos los que ese día escogieron su mejor traje para acompañarlo a instalarse ahí, donde permanecerá como ilustre huésped del filósofo atanquero, al que hace un tiempo en el Cesar resolvieron honrar bautizando con su nombre la Biblioteca Pública Departamental.

¿Qué mejor lugar que éste para homenajear también a Alfonso López Michelsen, primer gobernador que tuvo este departamento? “Como primer gobernador, es precisamente el personaje inspirador de los actos y espacios que abriremos para celebrar nuestra historia económica, política social; una apuesta sobretodo a celebrar la vida de uno de los gestores políticos en nuestra vida jurídica como departamento”, expresó María Victoria Celedón Simón, directora de la Biblioteca, en los actos de instalación de la exposición icono textual con la cual comienzan los actos de conmemoración de los cincuenta años del Cesar como departamento.

“Con esta exposición, exaltamos la labor de todos aquellos que han hecho de esta tierra un territorio próspero, tejido en la lana del hombre trabajador, la mujer soñadora, edificante de familia y respeto; los sonidos del río y las montañas, los tambores, los campos, el traje blanco, la pollera y el deseo de no perder de vista el camino que nos conduzca siempre por senderos de paz trabajo y progreso”, recitó la directora, quien contagió con su entusiasmo a José Antonio Murgas, fundador y exgobernador del Cesar, exministro de trabajo, pero sobretodo amigo, cofrade, de López, a quien describió como un “custodio espiritual, moral y épico, porque fue una epopeya. Hizo un sacrificio muy grande: se vino al diluvio, fue el primero que trajo un tractor al Cesar…”.

También estaba ahí Santander Durán Escalona, integrante activo del grupo de jóvenes músicos que promovieron la creación del departamento y cuya canción, ‘Añoranzas del Cesar’ fue escogida como himno de la gesta creadora. Esa tarde-noche la cantó ahí en la biblioteca, junto con otros cantos determinantes de ‘Don Toba’ (Tobías Enrique Pumarejo) y Rafael Escalona, pintando con versos el contexto de cómo sucedió todo y por qué Alfonso López Michelsen significa lo que significa para este territorio, en el que se estrenó como funcionario público, como primer gobernador, entre diciembre de 1967 y agosto 1968, y del que nunca más pudo desligar su vida.

Por eso, que en su despedida final sonaran los acordeones de los Niños del Vallenato entonando los versos del ‘Amor amor’ y ‘Confidencias’, no fue un capricho de apasionados por este tipo de música, sino la forma de cumplirle la última voluntad a ese hombre que cometió una de las más ‘dulces’ trasgresiones a las costumbres ilustres del país, al darle pasaporte a los acordeones para que andaran libres no sólo por los salones exclusivos de la provincia sino de Colombia entera; a un hombre un día tuvo la idea de crear un espacio para que el folclor vallenato tuviera empuje, trasformando la historia de los músicos de la comarca de Chipuco.

Ese once de julio (2007) la noticia asaltó a todos porque, pese a que el hombre que se iba tenía en sus hombros las cargas de 94 años vividos y bien andados, nadie pensaba en la muerte como una posibilidad para él; era como si se pensara que él iba a ser eterno. Por eso, la primera reacción de sus más cercanos fue guardar silencio mientras digerían la realidad: nunca más volverían a verlo sentado en una tarima inaugurando el Festival.

Bogotá estaba más fría que nunca. Eso dijeron en forma metafórica algunos vallenatos que viajaron a la capital para decirle adiós y también llorar sin disimulo, a la par con las plegarias de un grupo de mujeres vestidas de luto que entre sollozos pedían para él el descanso eterno.

Los ‘lopistas’ que se quedaron en el Valle siguieron paso a paso la transmisión televisiva del sepelio y cada detalle de los honores rendidos a él. Gustavo Gutiérrez Cabello se emocionó hasta el llanto cuando vio, en medio de tantas personalidades de trascendencia nacional, a unos ‘pelaitos’ provincianos compungidos, por ósmosis, cantándole una de sus canciones a un señor del que no sabían mucho, pero cuya imagen relacionaban con lo que ellos hacen.

“Los niños del Vallenato se equivocaron cuando cantaron ‘Confidencias’, pero eso no tuvo importancia”, dijo ‘Tavo’, quien no pudo contener las lágrimas al sentir los recuerdos de tantos años de López, apretujados en su memoria. Lo recordó, antes, durante y después de ser gobernador del Cesar, gestionando cosas para esta región a la que lo unía algo más que ese lazo sanguíneo que se desprendía de su abuela Rosario Pumarejo de López, nacida en una esquina de la Plaza que muchos años después fue bautizada con el nombre de su nieto.

Lo recordaron vaticinando que "con los acordeones y cantando vamos a lograr la paz del país"; por eso a López no le extrañó que Poncho Zuleta, otro de sus entrañables amigos, se ganara el Grammy. “Ya sabía que iba a ocurrir”, fue lo que dijo.

Le enloquecían los acordeones, instrumento que nunca faltó en los eventos más importantes de su vida. Lo tenía enquistado en el corazón. Fue precisamente en la celebración de uno de sus cumpleaños que Alfonso López Michelsen hizo escandalizar a las damas prestantes de Valledupar, que no concebían que alguien se hubiera atrevido a meter un acordeón al Club Valledupar. Mientras ellas se persignaban con la moral agraviada;  allá, en el segundo piso, estaba encerrado él con varios parranderos, con ‘Colacho’ Mendoza que tocaba el acordeón y Gustavo Gutiérrez que cantaba. 

A menudo le pedía a ‘Tavo’ que le cantara ‘Confidencias’ en los cumpleaños celebrados en Valledupar, casi siempre acompañado del único amor que le conocieron, la señora Cecilia Caballero de López, a quien los vallenatos con la confianza que les dio tanto cariño, despojaron de todos los protocolos y terminaron llamando simplemente ‘La Niña Ceci’.

Eran esos tiempos en los que las parrandas del Valle de Upar se desarrollaban en los patios de las mansiones coloniales situadas en los alrededores de la plaza del pueblo, que aún no era lo que es, ni se llamaba como hoy se llama; hasta ahí llegaban acordeoneros como ‘Colacho’, Alejo, Luis Enrique, nativos de Caracolí Sabanas de Manuela, El Paso y El Hatico, que habían aprendido a arrancarle hermosas melodías al instrumento mundano que tanto les llegaba al alma y que era tan malquerido en otros sectores.

Podían darse interesantes faenas de piqueria con algarabía y también momentos solemnes en los que nadie violaba las normas parranderas, nadie hablaba, nadie le daba la espalda a nadie y tampoco bailaban aunque se murieran de las ganas. Bebían ron y whisky (López siempre bebió sello rojo), comían chivo en sancocho, en guisos y en arroz y se extasiaban con las líricas inspiraciones de los poetas de la provincia, narradores de cuentos versificados, contadores de los aconteceres de la región, verdaderos cronistas de la canción vallenata.

Hasta esos espacios llegaba, siempre sin medias, Alfonso López Michelsen, un prestigioso cachaco, que daba cátedra de las normas parranderas de la provincia. Decía él que vivían entonces la época de los ‘Versos descalzos’, refiriéndose con ello a la naturalidad y espontaneidad de esos cantos y en su trasegar por estas tierras se ocupó de ‘ponerles los zapatos’ y abrirles las puertas de Valledupar para que salieran a ‘caminar por el mundo, a meterse en los rincones más exclusivos como la Casa Blanca en Estados Unidos.  

Una de las lecciones de esos encuentros que nunca olvidan los que departieron con él fue: “Nunca te dejes retratar con una botella de whisky en la mano”. Hablaban de cosas importantes, de eventos triviales, se contaban chismes y defendían lo que consideraban suyo.  

“Le gustaba el vallenato porque la sangre manda, porque por su torrente sanguíneo tenía línea directa de Alfonso López Pumarejo, que era hijo de Rosario Pumarejo de López y, a más de eso, le cogió intenso amor al territorio. También era vallenato por el derecho al suelo”, explicaba el ex contralor Aníbal Martínez Zuleta, su amigo entrañable.

En los primeros días de enero del año 68, pocos meses después de asumir el cargo de Gobernador del Cesar, departamento recién independizado del Magdalena, tuvo una reunión con dos personajes cesarenses, que marcó un antes y después de la historia de la música folclórica de esta región en el mundo. Consuelo Araújo Noguera: jovencita periodista, inquieta y enamorada de su tierra; Rafael Escalona: compositor patillalero, también con la provincia metida en su corazón; ambos ya amigos entrañables del novel Gobernador, que sentía que lo único que no tenía de Valledupar era ese remoquete de ‘cachaco’ que suelen decirle a los que nacen allá en la capital.

La idea era hacer un concurso para exaltar el folclor que tanto le gustaba, él le preguntó a Consuelo cuál sería la fecha propicia, ella le respondió que la más próxima era la de la Virgen del Rosario, el 29 de abril, que por años se había venido celebrando en la misma plaza, donde personajes de la región escenificaban el episodio de muerte y leyenda en el que indios y españoles se enfrentaron a muerte y la virgen obró el milagro de la resurrección. Organizaron entonces un concurso de conjuntos típicos y en abril tuvieron todo listo.

Así nació el Festival de la Leyenda Vallenata, evento en el que se da la sincronía de historia, religión y folclor (más tarde ellos mismos crearon la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata). Un evento que pasó a la historia gracias a la tenacidad de una mujer que se fue, pero le dejó su legado al mundo. Ella tenía la fuerza de un huracán y traspiraba un amor infinito por su tierra y sus costumbres, tal vez heredados de sus padres, Santander Araujo y Blanca Noguera.

Varios años después de la muerte de Consuelo (29 de septiembre de 2001), se vio a López triste sentado en la mesa principal de la tarima ubicada en el Parque de la Leyenda, uno de los más grandes sueños de esa mujer que le enseñó que el vallenato es mucho más que una afición; ella le enseñó que este folclor es un modo de vida, que es la vida misma.

A veces en las parrandas, cuando el Gobernador estaba en temple (nunca lo vieron borracho) cantaba los estribillos de las canciones, podía ser ‘Las sabanas del Diluvio de ‘Don Toba’, su primo; ‘Carmen Ramona’, de ‘Moralito’, o ‘La Hamaca’ de Esteban Montaño. Así lo recuerda Iván Gil Molina, ‘el disco duro del Festival’, en cuya memoria permanecen frescas las imágenes de López pidiendo que le contaran los chistes criollos, las anécdotas provincianas y las expresiones espontáneas de las gentes de acá que tanto lo hacían reír; también se dejaba sacar a bailar, pues admiraba la belleza de las mujeres vallenatas, al punto que decía que en cada una de ellas buscaba el rostro de su abuela, a la que no conoció, pero a la que le agradece el hecho de haber sembrado sus raíces en la esquina de la plaza, donde él vivió cuando estuvo radicado en Valledupar.

El mejor testimonio de lo que Alfonso López Michelsen significó para el folclor vallenato son las muchas canciones en las que exaltan su nombre, incluida una adaptación de la ‘Cachucha Bacana’ y aquella con la que promocionó su campaña presidencial, ‘López el pollo’ y que sin duda aportó a la conquista del primer cargo del país en 1973. El despliegue publicitario en el Cesar fue tremendo, pero sobretodo, atractivo, pues en las tarimas se exhibían ilustraciones con un pollo y un mapa de Colombia, con la leyenda: “Pica pollo que estás en tu patio”.

Pero la vinculación de los cantos vallenatos a la política nacional no nació con López. En su obra ‘El ABC del Vallenato’, Julio Oñate Martínez (investigador musical, coleccionista y rey de la canción inédita) cita importantes ejemplos del proselitismo con acordeón, comenzando con el gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926 – 1930), a quien Sebastián Guerra le compuso ‘La cédula electoral’. Para el escritor por el paseo de Pedro Nolasco Martínez dedicado a Enrique Olaya Herrera, Rafael Enrique Daza compuso ‘El Avión’ a Eduardo Santos y luego manifiesta su desacuerdo con ese gobierno y su simpatía por López, al componer ‘Compai Chipuco’ en la que asegura que “no creo en Santos no creo en na’, solamente en Pedro Castro, Alfonso López y nada más”. Luis Enrique Martínez grabó ‘La Muerte de Gaitán’, en 1948. Pacho Rada hizo le hizo también a Gaitán ‘El Caballo Liberal’

Chico Bolaño hizo ‘La Chulavita’ para Laureano Gómez, José María Peñaranda compuso ‘Mi general’ a Gustavo Rojas Pinilla, exaltado también por Esteban Montaño con ‘Los guerrilleros’. Alberto Fernández compuso ‘El presidente’ y Luís Enrique Martínez Hizo ‘Trece de junio’. Como se verá, para finales de la década del 70, cuando se dio la campaña de López Michelsen, ya había antecedentes de vallenatos políticos; sin embargo, ningún otro presidente ha inspirado tanto a los compositores vallenatos: ‘La Misión’ de Rafael Escalona, ‘Triunfo liberal’ de Leandro Díaz, ‘La hamaca del Presidente’ de Andrés Landero y Alfonso López’ de Juancho Polo Valencia, se cuentan entre las obras que inspiró.

 

María Ruth Mosquera

@sherowiya

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