Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Siempre he tenido un especial cariño por las palabras. Incluso la palabra cariño me parece genial. Como el idioma es cambiante y vivo cada día, algunas palabras se mueren sin su respectiva despedida, es decir sin sus nueve noches tradicionales.

Todos los días nacen o renacen nuevas palabras, esta semana “trieja” fue la más comentada, y resiliencia a pesar de ser muy vieja volvió a ponerse de moda por los políticos de turno, muchas veces sin saber qué significa, inicialmente era término de la psicología, pasó a la ingeniería, ecología y ahora a la política, de ahí no sale viva.

En el lenguaje vallenato, después de aquel 18 de abril de 1994, cuando apareció el Lexicón del Valle de Upar, de la Cacica Consuelo Araújonoguera, no hemos rescatado más palabras, a pesar de algunas intenciones de los letrados nuestros.

Antes, alguien iba a la fiesta de carnaval con un pantalón “marrosongo” y “cogepuerca”, se ponía una camisa amarillo pollito, se tomaba un ron para tener “cañaña”, buscaba la posibilidad de encontrar en el baile una jopona de labios escarlata, bajar y  la “pantaleta” y darle su chacarera hasta el amanecer.

Simplemente eran palabras vallenatas del pueblo, sin importar que chacarera sea un baile argentino, aquí chácaras significaba otra cosa y punto.

No es que parezca vulgar, es la pérdida de palabras nuestras que ya no utilizamos, por desconocimiento, tecnología o la llamada civilización. En días recientes, Juan Gossain en  El Tiempo, y Piedad Bonett ( Tal como en sí) en El Espectador, trataban el tema, incluso un libro del español Virgilio Ortega, titulado “Palabratologia” nos pone al tanto de las palabras que consideramos obscenas en este mundillo de angelitos del infierno que es la hipocresía en muchos casos y profesiones incluyendo el periodismo.

Ya nadie hace algarabía en un taburete por algo raro o no tan común, como los tres caballeros que se casaron esta semana en Medellín, si juraron amor eterno ya nadie forma cantaleta por eso. Antes cualquier mujer que se casara luego de haberle conocido algunos novios, inmediato le endilgaban la frase: “Aja se casa Anita, una mujer que ha quebrado más huevos que la esquinita de la estufa”. Mejor dicho era la gallina de Ramona, al decir del gran filósofo Juancho Polo.

Un pencazo solía aquietar a los muchachos traviesos que hoy llaman hiperactivos. Ayer a las mujeres que, por motivos antiguos fallaban por “cachito amoroso”, les daban una panga y regresaban al hogar, los hombres comían jamanar y algarroba con leche y llegaban con más fuerza de machotes a seguir aumentando la pelaera. Escuchen la “Negra Felipe” y lo comprueban.

Escribía Gossain la frase: tiene uebos? Para empezar, lo consideraría obsceno y grotesco. Vulgar. Pero, además, agregaría usted, es un ignorante que ni siquiera sabe que huevos se escribe con h inicial y v corta.

Lamento informarle, querido amigo, que el equivocado es usted: uebos, así como se escribe, es una de las palabras más antiguas del idioma, solo existe en plural y hasta procede de noble familia, porque viene del latín. Hace cientos de años se le usaba para indicar que se tenía necesidad de algo o urgencia de alguna cosa. Por ejemplo: “Tengo uebos de dinero para pagar el arriendo”. O este otro: “En la ciudad tenemos uebos de buenos dirigentes”.

Aquí, si algo raro se dice, de inmediato se grita: Mandas huevo, o peor, si algo te disgusta, vale huevo.

Las palabras cambian; las olvidamos, en La Guajira sur cuando los cardonales daban sus frutos -la higuaraya-  (que no biznaga o guamiche), al conseguir una de color solferino, era una suerte, los jóvenes de hoy, no conocen ese color. Los modernos le llaman magenta, rosado, rosavieja, morado y lila, los más románticos. Los intelectuales recuerdan la batalla de Solferino, incluso de allí, por tanta sangre derramada salió la idea de fundar la Cruz Roja internacional por el señor Henri Dunant, pero esa es otra cosa.

Hace algunos pocos meses, la profesora Margarite Aurora de un pueblo italiano, un chico de 8 años, Mateo, inventó la palabra “petaloso”, para referirse a la flor, como la palabra no estaba en el diccionario fue noticia nacional. Aquí las palabras se mueren y nadie dice nada, para remate el profesor Palencia Caratt, un solitario historiador nuestro se marchó solitario, era nuestro Heródoto, el padre universal de la historia.

En el Valle de antier, “Cabirol”, un personaje nuestro que se fumaba sus porros libremente, al preguntarle por un compañero de andanzas nocturnas, solo decía: ¡Se lo tragó la aurora! No sabía que hacia un homenaje a la profesora italiana. Hoy con tantos fluri-fluri  en las redes, la cosa se perratió.

Con tanta “cumbería” por todas partes, alguna colicontenta me salvará el puente. Antes un porro era música de bandas, hoy las bandas fuman cachos de marihuana y las llaman porros. ¡Ya nadie baile pandiao!

P.D. Cuando terminaba este chorro, me llama mi amiga informada para decirme que la parejita “cachifamosa” de Becerril, ahora demandarán, y que los paisas de la “trieja” adoptarán muchachos, preferí colgar para dejar la columna como lo había pensado.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Tiro de chorro 

Tiro de chorro
Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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