Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

A Alexa Carrión, quien me regaló esta historia una tarde de tintos.

La primera sala de la galería parecía el cuarto de una niña. Paredes rosadas, osos de felpa de dos metros de altura y muñecas de tamaño natural que parecían mujeres disfrazadas de princesa, doctoras o ejecutivas encencerradas en urnas de vidrio que imitaban el empaque de muñecas de colección. Todas estaban sobre una cuna de tres metros de largo por dos de ancho, con barandales de uno cincuenta de altura. En la cabecera había un aviso en neón que decía ‘Casa de Muñecas’. Las paredes, a medida que avanzaba la exposición, dejaban de ser rosada para adoptar un tono escarlata que se iba oscureciendo hasta ser negro. En el segundo salón no había osos ni cunas. Había troncos de mujeres que tenían ramas en lugar de brazos y patas de sillas en lugar de piernas. Todos puestos en urnas pegadas a las paredes escarlatas. En el último salón había partes de mujeres, niños y hombres unidas caprichosamente. La pierna de una mujer terminaba en una cabeza de un niño de tres años. Dedos cosidos a los lados de un brazo como si fueran cogollos que no deciden emerger del tronco del árbol.

Leti, la autora de la obra, estaba en el último salón. La rodeaba un grupo que hablaba atropelladamente.

—¿Por qué cuerpos mutilados? —preguntó el hombre que estaba más cerca de ella.

—La idea nació a partir de los cadáveres que lanzan al río después de ser asesinados. Algunas veces, cuando el muerto es importante, los mutilan para que no lo reconozcan. En otros casos no importa. Sólo lanzan el cuerpo al río y se olvidan de él para siempre.

Leti sabía de lo que hablaba: creció en un barrio marginal, al lado de un río. Los fines de semana bajaban cuerpos que hablaban de su origen: si llevaba buitres encima venía de los barrios que tenían casas de paredes de ladrillos. Si el cadáver tenía tono claro y no llevabas buitres encima, venía de su barrio, La Grande, un enjambre de trampas de latas y madera. Quizás lo asesinaron a causa de una pelea o un ajuste de cuentas. Tal vez mala suerte. Una palabra dicha a mala hora, un empujón sin intención, caminar por la calle equivocada. O, pero aún, ser una adolescente que tiene aquella belleza que no quiere soltarse de la niñez.

Esos cuerpos eran los que más le dolían a Leti: niñas de su edad que bajaban desnudas con el cabello enredado en densos y oscuros remolinos de basura y excremento. Por esa razón decidió abandonar el barrio, a su papá, un lustrabotas alcoholizado, y un futuro más oscuro y denso que las aguas del río que pasaba frente a su casa. Sabía que no estaba lejos el día que tendría a un hombre encima. Y si no lo permitía, bajaría por el río violada, hinchada y desnuda. Navegaría lentamente, frente a otras casas de lata y otros grupos de niños que le lanzarían piedras para despedirla en su viaje hacia el río Magdalena.

Después de su huida, vivió interna en una casa como muchacha del servicio. De allí se fue a vivir a cuartos en el centro. Trabajaba en un vivero del que salía a las cinco de la tarde para ir a clase a un colegio nocturno. Luego entró a la Universidad Nacional donde estudió bellas artes con mucho esfuerzo: vendiendo dulces, de mesera los fines de semana, lavando ropa ajena.

Su trabajo de grado fue una intervención performática titulada “Balances y desbalances”. En la intervención hecha en la plaza Ché, ella estaba desnuda dentro de una red que estaba suspendida del brazo de una balanza construida con troncos. En el otro lado del brazo, haciéndole contrapeso, había un bulto de lo que parecían ser huesos humanos. Gracias a su rendimiento académico, y a que su trabajo de grado fue galardonado con el Premio Otto de Greiff, obtuvo una beca para la Universidad de Sevilla. Allí hizo el master y después se doctoró.

Leti, mientras escuchaba la disertación del hombre de barba densa, vio a Víctor deambulando por la segunda sala. Víctor fue un vecino que no compartió su suerte porque no tuvo las agallas de abandonar el barrio. A los catorce entró a una pandilla formada por siete muchachos que no sobrepasaban los diecisiete años. En su iniciación todos le apagaron un cigarrillo en el antebrazo derecho, formándole una llaga que posteriormente dejó un queloide que le ocupaba un tercio del antebrazo. En la pandilla tuvo que asaltar familiares, asesinar vecinos, robar apartamentos en barrios del norte. Luego, cuando fue creciendo, se vio obligado a asesinar a sus amigos para ascender en lo que en ese momento era una organización de más de veinte asesinos, ladrones y prostitutas. Habría llegado a la cúspide de la organización de no ser porque no quiso violar a una adolescente que gritaba y pataleaba en los brazos de los hombres que se la ofrecían para su cumpleaños número dieciocho. Lo único que se le ocurrió fue huir a Barranquilla, una ciudad que conocía por las historias que le contaba su mamá entre pipazos de bazuco. Cuando cruzó el puente Alfonzo López iba con una docena de muertos a la espalda. En esa ciudad validó el bachillerato y después entró a la policía. No tanto para enderezar el camino, sino para continuar con el vértigo de la muerte. Estuvo en todas las ciudades y departamentos. Primero como agente y luego subiendo de rango hasta que encalló en labores administrativas en Bogotá. Fue justamente en esta ciudad donde se reencontró con Leti. Caminaba al lado del Monumento de los Caídos, una pieza en loza que forma un horizonte negro y desalentador. En el interior de la masa oscura hay siluetas blancas de un ejército alineado para atacar. A pesar que la reconoció, continuó su camino con la certeza que sería la última vez que la vería. Sin embargo, días después la volvió a ver en el mismo lugar. Estaba sola, contemplando los soldados negros encajados con soldados blancos como si fuera un ajedrez de silencios y temores. Un ajedrez de muerte y desolación. Se acercó, la saludó. Leti, contrario a lo que imaginaba, lo reconoció inmediatamente. Lo abrazó y le dio un beso en cada mejilla. Tomaron café, hablaron hasta entrada la noche. Acordaron reencontrarse en la inauguración de la exposición.

—Creí que no vendrías —le susurró Leti muy cerca, mientras él observaba una muñeca desmembrada.

El cuerpo de Leti parecía trazado con un pincel delgado. Tenía un sombrero cubano con cinta negra, una bufanda de tejido denso, chaqueta de jean, una camiseta, un pantalón de cuero y zapatos de taco alto. Caminaron por la sala. Ella desde la altura de sus zapatos. Él con las manos en los bolsillos y la mirada fija en las urnas de vidrio.

A Víctor le llamó la atención el torso de un hombre al que le nacía en la espalda el brazo de un niño.

—¿Por qué ese color? —preguntó Víctor sin dejar de observar la pieza.

—Quería imitar el tono de los cuerpos que veíamos bajar por el río.

—En mi criterio, y disculpa que te lo diga, pienso que no lo lograste. Deberían tener un color más cercano al café que al azul. Tienen el color de cuerpos suspendidos en formol, no de cuerpos que han estado en el agua. Además, las costuras están quemadas, como si se hubieran cosido antes de hundir los cuerpos en la solución. No sé, pierde naturalidad.

—Gracias por el consejo, lo tendré en cuenta para la próxima exposición —dijo Leti con una sonrisa vaga.

—¿Dónde piensas exponer?

—En Brera, Italia. No imaginas lo feliz que me siento por exponer en ese lugar. Sin duda es la cúspide de mi carrera como artista.

Leti se sentía incómoda con el grupo de hombres que la observaban desde la otra esquina del salón.

—Ve con ellos, estaré bien —dijo Víctor leyendo la indisposición de Leti.

—Pero prométeme que me esperarás. Quiero hablar contigo.

—Prometido.

Regresó veinte minutos después.

—Vámonos —dijo Leti mirando a todos los rincones.

—¿Y ellas? —preguntó Víctor al tiempo que apuntaba con los labios hacia un grupo de mujeres que la observaba mientras se susurraban al oído.

—Que esperen hasta mañana.

Fueron al parqueadero.

—Vamos en mi carro —dijo Leti.

—No hay más remedio porque yo no tengo carro.

Victor no tenía carro, familia ni vida. En ese momento la policía era su único universo, como lo fue la pandilla en su adolescencia. Tomaron la carrera Cuarta, bajaron por la calle Treinta y dos y luego tomaron la Séptima hacia el norte. No hablaban, sólo se escuchaba a John Coltrane. En la Calle Ochenta giraron a la derecha.

—¿A dónde me llevas?

—A mi casa.

—No sabía que el arte diera tanto dinero.

—No la da. Fue un asunto de suerte.

Dejaron atrás los barrios densos para internarse en un condominio de haciendas y después subieron por un camino de herradura que parecía una cicatriz entre arboledas y pastizales.

—Tomémonos unos traguitos para calentar la noche —dijo Leti entrando al parqueadero de un bar incrustado en la montaña. Había tres parejas que cuchicheaban y un grupo de meseros recostados contra la barra con cara de cansancio. Se sentaron en una mesa al lado de la ventana. Leti pidió media botella aguardiente.

—No sabía que vendieran guaro en estos sitios.

—Actúas como si vinieras de otro universo.

—Vengo de donde sólo hay miseria y muerte —dijo Víctor señalando a Bogotá, que era una mancha amarilla a través de la ventana.

—En ese caso, bienvenido a la vida —dijo Leti levantando la copa.

A la una de la mañana Víctor pidió otra media para continuar con la charla que se veía salpicada de carcajadas.

—¿Vas a manejar así? Sabes que soy policía y tendría que detenerte.

—¡Qué rico! Arrésteme, señor policía —le dijo Leti a menos de diez centímetros de su boca.

Se besaron. Recordaron la niñez. La marginalidad. Los muertos que bajaban por el río. El escape de Leti. La pandilla de Víctor.

—Esto me dejó mi vida de pandillero —dijo Víctor mientras se doblaba la manga derecha de la camisa.

—Un recuerdo enorme.

Se veía monstruoso. Parecía una sombra que quería devorar el brazo.

—Lo contemplas como si nunca hubieras visto algo así.

—Me parece hermoso —dijo Leti ensimismada en el examen de la textura.

—¿Hermoso?

—La estética tiene muchas formas de manifestarse. Lo macabro tiene una belleza irresistible.

—Como la espalda a la que le nacía el brazo del niño.

—¡Exacto!

—Llevo veinte años rodeado de ese tipo de cosas y créeme que no me parecen hermosas.

—Lo son… simplemente no tienes la sensibilidad para apreciarlo.

—¿Te parecen hermosos las partes de cuerpos que se han encontrado en los últimos meses? Niños, ancianos, muchachas desaparecidas, de quienes sólo se encuentran fragmentos. Dedos, pies, orejas.

—No sé de qué me hablas —dijo Leti con los ojos abiertos. Después cruzó un temblor por sus labios.

—¿No ves noticias? Los encostalados de Villa Eme. La última desaparecida es una adolescente que...

—No tengo cabeza ni tiempo para esas cosas. Este no es momento para hablar de muerte —interrumpió Leti. Le dio un beso y después su mano derecha se deslizó por el muslo de Víctor.

Continuaron bebiendo hasta las cinco de la mañana. Víctor le pidió las llaves. Leti las entregó y después le dio un beso que se estrelló con violencia contra su mejilla. Llegaron a la casa cuando el sol emergía entre un grupo de nubes. La casa parecía flotar gracias a que su base estaba sostenida sobre dieciséis troncos que se hundían en la tierra.

—Debes ser millonaria para vivir en un lugar así —dijo Víctor—. Es la casa con la que todos soñamos.

—Es como una casa de muñecas.

—Espero que no sea la casa de muñecas de tu exposición.

—No seas bobo. Es la casa es de un profesor que está haciendo un doctorado en Brera.

Entraron. Cruzaron por la sala que tenía un ventanal que nacía en el piso y terminaba en el vértice del techo. Víctor se detuvo para observar una mesa grande, maciza. A su izquierda había una nevera de aluminio, de dos metros de largo, dos de ancho y uno de altura. Le caía el sol de frente, proyectando una sombra que devoraba unas sandalias de fique que estaban bajo de un delantal manchado con pintura roja.

—Tranquilamente podrían caber tres cuerpos en ese aparato —Señaló la nevera.

—Descanse señor policía de sus muertos. Mejor acompáñeme al cuarto para que vuelva a creer en la vida.

Leti lo llevó de la mano hacia el cuarto en el que había una hamaca, cojines, una cama doble y una mesa de noche. Sacó de la cartera una cigarrera de plata en la que había tres porros. Dos blancos y otro con marcas rojas. Extrajo uno de los blancos, lo puso en sus labios y lo encendió. Víctor sintió que lo arrastraba el sueño a medida que ella fumaba.

—No te duermas que viene lo mejor —dijo Leti mientras se quitaba la ropa.

—Pero no tengo condones.

—Hay uno en la mesa de noche.

Sobre la mesa estaba Psicosis, la novela de Robert Bloch, al lado un cenicero con dos colillas de cigarrillo. Abrió el cajón, sacó la caja de preservativos. Quedaba uno.

—Por fa —dijo Leti al tiempo que le daba la colilla del porro. Víctor lo aplastó contra el cenicero.

No sabía si quería tener sexo. Algo en Leti y en la casa le parecía peligroso. Sentía que no debería estar en ese lugar sino en una montaña igual pero al otro lado de la ciudad.

—¿Pasa algo?

—Nada. Sólo estoy cansado.

—Esto te ayudará —dijo Leti. Extrajo el porro con vetas rojas. Lo puso en los labios de Víctor y lo encendió, inhaló fuerte y sostuvo el humo en los pulmones. Después lanzó una bocanada que se perdió en las tinieblas. Sentía que perdía la voluntad. Sonrió. Cerró los ojos y empezó a respirar suavemente.

Leti lo contempló por unos segundos, después tomó el porro de sus dedos y lo aplastó contra el cenicero.

***

En marzo Leti exponía en la Piazzeta di Brera. Estaba sonriente, luminosa, hermosa. A su lado estaba una urna con el cuerpo de una adolescente. Cara delgada, pómulos amenazantes, senos pequeños, vello púbico escaso, apenas unas pelusas en la pelvis y piernas delgadas. El brazo izquierdo le pertenecía a su cuerpo, pero el brazo derecho, rompiendo la armonía, pertenecía a un hombre. Era musculoso, casi agresivo. En el antebrazo tenía un queloide que parecía una sombra que quería devorar el cuerpo de la adolescente. En los pies de la urna había un rótulo en acrílico negro que decía ‘Víctor-Victoria’.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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