Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Portada de "Metáforas de los árboles"En la poesía está la esencia. La pasión. Un pedazo de existencia de un hombre. Sus tribulaciones y contemplaciones. Estudiar los versos de un poeta es aproximarse a un mundo de inquietudes y un lenguaje. Un universo de sensaciones que describen un instante o una eternidad.

Ya conocemos a José Atuesta Mindiola por ser un poeta comprometido con Valledupar y su Mariangola natal. A través de sus versos y décimas descubrimos los paisajes de una región que cambia a un ritmo sostenido pero que también y, sobre todo, expone la belleza de su tradición.

En una de sus últimas publicaciones, el libro de poesías “Metáforas de los árboles” (2010), descubrimos a un nuevo José Atuesta, siempre tan cercano a la realidad que lo rodea, tan observador, pero esta vez con una óptica nueva: la de la naturaleza que brilla en cada calle y en cada patio.

La metáfora es la figura de estilo que quizás mejor se acomoda a la poesía. No por nada, sino porque permite crear imágenes inéditas aplicando las palabras en otro contexto, revolucionar las percepciones y hacer sentir el valor de cada ser.

La ciudad de los mangos es el escenario perfecto para una obra como ésta, o dicho de otro modo: “Metáforas de los árboles” no podía nacer en otro lugar. Durante mucho tiempo, y hasta ahora, Valledupar se ha hecho conocer como la ciudad colombiana donde abundan las avenidas arborizadas. Ahí, en pleno Caribe, las calles se transforman en “un túnel con cielo de abanicos verdes”.

El árbol es el centro de atención y, gracias a la prosa colorida del poeta, adopta distintos papeles que varían y se repiten a lo largo de la obra. De entrada nos acoge, el “Monólogo de un árbol citadino” y en este poema prevalece la constatación de un crecimiento imparable que puede acabar con todo, incluso con los mayores símbolos de una región:

“Para los alarifes del cemento,

Soy un estorbo que frena

El tamaño mineral de su premisa,

Un extraño en lugar equivocado;

Sus amenazas de muerte me persiguen”.

El poeta se pone en el lugar del árbol. Se convierte en sus ojos. Su ser y, como consecuencia, el árbol se hace dueño de la narración. La personificación permite subrayar con un tono reivindicativo un estatus que está a punto de perder:

“Pero soy más que un verde monumento

En la agitada ceremonia de las calles

Soy testigo: de la noche que avanza con el miedo,

De transeúntes perdidos en su sombra”.

Entre poesía y poesía, los decorados se transforman, pero dos ambientaciones prevalecen: la añoranza y la alarma. La contaminación y la destrucción son algunos de los elementos que el poeta aborda en “De luto está la tierra”, pero también debemos rescatar el concepto de la muerte, omnipresente en la toda obra.

Ella –la muerte– es la que aparece en el poema “Elegía al mango del patio” en forma de despedida:

“El árbol ya sospecha que pronto

no habrá luz en su follaje,

su epitafio vendrá

en la esquiva mirada de otro dueño”.

La muerte se perfila de muchas maneras en la obra de José Atuesta Mindiola: puede ser el vuelo agitado de unos de pájaros o el olor a sangre en el poema “Los pájaros huyen del árbol”, o el ruido atronador de una sierra metálica en el poema “El oficio del árbol”.

Es cierto que el trabajo de un árbol es complejo y difícil de entender. Exigente y despreciado a la vez. Quizás por eso, el poeta busca en sus versos el consuelo y la esencia de una existencia que no entiende de muertes. El poema “Sigue la vida” es la constatación de que, después de la inaceptable noticia del crimen, todo sigue siendo igual.

Pero José Atuesta Mindiola no sólo se centra en la figura del árbol atacado en su territorio y en pleno ejercicio de su función. También se esfuerza en ampliar la imagen y aportar al lector el marco necesario para entender el papel histórico del árbol en la historia de la Humanidad.

Así es cómo descubrimos en el poema “Debajo del árbol de manzano” al árbol que permitió a Isaac Newton elaborar su ya conocida ley de gravedad. Más adelante, escuchamos el monólogo de un árbol kogui que reconstruye los días de su creación y habla de las conexiones que le unen al resto de los seres.

A través de estos versos, comprobamos que el árbol es generosidad y equilibrio. Vida y abundancia. Por eso el autor avisa en el poema “La vibración de la palma” que “matar un árbol es abrirle más caminos al desierto”. De la misma forma, ofrece un mensaje urgente y moralista con el poema “No te creas el dios del árbol”.

“No te creas el dueño del árbol

Tú lo sembraste en una lejana primavera,

Pero la vida de él no te pertenece.

No puedes apropiarte de su sombra”.

Así pues, “Metáforas de los árboles” de José Atuesta Mindiola es una obra que cultiva el poder de las palabras y las imágenes construidas bajo la sombra de un mango. En este libro de poemas reside la esencia de una región que, sin darse cuenta, se aleja de lo que siempre la ha definido: la naturaleza.

Johari Gautier Carmona

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