Martes, 22 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Gloria Rodríguez Santamaría / Foto  Benjamin Casadiego

 

En algún momento de su vida Gloria Rodríguez Santamaría pudo participar en el diseño de edificios muy queridos para ella: las bibliotecas públicas. Esto ocurrió precisamente cuando renunció de una biblioteca, la de Comfenalco; al poco tiempo, la alcaldía de Medellín la llamó para que aportara ideas en bibliotecas que estaban remodelando o reconstruyendo.  

Conversé con ella de esta parte de su vida, algo desconocida, que nace cuando estudiaba en Inglaterra y un profesor los llevaba de excursión a visitar bibliotecas, a conocer y analizar las virtudes y los defectos de los edificios. Estoy en su hogar en El Retiro, a una hora de Medellín. A pesar de que la casa tiene pocos años de construida, uno siente allí memoria, la memoria de la infancia, pero también la belleza y la funcionalidad: los tránsitos de un lugar a otro, sorpresivos y sugerentes, la conexión entre libros y la vida cotidiana: estantes, cocina, patio, jardín, estudio, rincones, colores alegres, tonos oscuros. Equilibrio de sensaciones. Historia del sentir. 

¿Cómo se piensa una biblioteca?

Verás, cuando estuve trabajando en Comfenalco me tocó intervenir en el mejoramiento de los espacios y en las reformas de algunas de las bibliotecas de la Caja. Eso es algo que siempre me ha interesado mucho. Porque yo también pienso que los espacios son educadores, formadores. Cuando la gente entra a un lugar más amable, más bonito también quiere mejorar su propio espacio, nos ha tocado ver que algunos niños organizan en sus casas los estantes de libros y los muebles de acuerdo a como los han visto en la biblioteca. Desde ese punto de vista pienso que los espacios aparte de ser funcionales deben ser agradables y atractivos. En Comfenalco pude trabajar en la distribución de los espacios de las bibliotecas, la elección y distribución del mobiliario, el colorido, la distribución de los materiales bibliográficos, las áreas para los empleados. Cuando me salí de Comfenalco tuve la oportunidad de trabajar, junto con una amiga, diseñadora de interiores, en diferentes proyectos.  Primero, con la Gobernación de Antioquia en el proyecto de Ciudadelas Educativas, cuando  Aníbal Gaviria era gobernador. Más tarde, con la Alcaldía de Medellín, en la segunda etapa de los Parques Biblioteca y en algunas reformas de bibliotecas, durante la alcaldía de  Alonso Salazar.

Cuando se hicieron los primeros Parques Biblioteca en Medellín no hubo mucha participación del sector bibliotecario en cuanto a los edificios y la distribución de los espacios. Los arquitectos pueden ser muy brillantes pero no lo saben todo. Si voy a hacerle la casa a una persona yo primero tengo que conocer muy bien quién es esa persona, si a esa persona le gusta cocinar, si le gusta leer, si le gusta el jardín, si le gusta dormir. Cuando una casa está bien hecha y funciona  es porque responde a las necesidades de la persona. De la misma manera el arquitecto tiene que saber qué tipo de uso se le va a dar a la biblioteca, quiénes la van a frecuentar, qué necesidades tienen,  qué actividades se llevaran a cabo  en sus espacios. Lamentablemente muchos arquitectos sólo han conocido la biblioteca de la universidad donde estudiaron y entonces piensan que todas las bibliotecas son iguales, así es que cuando uno visita los primeros Parques Biblioteca, siente que allí hay algunos desaciertos: Las áreas de los empleados están escondidas y no tienen registro visual sobre las salas de lectura; hay grandes tramos de escaleras; hay un completo divorcio entre libros y computadores;  las salas infantiles  son poco atractivas, los  libros para niños no se ven ni se exhiben; las áreas de préstamo no están definidas y demarcadas.

Ya en la segunda etapa de los Parques Biblioteca, la Secretaría de Cultura Ciudadana, líder del proyecto, y la EDU, Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín, operadores del proyecto, formaron un grupo asesor en el que nos invitaron a participar con una diseñadora de interiores, que era en ese entonces mi socia, y a mí, como bibliotecóloga, para que los acompañáramos en las distintas fases del proyecto. Cuando salió la convocatoria para las dos primeras bibliotecas de la segunda etapa, mi socia y yo fuimos invitadas a la reunión inicial a la que asistieron las firmas de arquitectos interesados en el proyecto, allí tuvimos la oportunidad  de socializar con ellos lo que era una biblioteca pública, su carácter, su misión, los servicios, las diferencias con los demás tipos de bibliotecas,  y de  compartir además qué era lo que nosotras considerábamos que se debía mejorar y corregir en los diseños de los primeros Parques Biblioteca.

Se preparó un documento: Biblioteca Pública y servicios complementarios: aportes a la construcción de las bases del concurso arquitectónico para Parques Biblioteca, que fue colgado en la página de la convocatoria del concurso. Cuando se abrió la licitación y comenzaron las reuniones con los jurados, fui invitada a algunas deliberaciones, con voz pero  sin voto.  Esto no era fácil, había muchos aspectos técnicos que desconocía, pero desde el campo bibliotecario  hice aportes que fueron tenidos en cuenta. Cuando ya se decidieron los ganadores nos tocó trabajar permanentemente con los arquitectos y con el grupo asesor. Se hacían reuniones semanales, se miraban las propuestas; se hacían observaciones, correcciones. Obviamente no se les cambiaba nada fundamental, pues ya eran proyectos ganadores, pero sí se ajustaron muchos detalles. Por ejemplo, en la  distribución más lógica de los espacios para que se diera un buen flujo de públicos y una adecuada relación entre los diferentes servicios; en áreas de empleados mejor localizadas;  en que fueran económicos en personal; que tuvieran una mejor integración entre las salas de cómputo y los libros;  en  la ubicación de las salas infantiles;  en la ubicación las áreas de préstamo en sitios estratégicos  y visibles;  en  el aumento de las áreas de exhibición de libros, entre otros.

¿Cómo fue ese trabajo de llegar a acuerdos con los arquitectos?

Fue una buena experiencia. Todos aprendimos mucho. Nos tocó trabajar con Orlando Garcia, que fue el arquitecto de la biblioteca Fernando Botero, en el corregimiento de San Cristóbal,  y con  los arquitectos de la EDU, Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín, quienes  diseñaron dos de los Parques Biblioteca de la segunda etapa. Creo que el trabajo conjunto dio buenos resultados, los arquitectos fueron muy receptivos. Hubo un intercambio de ideas fructífero y respetuoso. Pienso que aquí se siguió una lógica: cuando los arquitectos trabajan en un hospital, ellos deben tener muy en cuenta cuál es el uso que se le da, lo mismo ocurre con un aeropuerto. No es que si yo no soy piloto no puedo hacer un aeropuerto, si no soy médico no puedo hacer un hospital. Para ambos casos hay normas lo mismo que para las bibliotecas, por eso es ideal que los bibliotecarios trabajen con los arquitectos en el proyecto. Es fundamental que los bibliotecarios se documenten de distintas fuentes, visiten otras bibliotecas para ver aciertos y errores, recojan información de los usuarios, definan necesidades, requerimientos especiales; también es importante velar porque  que la biblioteca sea sostenible, que si colocamos un ventanal arriba que no se vaya todo el presupuesto del año en limpiarlo. Pienso que las mejores bibliotecas han sido las que se han hecho de la mano de los bibliotecarios, aportando ideas, viendo las necesidades. Hay que pensar no sólo en la forma sino en la función. Ahora se habla de las bibliotecas de “Tercera Generación”, que son las que tienen la participación de los usuarios y las comunidades para definir los espacios y los usos.

¿Cómo participaban ustedes en el diseño con los arquitectos?

Nosotros no entrábamos en el campo del diseño; las soluciones las tienen que hacer los arquitectos; nosotros les dábamos ideas, y hacíamos observaciones sobre el uso de los espacios. Proponíamos cosas como por ejemplo que se aprovechara un gran ventanal que estaba diseñado, haciendo unas graderías desde donde los lectores pudieran apreciar el paisaje, sentarse en cojines, leer, estirarse, cosas así. Decíamos: esto puede hacerse mejor, esto otro no es muy funcional, aquí esto está muy escondido; pero eran ellos los que buscaban las soluciones. Nosotros planteábamos necesidades, dábamos ideas, hacíamos requerimientos.

Hubo otra modalidad de trabajo. La Alcaldía tenía algunas  bibliotecas en edificios  viejos que no habían sido concebidos originalmente como bibliotecas. Nos propusieron, a la diseñadora y a mí, que hiciéramos unas propuestas para reformarlas. Partimos de un análisis del entorno, del edificio de las  necesidades de los  usuarios y de los empleados,  los servicios que deberían tener, la distribución, y ya con este documento la Alcaldía sacaba una licitación.  La oficina de arquitectos  ganadora, desarrollaba y  traducía ese documento en términos arquitectónicos.  Así se reformaron dos bibliotecas, la del Limonar y la de la Floresta.

Foto: Benjamin Casadiego

Pienso en las bibliotecas que construyen en los pueblos, tan uniformes, tan ajenas al lugar. ¿Has pensado en eso?

He conocido algunas de esas bibliotecas. La embajada del Japón está dando los edificios, todos con un esquema similar; una sala infantil, una sala de adultos. A mí personalmente no me gustan mucho. Los muebles son de mampostería, es decir fijos; para algunas bibliotecas puede resultar bueno, pero en general quita mucha flexibilidad. Una amiga me decía que eran baños con bibliotecas. Pienso que se están ofreciendo edificios para bibliotecas donde antes no existía nada, indudablemente eso es importante,  pero me parece que se necesita más criterio y más diseño de acuerdo al contexto donde están ubicadas. Uno ve el mismo esquema para clima frío, templado, caliente, y eso no puede ser tan uniforme para todo el mundo. Falta cariño, diseño, falta trabajar con la comunidad. Obviamente que de la otra manera sale más caro, es decir si se le pregunta a la comunidad: que se necesita un salón para reunirse, que los muebles son diferentes, que los techos deben tener algunas especificaciones según el clima, las ventanas también, los espacios amplios o cerrados. Uno entiende las razones, pero no convencen. Son muy de molde, muy inflexibles.

¿Tiene alguna relación esta casa con tu idea de biblioteca?

Cuando comencé a pensar en construir la casa le dije al arquitecto: a mí me gusta mucho leer, y quiero tener espacios, distintos espacios, espacios para leer; además quiero estar integrada al jardín, que yo no tenga que salir a ver el jardín, sino que desde donde yo esté trabajando lo sienta y lo vea. Claro, eso viene de atrás. Cuando yo estaba chiquita mi familia tenía una finca, entonces ahora también quería revivir esa parte de la tierra, huerta, los árboles.  Si llueve muy duro a mí se me moja todo el patio y el corredor, eso no es muy práctico pero me gusta que la lluvia no solo sea algo externo sino sentirla, disfrutar que vivo en una zona entre lo urbano y lo rural. Cuando vienen sobrinos o primos que conocieron la finca donde pasamos la infancia ellos hacen conexiones: la chimenea, el comedor, la cocina, tal mueble. Hay un ambiente que uno reproduce, o quiere seguir habitando; son detalles que nos conectan con el pasado.

Pienso que una biblioteca pública debe ser algo similar, tiene que partir de una necesitad, de unos usos, es un sitio donde deben interactuar las personas, los materiales, el mobiliario de manera armónica y lógica. Por eso es  importante que el arquitecto trabaje muy de cerca con las personas que la van a habitar para que no solo sea un buen proyecto arquitectónico sino también se convierta en un buen proyecto bibliotecario.

¿De qué forma viviste la Biblioteca Piloto en tu infancia?

En mi infancia yo sabía que existía la Biblioteca Pública Piloto, pero no vivía cerca y donde quedaba era muy difícil para un niño ir autónomamente. En cambio tuve amigas con las que constantemente nos estábamos intercambiando y hablando de  libros, íbamos a librerías, y no es que en mi casa no hubiera libros, sino que nosotros leíamos mucho, no dábamos abasto. Muchas veces me pregunto si yo hubiera tenido la oportunidad de ir a la Biblioteca Pública Piloto o a cualquier otra biblioteca, si habría tenido esa avidez que tenía para leer. Si la sobreoferta me hubiera hecho más lectora o tal vez me hubiera frustrado. Yo no tuve como referente dentro de mi universo de lectora en la infancia a la Biblioteca Piloto. La conocí cuando ya estaba adolescente.    

¿Entonces, dónde ocurrió la epifanía?

Podría decir que la epifanía se inició cuando empecé a trabajar en una biblioteca pública en Medellín y aún era estudiante. Luego, ya graduada, viajé a Londres y allí se consolidó ese deseo de seguir trabajando en bibliotecas públicas cuando las vi en acción, en los barrios.

¿Cómo era eso?

Es que era como tan obvio que existiera una biblioteca en cada barrio, así como debía existir un servicio de salud o una escuela, era una cosa tan establecida donde tú veías llegar adultos, niños, la familia completa un fin de semana, era algo tan aceptado por todos, tan natural, era un equipamiento urbano vital como cualquier otro. Cuando se pensaba un barrio siempre se tenía en cuenta el lugar de la biblioteca. Era algo tan ejemplar, la gente sacando novelas, otros leyendo periódicos, eso me llamó mucho la atención; algunas bibliotecas estaban en edificios viejos, edificios victorianos, pues la biblioteca pública inglesa tiene más de 150 años, otros más nuevos, pero eran una parte muy integral con la comunidad, eran queridas, necesitadas. Eso fue lo que me impactó de las bibliotecas.

¿Qué sentías allí?

Yo era emigrante y no hablaba inglés muy bien, la biblioteca para mi era como el territorio de confianza, donde sabía que no me iban a echar, que no estaba haciendo nada irregular, era un sitio libre para entrar, un lugar conocido, donde yo me movía con tranquilidad. En las épocas de invierno uno sabía que no iba a pasar frío adentro, era como el sitio que lo acogía a uno como emigrante, un lugar donde estabas seguro de que no te iban a rechazar. Eso le daba a uno mucha seguridad. Un sitio conocido y familiar, donde te sentías en confianza, que podías estarte todo el tiempo que quisieras, que ibas a encontrar elementos conocidos que son los libros. Eso me ayudaba a sentir que era una ciudadana más que tenía derechos como cualquier otro ciudadano, a pesar de no saber mucho inglés; eso me afianzaba en la comunidad. Me sentía ciudadana en un lugar propio en un país extraño. Son esos lugares en los que tú sabes cómo actuar, que no te sientes extraño.

¿Qué te gusta hacer en las bibliotecas en estos momentos?

En las bibliotecas no me gusta leer mucho, me gusta explorar, esculcar en las estanterías, mirar lo que tienen, me puedo sentar un rato a leer alguna cosa, pero me gusta esa cosa que los ingleses llaman serendipity, lo que tu encuentras al lado de lo otro, lo que descubres, me gusta mirar las estanterías, mirar lo que tienen.

¿No te sentís abrumada?

De todo lo que no he leído, no.

Abrumada por tanto libro importante.

Me gusta sentirme abrumada. Me produce una sensación positiva el saber que hay tanta cosa. Un amigo dice que es el mejor antídoto contra el suicidio, saber que hay tantas cosas por leer. Tantas cosas por mirar, tantas cosas que no conozco.

Antes o después, yo había mencionado a Bachelard, como para poner el tono, como para comenzar con una lectura lo que ya dijimos: “A través de todos los recuerdos de todas las casas que nos han albergado, y allende todas las casas que soñamos habitar, ¿puede desprenderse una esencia íntima y concreta que sea una justificación del valor singular de todas nuestras imágenes de intimidad protegida?”. Conversamos sobre eso. La noche era fría; el vino, la comida y la chimenea abrigaban. Leonard Cohen era una voz que parecía venir de lo profundo del universo.   

 

Benjamin Casadiego 

Autor del libro "Historia de la Red de bibliotecas de las Cajas de compensación" (Planeta, 2016)

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