Sábado, 16 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

El fotógrafo Leo Matiz en su taller

 

Si alguien puede presumir de haber capturado la luz de Macondo por primera vez, es Leo Matiz. El fotógrafo nacido en 1917, en el mismo pueblo que Gabriel García Márquez (Aracataca), ha seguido el camino que impone la obra “Cien años de soledad” para las almas extraordinarias de esta aldea: reconocimiento, viajes y genialidad creativa.  

La vida de Matiz empezó como en un cuento. Su madre lo parió sobre un caballo, mientras cabalga entre los cultivos bananeros de Aracataca para encontrarse con la partera, y desde ese momento todo parecía encaminarlo hacia las artes (empezando por el Arte surreal).  

A pesar de que su familia fuera profundamente campesina, su sensibilidad por el dibujo y la caricatura afloró muy temprano. A los dieciséis años comenzó su trayectoria publicando sus primeras caricaturas en la revista Civilización, tras varias exposiciones y buscando la oportunidad de salir de su país con la certeza de que su aprendizaje podía enriquecerse con una beca que le permitiera estudiar Bellas Artes y en especial, perfeccionar el ejercicio de la pintura.

Sus primeras fotografías fueron publicadas en 1933 por la revista Civilización. Poco después llegarían sus primeras rondas como reportero gráfico para El Espectador, El Tiempo y la revista Estampa.

Con tan solo 18 años fundó la revista Lauros para después ingresar a la Escuela Nacional de Bellas Artes en Bogotá. Pero su gran objetivo era viajar y lo lograría con 23 años (en 1940): en ese periodo inició un viaje a pie desde Colombia a México que duró un año.

En México entró en relación con notables artistas y escritores, entre ellos el poeta antioqueño Porfírio Barbajacob quien le ayudó a conseguir un trabajo en la revista AsíCon Pablo Neruda participó en una muestra organizada por el poeta chileno.

Más adelante, con el pintor David Alfaro Siqueiros trabajó en el mural “Cuauhtemoc contra el mito. Sin embargo, la relación terminó mal, al entregarle 500 fotografías del mural, que el muralista utilizó para realizar cuadros sin dar crédito al fotógrafo, por lo que éste le denunció por plagio, y el pintor lo acusó de pertenecer a la CIA y saqueó y prendió fuego al estudio de Matiz, que tuvo que abandonar Méjico.

Decidió ir a Estados Unidos donde se le abrieron las puertas debido a su talento y trabajó para varias publicaciones como Life, Reader's Digest, Norte y otras.

En 1948 Matiz volvió a Colombia como enviado especial para la revista Life a cubrir los trágicos eventos de El Bogotazo en donde resultó herido. La Sociedad de Naciones lo envió como observador especial al Medio Oriente donde fue hecho prisionero y al fin regresó al país para fundar varias galerías como espacios para valorar el talento artístico nacional. Matiz fueuno de los primeros en apoyar las obras del entonces prometedor artista Fernando Botero.

En 1958 se vincula como reportero gráfico de la revista venezolana Momento y cubre junto con Gabriel García Márquez la caída del dictador Marcos Perés Jimenéz. En 1978 vuelve a Colombia y víctima de un robo en Bogotá perdió su ojo izquierdo, hecho que lo obligó a abandonar la fotografía por un tiempo.

De una vida intensa entre su patria y el exterior, conoció personalidades célebres a las que fotografió y recibió múltiples reconocimientos nacionales y extranjeros como el de Caballero de las Artes y las Letras de Francia en 1995.

Vivió sus últimos años en Fusagasugá, Colombia, y murió en 1998 a la edad de 81 años en Bogotá, rodeado de un gran prestigio y afecto por la sencillez de su vida y la admiración de su obra.

Matiz generó imágenes que permitieron fortalecer la labor del fotoperiodista. En la década de 1940 fue considerado como uno de los fotógrafos más importantes del mundo y el más reconocido en Colombia. Su obra muestra las prácticas cotidianas que conformaban la tradición, los viejos pueblos mesoamericanos, los presos, los artistas de cine (María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Mario Moreno Cantinflas, Esther Fernández), los paisajes, la naturaleza, y fueron captadas con un dominio técnico de la lente que le permitía profundizar en la línea, la sombra, la perspectiva; en posesión de una estética que se fortaleció por sus conocimientos de dibujante, caricaturista y pintor. Así, la composición impecable de sus fotografías cobra relevancia y llega incluso a lo épico.

 

Natalia Fernández

 

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