Sábado, 23 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Leonardy Pérez / Foto: Manuel Julián Quintero

 

Donde se encuentran los sueños con la lírica y la esperanza habita Leonardy Pérez Aguilar. Ese lugar intangible comenzó a ser su morada desde muy temprano en sus años, cuando al contacto con algunas canciones su cuerpo y alma eran asaltados por un llanto inatajable, como viviendo en carne propia las cuitas o alegrías de esos poemas cantados. “Cada canción que escuchaba tenía un significado superior en mí”, dice.

Don Teodoro Pérez Martínez, su padre, le contaba sobre un hombre de retentiva prodigiosa, que se sabía de memoria ‘La Miseria Humana’, pero para ese entonces su mente infantil no logró guardar tantos versos organizados: “Nunca me la aprendí”. Avanzó su calendario y un día, a sus once años, escuchó a Rodolfo Aicardi declamando ‘Naila’ y ese hecho fue el aceite que ungió su memoria, el motor que impulsó sus ganas de hacer eso: recitar poesías. “Desde ahí empecé a aprenderme todas las cosas como algo especial. Así empezó la declamación de vallenatos”.

Era el tiempo de vinilo, de los discos de larga duración -Long play-, de los casetes, de una industria discográfica que le daba especial valor a la literatura contenida en sus trabajos, de modo que incluían no sólo la presentación de cada obra con su autor, créditos de todo quien allí participaba y una presentación oficial del trabajo, sino que incluían las letras de cada canción.

No había muchos equipos de sonido en La Jagua de Ibirico, el lugar donde tuvo la dicha de nacer este poeta; así es que, como no conocían la melodía de las canciones, con Fabián Ochoa, su primo, tenían la usanza de leer –declamar- esas letras en medio de un ritual de diversiones. “Nos causaba una gracia impresionante. En la casa de él había equipo de sonido y mi prima (Yadira Ochoa Aguilar) compraba sagradamente todos los discos que salían,  de Diomedes, Los Betos, Jorge Oñate, Rafael Orozco… Para nosotros eso era genial”, recuerda Pérez Aguilar, visiblemente emocionado.

Ahí en esa casa, de propiedad de su tía Emilia Aguilar. Se le despertó además el amor por la lectura. “Mi prima era afiliada al Círculo de Lectores y nosotros nos leíamos las obras. Mi tía nos ponía a leer, nos echaba cuentos, que ‘El Renacuajo paseador’, ‘La Zorra y las uvas’…”. Y así, entre historias contadas por grandes clásicos de la literatura universal, las más reconocidas obras del comic, como Kalimán y Águila Solitaria y las canciones vallenatas, se le enquistó en el corazón el amor por la literatura, la sed de conocer aquello que cuentan los autores en sus letras.

El sendero de su vida estaba poblado de semillas bucólicas, de puentes que llevaban hacia la materialización del arte que lo subyacía. Uno de esos puentes lo cruzó al llegar a sexto grado, de la mano de su profesor Ever Parodi, quien lo instruyó sobre lo que era poesía, ensayo, cuento, novela, canción; “porque para mí todo era poesía, todo lo quería declamar”. Ahí conoció cosas maravillosas como ‘El duelo del mayoral’, ‘El brindis del bohemio’, ‘Silbando’ y muchas otras obras de la poesía gaucha. Y a partir de entonces empezó a encontrar por doquier los recitales naturales vitales para desarrollar su arte, ya fuera que estuviera en un salón de clases, que caminara por alguna calle de su pueblo o que se juntara con su primo para ritualizar la literatura de un nuevo long play.

“Escuchaba a la gente aquí en La Jagua declamar poesía y siempre anhelaba escuchar los temas más sensibles. Una canción que canta Silvio Brito, ‘Las huellas de un recuerdo’ me ponía a llorar, porque todo lo que voy escuchando lo voy ilustrando en mi pensamiento; entonces veía a ese hombre triste gritando en la madrugada para desahogar el alma”.

Fue así como se convirtió en el declamador por excelencia de la obra de Diomedes Díaz, porque “en su cosmovisión campesina ratificó que tuvo varios talentos a la vez y fue un gran poeta y filósofo que se paseó de la mejor manera por todas las etapas de su vida, logrando alcanzar los más grandes honores, a pesar de la complejidad en que se manejó y que en algunas ocasiones granjeó resistencias”.

Cuando se encontró con la obra romántica de Rosendo Romero, El poeta de Villanueva, se sintió en extremo seducido por su lírica que buscó experimentar en su piel los pasajes emocionales descrito por El poeta de Villanueva, en ‘Mi poema’; entonces, en una noche de luna, lo vieron deambulando solo, buscando un almendro para ser testigo de cómo la luna se cuela por entre las sombras y patenta la belleza profunda y misteriosa del ser amado en la tierra.

Se volvió un estudioso de la literatura de los cantos vallenatos, un erudito de las letras; vivía aquello que los compositores decían, se aprendía las canciones y las sublimaba con su arte. Algunos lo marcaron profundamente, como Octavio Daza Daza, cuyas obras no puede escuchar sin que un halo de nostalgia se pose sobre él.

“Hasta hace unos años fue que pude entenderme con ese sentimiento hacia Octavio Daza. Yo era solo un niño, pero recuerdo siempre esa noticia triste de la muerte de ese poeta joven Patillalero. Desde entonces lo lloré, y la canción de Tomás Darío Gutiérrez, Voz de acordeones, ha sido un aliciente, como una resignación imposible. Hoy más que nunca, siento el compromiso con su obra profunda y una de las más grandes obras maestras de todo el canto vallenato: Río Badillo, sin dudas el cuento cantado más erótico de toda la música universal. Las futuras generaciones tienen el derecho de conocer esa dimensión sentimental. ¿Qué tal termine el pueblo despertando un nuevo sentir que transforme al hombre?”.

La poesía como medio de comunicación

Ya la poesía había colonizado al hombre, de modo que una larga estadía en Bogotá, lejos de su entorno geoafectivo, contrario a enfriar sus ansias lo que hizo fue vigorizarlas para, a su regreso, dar rienda suelta a todo ese torrente que lo reside. Con esa fuerza, fue fácil derribar las apatías de quienes no entienden su arte y se les antoja absurdo, para llenarlo a él de razones nuevas para continuar, con el reto claro que alimenta día tras día: Hacer de la poesía un instrumento de comunicación efectivo.

“A través de la poesía encuentro elementos que me permiten comunicarle cosas a la comunidad. Yo puedo pasar como el más tonto de los hombres o terminar probando que con una manifestación artística se puede convocar al pueblo a tomar mejores decisiones en lo que tiene que ver con la política, con lo social…”.

Y en ese propósito se mantiene erguido, sereno, como los arrecifes frente al mar; no como una cuestión aislada, sino con una visión y un plan. Por eso lo han visto atravesando fronteras para llevar poesía a los lugares donde lo llaman, incluso si para eso tiene que costearse él mismo los viáticos, llevando su mensaje de vida y declamando, al punto que hay quienes al verlo le preguntan si está en campaña política.

Y sí, este poeta vive en una campaña eterna, concibiendo la política como al arte de servir a la humanidad, con la firme convicción de poder probar que la filosofía política es la búsqueda de la felicidad colectiva y eso está relacionad con la educación. “Y nada más bonito que a través de la lectura, sin los condicionamientos que trae el sistema de educación, que la gente escoja como construir su propio pensamiento. Ese es el derecho más importante en una democracia: La educación. No como ocurre en el momento, que la clase política se beneficia de la gente contrariando lo que dice la filosofía política, que es servirle a la gente. Es la transformación definitiva de esa costumbre”.

La poesía se ha convertido, más que en una pasión, en una necesidad de compartir con la gente. Esa tarea la cumple a través de incursiones poéticas en instituciones educativas, clínicas, cárceles, ya sea universitarias, de secundaria o primaria. La población infantil le merece especial interés porque sabe que los terrenos infantiles son más fértiles para cultivar un arte y para salvaguardar las tradiciones de los pueblos.

El objetivo general es convocar a las personas que hacen arte, que tengan la vocación de servir a través de la ciencia. “Hemos logrado convocar a escritores, artistas, pensadores, comunicadores, políticos para ir construyendo una relación nueva con la comunidad. Si algún día tenemos la oportunidad de construir un movimiento fuerte para reemplazar las costumbres políticas tendrá que ser con el apoyo de la gente y hacer una campaña decente frente a la construcción de una nueva forma de hacer política”.

Cuando llega a algún recinto, lo hace cargando unos rollos en forma de pergaminos, amarrados con cinta especial, con un poema escrito y una frase propia, que obsequia a la gente; son actividades que él mismo se financia y que en ocasiones recibe la retribución de los depositarios de su arte. Así, ha entregado cerca de 80 mil poemas en todo el departamento del Cesar, para que esas personas se inspiren y se conviertan en autodidactas de su educación y su fortalecimiento cultural.

“Me acompaña la fortuna de la lectura. Al regalar un poema le entregamos el pensamiento propio, una frase mía a la gente y se va volviendo cada vez más estrecha esa relación entre un hombre común y corriente, un hombre de a pie, convencido de que vale la pena intentar cambiarla y una comunidad que muchas veces no alcanza distinguir las situaciones en las que se encuentra. Podemos llegar a ser mejores seres humanos”, enfatiza el poeta.

Activista cultural

Leonardy Pérez nació un viernes en el ocaso de un marzo. Fue el sexto parto en el hogar conformado por Teodoro Pérez y Beatriz Aguilar, una familia sin antecedentes poéticos, pero sí uno musical trascendental que trasegó por todo el linaje y anidó en este poeta. “De mi abuelo (Genaro Martínez – muerto en 1962) dicen que era un juglar, un chimichagüero, acordeonero sentimental al que le decían ‘El Músico triste’. La gente que lo conoció me dice que heredé la genética de mi abuelo, que me parezco a él. Es la única explicación que encuentro yo de que sea así de sentimental”, concluye.

Se define como “un activista cultural, dedicado de tiempo completo al trabajo social y comunitario, con el cual espero cumplir el compromiso de hacer del arte y la cultura una nueva forma de apreciar el mundo, con mejores posibilidades para una sociedad que cada vez enfrenta mayores desafíos colectivos; donde la vida, el amor, la solidaridad y la dignidad humana sean el eje de mis acciones y que la felicidad sea la bienvenida pandemia que humanice nuestras relaciones”.

Espera y aspira, desde el ámbito público, contribuir en esas grandes transformaciones que motivan sus luchas, para que las oportunidades le permitan dejar una huella positiva que inspire a las generaciones presentes y futuras a soñar y trabajar hasta conquistar la esperanza. “Para esto deseo que  sirva  mi corto paso por el mundo. Porque junto con la implacable poesía, conquistaremos la más hermosa ciudad que nos dé luz, justicia y dignidad a todos los hombres y mujeres del mundo… ¡Lo haremos!”

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

 

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