Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En esta ocasión no quiero referirme a la tremenda cantidad de especializaciones que proliferaron en el magisterio colombiano en los últimos años, que solamente se cursaron para escalar un nuevo grado en el antiguo escalafón docente y en nada contribuyeron a mejorar la calidad educativa, sino que deseo hacer mención del sinnúmero de especializaciones que también abundan en las otras carreras profesionales y ampliamente cuentan con la garantía y el apoyo de los padres de familia desde antes de que los hijos hayan terminado los estudios universitarios. Debido a esto, con marcada frecuencia encontramos personas que expresan que “sus hijos están estudiando tal carrera y apenas terminen van a realizar una especialización”. Y si  ésta se estudia en el Brasil o  en la Argentina todavía es de más orgullo para los progenitores.

A veces, también nos topamos con padres más visionarios aún, que seleccionan la carrera y la especialización cuando los hijos todavía cursan el bachillerato, porque, según ellos, ésa es la profesión que más dinero produce. Como percibimos, el interés de estas personas va más allá de las verdaderas capacidades y aptitudes de los hijos, quienes, la mayoría de las veces, se sienten acorralados y no saben cómo solucionar semejante compromiso. Surgen, en consecuencia, las indecisiones, y comienzan a cambiar de carreras y de universidades –sobre todo, privadas- para tratar de satisfacer los gustos caprichosos de sus familiares. Y, ajenos a estas circunstancias, los padres sólo aspiran a ver colgados en las paredes los diplomas de las carreras y las especializaciones.

En relación con esto, es fácil deducir que todo padre que desee que su hijo realice una determinada especialización apenas termine la carrera, lo hace porque es consciente de que éste no tiene idea de nada, ni está medianamente preparado para ejercer la profesión. Es aquí donde comienza “el novedoso disfraz paternal”, que se ha puesto de moda en los últimos tiempos, para tratar de atenuarles las deficiencias académicas que presentan los recién graduados. Por este motivo, se empeñan en la especialización, porque ven en ella una posible solución para reforzar los desmirriados conocimientos que en cinco o seis años adquirieron en la universidad. En este aspecto, los padres ignoran que la mayoría de las especializaciones no reportan nada nuevo a la carrera, y éstas, generalmente, se limitan a reforzar algunos conocimientos, presentar trabajos o realizar lecturas, que no alcanzaron a ejecutarse durante los estudios.

De acuerdo con esto, tenía sobrada razón el académico Marco Palacio Rozo, exrector de la Universidad  Nacional, cuando hace algunos años sustentaba que “cualquier carrera profesional se puede cursar perfectamente en tres o cuatro años, y destinar dos para la futura especialización”.  De esta manera, el derecho, la medicina, la economía, la administración, la ingeniería, por ejemplo, durarían seis años, incluyendo –si se desea- la especialización o el postgrado escogido.   Sostenía, asimismo, que gastar cinco años estudiando odontología no se justificaba, y que esta carrera normalmente podía cursarse en dos años, a manera de especialización.  Estas innovaciones, que Palacio Rozo quiso implantar en la Universidad Nacional, no les convenían, desde luego, a las universidades privadas, que actualmente han convertido la educación superior en “un desbordante y productivo negocio redondo”.

A propósito, me parece ridículo que algunos progenitores traten de disfrazarles las profesiones a los hijos y caigan inocentemente en “el embeleco de las especializaciones”,  pues, con ello, no hacen más que seguir alimentándoles las incapacidades. En mi punto de vista, considero que cualquier profesional, antes de estudiar una especialización, debe dedicarse durante algún tiempo –tres o cuatro años- al ejercicio de la profesión. De esta manera, tendrá la oportunidad de conocer su radio de acción, definir sus intereses e identificarse con sus propias aptitudes. Todo esto contrasta con las costumbres  que imperaron  hace algunos años, cuando pocos profesionales se animaban a cursar una especialización, amén de que éstas eran supremamente escasas.

Antes, por ejemplo, encontrábamos abogados, médicos, odontólogos, que se desempeñaban ampliamente en sus profesiones, sin saber qué era una especialización. Amén de que existían personas que ejercían estos menesteres de manera empírica.   La historia de Colombia nos muestra muchísimos testimonios de ilustres personajes que sólo se conformaron con ostentar el mero título profesional Carlos Lleras Restrepo, Laureano Gómez, Eduardo Santos y muchos otros, jamás realizaron una especialización. Otros, como Alberto Lleras Camargo y Julio César Turbay Ayala no pisaron siquiera las baldosas de una universidad.   Ellos aprendieron en “la escuela de la vida”,  la egregia institución que, según el sabio y sesudo criterio del doctor Felipe Romero Paternina, es “la única y verdadera universidad abierta y a distancia que existe”.  

 

Eddie José Daniels García 

 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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