Sábado, 23 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Visitar la Biblioteca Virgilio Barco fue tu primer acto de independencia después de treinta años de matrimonio y dos hijas que hace poco se fueron de la casa: una para hacer la vida en las artes y la otra en la economía. Dos mujeres cuyas personalidades son tan divergentes que no parecen hijas de la misma madre.

Te sientes más identificada con Julieta, la menor, la artista plástica, la rebelde. Así eras tú de joven. Así quisieras haber sido el resto de tu vida, pero no fue así porque llegó Marcela, la economista, la mayor. Te casaste para evitar la vergüenza de ser madre sin esposo formal. Fabio te pidió que dejaras la universidad para cuidar de tu hija. Sólo se trataba de aplazar un semestre, quizás dos, hasta que la niña estuviera un poco más grande. Después vino Julieta y los dos semestres se transformaron en sesenta semestres de cargar con la maternidad y el matrimonio. Sesenta semestres de pantaloncillos tirados en la mitad del cuarto, zapatos en la sala, comida desperdigada por la casa. Sesenta semestres de una vida que fue descomponiéndose hasta que explotaste, lanzando frustraciones y platos en todas las direcciones.

—¿Se puede saber para dónde se va la señora? —preguntó Fabio con arrogancia, como si fueras incapaz de irte.

Hiciste maletas y te fuiste para la casa de Julieta, quien te recibió con un abrazo de mujer solidaria —no de hija—. Después empezaron las llamadas de Marcela diciéndote que dejaras la pataleta y de Fabio gritándote que estabas muy vieja para perrear. Así, con esa palabra, como si fueras una de esas adolescentes calenturientas que sacuden la pelvis todos los fines de semana.

De la casa de Julieta saliste para la biblioteca. Leíste, caminaste por los jardines y al final de una mañana larga, entraste a una conferencia dictada por Andrés Gómez Morales. La charla trataba sobre rock y literatura. De Andrés conoces sus artículos en la revista Viejo Topo. Te gusta su manera de tejer ideas, recuerdos e historias en un texto que tiene la sabrosura de una conversación al margen de un café.

Te sientas al fondo del auditorio, como si te dieran vergüenza tus cincuenta años. Supones que el lugar se llenará de muchachos de melenas sucias y jeanes rotos. Pero no es así: llegan algunos jóvenes con mochila terciada, pero también hombres y mujeres de tu edad. Incluso hay hombres mayores que tosen más por el hábito de toser que por estar enfermos. Entre los asistentes ves a un hombre de calvicie prematura. “Ese es David”, te dices con el corazón desbocado. Lo reconociste inmediatamente. Te gustan sus cuentos sin importar que los deje a mitad de camino. Y te gusta él, a pesar de que es catorce años menor. Catorce años que al comienzo te parecían un abismo y que ahora, cuando lo tienes a pocos metros, no te parecen tan grandes. Quizás una grieta que podrías saltar con solo tocarle el hombro y decirle “hola, soy Alejandra”

Sin embargo, prefieres quedarte en tu silla. Sabes que tu timidez no te da para saludarlo. Tampoco existe la posibilidad de que te reconozca porque no subiste fotos a tu cuenta de facebook. Tomas aire, cruzas la pierna y dejarte llevar por la conferencia.

—Mil Gracias —dice Andrés al final de la charla. Salva de aplausos y después empiezan a salir las personas por la puerta que está tres metros de tu silla.

No sabes si irte inmediatamente o esperar para ver a David. Después de cinco minutos sales del auditorio avergonzada de actuar como una adolescente. Vas a la sala general de la biblioteca para buscar Seda, de Baricco.

Minutos después ves a David sentarse en la mesa del frente. Queda de espaldas a ti. Contemplas su espalda que parece nacer de la nuca. Se levanta, va hacia los estantes, busca con los ojos entrecerrados, como si no alcanzara a leer. Se rasca la cabeza. Te mira. Por alguna razón crees que él leyó tus pensamientos. Camina hacia ti. “Ahora sí me trajo el que me llevó”, piensas con los ojos clavados en el libro.

—Disculpa. ¿Ese es Seda de Baricco? —pregunta a pocos centímetros de ti.

No quieres levantar la mirada, pero lo haces. Ves sus ojos cafés y sus cejas espesas con chispazo blancos. Piensas que es muy joven para tener canas.

—Sí, este es —dices al final de la pausa.

Sonríe con resignación. Quizás quiere leerlo. Seguramente quiere leerlo.

—Si lo necesitas, tómalo. Ya me voy —dices levantándote. La silla lanza un chillido que te hace apretar los ojos, como si el rasguño saliera de tus entrañas.

—No es necesario. Sólo quería leer el final del capítulo cuarenta y tres.

—“Hervé Joncour permaneció inmóvil, mirando aquel brasero apagado. Tenía a sus espaldas un camino de ocho mil kilómetros y delante de él, la nada. De improviso, vio lo que pensaba invisible. El fin del mundo” —recitas sin dejar de mirarlo a los ojos—. Te dije que tengo buena memoria —concluyes.

—Disculpa, ¿nos conocemos?

—¡No! —respondes molesta porque debió reconocerte inmediatamente. ¿Acaso conoce otra mujer que recite Seda de memoria?

Te vas dando pasos firmes a pesar de que sientes que las rodillas no tienen fuerza. “No estoy para estas cosas”, piensas a cada paso.

—¿Alejandra? —grita David.

Emerge el Ssssshhhhh de quienes estudian en la sala. Sientes que todos te ven. Te quedas clavada al piso mientras él se acerca.

—Salgamos —dices con la última brizna de entereza que te queda.

Bajan por escaleras circulares hasta una cafetería de paredes en vidrio. Piden dos tintos.

Mientras David habla, piensas en las horas, los días, los años que estuviste con tu esposo. Ese hombre que te dio tanto y que, al mismo tiempo, te quitó mucho. La libertad, para empezar. Sus celos de boyacense cavernario te encerraron en la casa durante treinta años. Puede que en ese tiempo hubieras conocido el mundo. Incluso puede que hubieras conocido a un hombre que te habría empujado a probar suerte con él, como decidieron tantas amigas. Pero no te fuiste con nadie. Ni siquiera te fuiste.

No te fuiste tan rápido.

Y ahora, en tu primer día de libertad, te encuentras con este hombre que habla como si le pagaran por hacerlo. ¡Justo con él! Es como si un lobo hambriento se encuentra con un ciervo herido. Sonríes por el lugar común. Piensas que algunas veces los lugares comunes son el único espacio en el que se puede vivir tranquilamente.

Lo contemplas mientras continúa hablando. Él es más que un lobo. Mucho más. Por eso te dejaste llevar en sus charlas en el chat. Y por eso sigues frente a él, mientras sonríe con esa sonrisa de hombre que acecha hasta encontrar la manera de dar el golpe que dejará en la cama a la mujer de turno. Aunque eso no te preocupa: treinta años con el mismo hombre te tienen inmunizada contra esas debilidades de quinceañera hormonal.

O quizás no. Cada palabra, cada sonrisa, te van moviendo fibras que no se movían desde tus veinte años, cuando te casaste con cinco meses de embarazo.

Piensas que él podría ser novio de alguna de tus hijas. De Julieta, por ejemplo, que es tan hermosa y tan sensible. Tan solidaria. Fue hermoso el detalle de presentarte a la biblioteca mientras decía:

—Deberías venir todos los días a la biblioteca para conocer gente.

“Conocer gente, como si fuera normal”, te dijiste esta mañana mientras te cepillabas los dientes. La gente se conoce en otros tiempos, en otros lugares. La gente no se conoce cuando se tienen medio siglo sobre la espalda.

David te hizo una pregunta que no oíste por estar englobada

—Disculpa, ¿cómo dijiste?

¡Qué vergüenza! Sientes que te sube el calor a la cara. Quieres irte para que no te vea roja como una muchachita. Sientes su mano pasar sobre la tuya. Fue una caricia ligera, pero contundente. Algo hace clic dentro de ti.

—¿Qué quieres de mí? —preguntas, desafiante.

—¿A qué te refieres?

—Lo sabes mejor que yo. ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres pasar el rato?

—¿De qué hablas?

—No te hagas el loco. Ya sabes: ¿quieres acostarte conmigo?

Lo ves azarado. No creíste que se desorientara un hombre con su experiencia. A menos que fuera cierto lo que te dijo muchas veces: que sus cuentos no son experiencias sino maromas de la imaginación.

—Disculpa. Creo que no debí… —dice David levantándose abruptamente.

Te sientes tonta, ridícula, estúpida. Piensas que no eres capaz de sostener una conversación sin embarrarla.

—Perdón. Perdón. Perdón —repites con los ojos apuntando a la montaña de azúcar que hizo David sobre la mesa. Se sienta. Te toma la mano. Sientes rechazo. Jalas. Luego lo miras a los ojos.

—Nadie me ha tocado en treinta años. ¡Treinta! ¿Sabes lo que es eso?

De nuevo David juega con el azúcar. Parece que no te oye.

—No sé qué es eso —dice sin levantar la mirada—. Treinta años es el 83 por ciento de mi vida —emerge la sonrisa pícara que viste en las fotos de su perfil de facebook.

Te gusta cuando se le sale el profesor de matemáticas. Es más altanero que el escritor.

—¿Cuánto son treinta años en una vida de cincuenta? —preguntas.

—Tres quintos.

—En porcentaje.

—El 60 por ciento.

—¿Y de setenta y cinco años?

—El 40 por ciento.

—Creo que me fui a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—De sentir que le dediqué el 60 por ciento de mi vida a un cerdo.

—Ahora tienes la libertad para hacer lo que quieras —dice David al tiempo que aprieta la montaña de azúcar con los dedos índice y pulgar.

Un trueno hace temblar los vidrios. Contemplas las nubes que parece que se hubieran estacionado a pocos centímetros del techo de la biblioteca. Una llovizna empapa el piso. Un grupo de estudiantes huye con las carpetas en la cabeza.  Te entretienes contemplando las gotas que caen sobre la pileta: círculos que se anulan unos a otros. Levantas los ojos para ver a David. Tomas su mano y la acaricias con la torpeza de quien improvisa.

 

Diego Niño

@diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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